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11 de Mayo del 2021
Ideas
Lectura: 9 minutos
11 de Mayo del 2021
Mateo Febres Guzmán

Estudiante de Relaciones Internacionales; colaborador en revista Ideario para ensayo, cuento y poesía. Reside en Guadalajara, México. 

Los peligros de la complacencia
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La impresión que deja la prensa durante estos cuatro años de gobierno es la de haber plegado a las consignas de un régimen del que poco se esperaba y que, aun así, no ha cesado nunca de decepcionar.

Iniciado su mandato constitucional, cuando el presidente Lenín Moreno empezaba a dar los signos de lo que terminaría siendo acaso su mayor emblema, el parricidio político, se evidenció en la prensa y los sectores de opinión una notoria complacencia en torno a su accionar y su discurso.

Estaba descorreizando el país, se suponía, y al parecer eso merecía una actitud de condescendencia y de cerrar filas con su gestión, a veces de forma velada y otras veces de forma abierta. La consigna era evitar la crítica porque, de lo contrario, se le estaba haciendo el juego a Correa.

Posiblemente el momento en el que este "cerrar filas" se tornó más visible fue durante el paro de octubre, en 2019. Entonces, qué difícil era encontrar la otra cara de los acontecimientos noticiosos, el insurgente rostro de quienes se manifestaban en oposición a las medidas económicas del fatídico decreto 883, que con el paso de los días terminó por convertirse en más, en mucho más. Muchos medios de comunicación tradicionales estaban poco interesados en ofrecer aquellos relatos; por supuesto, algo así es respetable siempre y cuando se lo enuncie transparentemente, pues nadie tiene vela en el entierro de las líneas editoriales.

Con los llamados líderes de opinión sucede lo mismo: en los albores de la administración Moreno el verbo era plegar. Brindar apoyo a la tarea de purgar el país del fervor adscrito al expresidente Correa. Y, al menos en parte, se puede decir que funcionó.

Dijo alguna vez Gabriel García Márquez que el periodismo es el mejor oficio del mundo, y yo estoy parcialmente de acuerdo con esa afirmación. El Premio Nobel de Literatura incluso llegó a decir que prefería ser recordado por su vasta obra periodística antes que por sus novelas y sus cuentos, cosas que él decía de vez en cuando.

Sin embargo, no puedo evitar preguntarme, más a menudo de lo que quisiera, si el oficio periodístico no se ha reducido al papel del influencer. Es cierto que los cambios tecnológicos y las herramientas que estos cambios ponen a disposición han facilitado el traslado de la credibilidad desde los medios hacia el periodista individual. Basta observar los perfiles de Twitter de las y los periodistas y comparar sus seguidores con los de la casa editorial para la cual escriben. Pero, siendo la prensa libre uno de los más altos baluartes de una sociedad democrática, sí me pregunto si es que acaso el periodismo, este oficio maravilloso, no se ha disminuido a la estatura que pone a su disposición un tuit. 

El caso es que, en el inicio de la administración Moreno y aun ahora, algunos sectores de la prensa se han esforzado por interpretar favorablemente el pensamiento político emanado de palacio, que de por sí fue siempre muy reducido. No caben las generalizaciones, pues existen recovecos muy dignos de la prensa ecuatoriana que jamás desistieron de ser críticos; incluso hay excepciones coyunturales al interior de los mismos medios hegemónicos, quienes, en un arranque de lucidez investigativa decidieron respetar un poco más su oficio y ponerse a escarbar. No obstante de aquello, la impresión que deja la prensa durante estos cuatro años de gobierno es la de haber plegado a las consignas de un régimen del que poco se esperaba y que, aun así, no ha cesado nunca de decepcionar.

La permanente negativa a hacerle-el-juego-a-Correa delata dos cuestiones que se antojan demasiado obvias: el paralizante miedo a la posibilidad de un retorno del expresidente o su vigencia discursiva, y los peligros que consigo trae una actitud complaciente hacia cualquier régimen, empeñado esté en una labor política o en otra.

Ser testigos de la incipiente configuración de una reiterada tentativa acrítica nos muestra, acaso, el síntoma de una enfermedad crónica en el oficio; todo parece indicar que el quehacer periodístico se ha acostumbrado a un estado de confort, y las mejores plumas del país se concentran hoy en hacer el inventario de las virtudes de Guillermo Lasso.

Estimo bastante grave el observar la misma actitud ahora, que el presidente electo, Guillermo Lasso, se dispone a asumir su mandato el 24 de mayo. Una revisión de los titulares emanados de los principales medios y portales del país es suficiente para corroborarlo. Cierto es que el presidente electo es eso aún: no gobierna todavía. Pero me parece importante cuestionar, de la forma más osada, hasta dónde nos ha llevado esta actitud condescendiente que la prensa ha adoptado hacia Moreno en estos cuatro años. Ser testigos de la incipiente configuración de una reiterada tentativa acrítica nos muestra, acaso, el síntoma de una enfermedad crónica en el oficio; todo parece indicar que el quehacer periodístico se ha acostumbrado a un estado de confort, y las mejores plumas del país se concentran hoy en hacer el inventario de las virtudes de Guillermo Lasso en lugar de ofrecer una mirada crítica, —que es, en esencia, la mirada periodística—, sobre su agenda de Estado, la viabilidad de las políticas que planea impulsar, o las reales costuras de su pensamiento.

Se ha dicho que el buen periodismo no es oposición, sino contrapoder. Su labor estriba, como la del arqueólogo, en desenterrar aquello que subyace en el discurso y en la praxis del poder. El haberse decantado por sorber las mieles de un gobierno, cualquiera que este sea, constituye uno de los grandes equívocos en que ha caído el periodismo ecuatoriano en nuestra historia reciente. Sobre todo en estos últimos cuatro años, habría que admitir, en un esfuerzo de autocrítica, que el periodismo se ha acostumbrado a ser un comensal de Carondelet. Esto resulta especialmente triste cuando una de las lecciones que el afán censor de los gobiernos de Correa debió haber sido esa: el trabajo periodístico será un ejercicio de la crítica, o será una vocería de las voces oficiales. ¿Aplaudir lo aplaudible? Posiblemente. Pero renunciar a lo otro es una de las formas de la claudicación: que el gobierno que se acaba sirva como muestra.

Asistimos a un período de entre-gobiernos, lo que invita, como un plácido colchón, a la complacencia y al ensueño. Con los resultados de la segunda vuelta electoral, es legítimo que algunos sectores del país se sientan contentos, no hay por qué negarlo. Luego del asedio del que fue objeto el periodismo durante diez años, es incluso dable que ese contento, como es evidente, se replique. La cuestión radica en el tiempo que tendrá que pasar hasta que el periodismo se sacuda de su aparente inmovilidad actual, y, en una vuelta hacia sus cauces y raíces, opte por el sentido crítico en los textos y las piezas que tanta falta hicieron durante estos cuatro años. ¿Será hasta el 24 de mayo? ¿Será hasta los cien primeros días? ¿O será como con Moreno, a quien casi todo se le ha perdonado?

Si bien es cierto que el correísmo ha recibido una herida luego de los últimos comicios, sería una ingenuidad creer que ha muerto. Su vigencia no puede nuevamente ser la excusa para aplaudir incesantemente los vaivenes del poder político, sino todo lo contrario. Ahora que pronto tendremos en palacio al presidente Lasso, bien haríamos en recordar y cuestionar cuánto se hizo y cuánto se dejó pasar al gobierno saliente. Son estos los peligros de la complacencia. Y si ya estamos en eso, ¿no sería mejor preguntarle a Guillermo Lasso, en calidad de presidente electo del Ecuador, su criterio con respecto a lo que está sucediendo en la vecina Colombia antes que preguntarle si él se siente “un hombre exitoso”? Por algún lugar hay que empezar. 

 

 

 

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