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27 de Octubre del 2021
Ideas
Lectura: 5 minutos
27 de Octubre del 2021
María Amelia Espinosa Cordero

Abogada con experiencia en políticas públicas y sociales, cofundadora y directora general de Fundación IR, "Iniciativas para la Reinserción"

Perdón
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Me cago en su récord, amigues. En tanto prevalezca nuestro superego y no la realidad exterior, los pobres, los trapicheros y los muertos se convertirán en pan de cada día. Nos congraciaremos con la violencia y aprenderemos a vivir en ella.

Tengo el deber moral de admitir que me encantaría tener un Mercedes-Benz, o cualquier otro auto de alta gama: SUV, rojo, automático, todoterreno; deportivo, pero con estilito urbano. Eso sí, pagado a pulso, sin carné de discapacidad ni privilegios diplomáticos de algún pariente; con los impuestos uno sobre otro. Superficial hasta la médula, pero íntegra —al menos en cuanto al prenombrado capricho se referiría, que ya le veo a mi ex cónyuge y a algún hater saltándome encima—.

Lo que no habría hecho es sumarme a los 4,2 kilómetros del récord Guinness que se adjudicaron 479 gatos el sábado pasado (estaban inscritos 720), desfilando con sus movilidades por la Ruta Viva, la Simón Bolívar [¡¿qué diría el Libertador?!], Los Granados, la 6 de Diciembre, la 10 de Agosto..., hasta llegar a los patios de la Agencia Metropolitana de Tránsito. Tampoco habría ido a la fiesta en conmemoración de la heroica acción: sábado 23 de octubre, 20h00, barra libre y bocaditos de sushi hasta la medianoche, por la módica octava del sueldo básico off taxes.

…Y es que más allá de la sorna, yo sigo despertándome angustiada en las madrugadas, bordeando el llanto, preguntándome cómo duermen las decenas de miles de seres que aún habitan nuestras cárceles, ¡cómo duerme don Daniel Villacís, a quien la matanza de julio le arrebató tres hijos?, deseando que los millones que aún tenemos la suerte de estar fuera no podamos conciliar el sueño sin culpa, sin dolor, sin que nos brote sangre de las heridas de nuestros crímenes de Estado. Mientras escribo, sumo a mi duelo siete muertos.

Ya perdí la cuenta de los cadáveres. De las muestras de indolencia de las autoridades de turno, la prensa, los influencers de ninguna causa perdida. Me aterran los incesantes pedidos y cruces de información y acusaciones institucionales, las comparecencias inútiles, las pantallas, los estados de excepción y desembolsos millonarios para muros de concreto, y en concreto nada. Las cientos de miles de vistas del documental amarillista que, en lugar de desmitificar el horror del crimen organizado y sus vínculos con las élites económicas, agudiza el terror que nos siembran, como si fuera cierto que nuestras cincuenta y seis prisiones —y no nuestras calles— albergan a los más brutales y descarnados narcotraficantes, sicarios y aliados.

Me cago en su récord, amigues. En tanto prevalezca nuestro superego y no la realidad exterior, los pobres, los trapicheros y los muertos se convertirán en pan de cada día. Nos congraciaremos con la violencia y aprenderemos a vivir en ella

Alguien, por favor, tómese la molestia de indagar en el silencio de los presos, de preguntar a las familias de los muertos de febrero, de julio, del sábado de la fiesta Guiness World Records Ecuador 2021, quiénes eran y por qué fueron encarcelados, cómo se enredaron con la droga, en qué circunstancias cometieron su primer delito, por qué se integraron al pabellón de unos y no de otros, a qué costo, o a qué precio.

Alguien, ojalá rubio y de azules ojazos —para garantizar la credibilidad de la información vertida—, explíquele a la alcaldesa que aboga por el libre porte de armas, que matar es, a veces, condición sine qua non para sobrevivir. Que como explica Philip Zimbardo, nuestras identidades se desprenden sucesiva e implacablemente de nuestro entorno. Somos el cuándo, dónde y qué de nuestro estar cotidiano, aquello que comemos, el sitio en que trabajamos, el techo bajo el que dormimos, el cuerpo y la mente a los que hacemos el amor.

Me cago en su récord, amigues. En tanto prevalezca nuestro superego y no la realidad exterior, los pobres, los trapicheros y los muertos se convertirán en pan de cada día. Nos congraciaremos con la violencia y aprenderemos a vivir en ella. Los militares en la esquina nos harán sentir seguros, y el poder seguirá acumulando adeptos a través de un perverso y acertadísimo ejercicio de criminalización y tolerancia cero, mientras al borde de nuestras narices, el Ecuador se desterritorializa en manos y ley del más corrupto, el más fuerte, el más rico.  

Yo seguiré llorando a ritmo gimnopedista, imaginando a las más de 200 almas, «música en fuga», liberarse airosas en la melancolía de quien no logrará vengar su destino, pero habrá aprendido a volar.

Ese baile será mi único consuelo.

Perdón, habitantes de nuestra lujuria mediática.

Perdón, don Daniel.

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Perdón
 
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