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19 de Febrero del 2015
Ideas
Lectura: 5 minutos
19 de Febrero del 2015
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

De personajes, susceptibilidades y solemnidades
En los 70, la crítica a los políticos incluía la sátira, el chiste, incluso la burla. Representantes de esta corriente de humor político fueron Los Picapiedra, los autores de una columna en el diario El Tiempo de Quito. No he hallado registros de que alguno de sus integrantes haya sido objeto de sanciones, de persecución o de cargamontón en el espacio público por los dictadores del momento.

A mediados de la década de 1970 el columnista Edargo (acrónimo de Eduardo Arosemena Gómez) examinaba las razones por las cuales un gobernante o funcionario público se diferenciaba del resto de ciudadanos.

Sostenía que las responsabilidades de su cargo lo exponían socialmente y le obligaban a que aceptara el “escudriñamiento permanente” frente a cada una de sus acciones. Porque, en otras palabras, se colocaba en una vitrina y tal era el precio-riesgo que debía pagar por gozar de su temporal poder político. 

Expuesto, en tanto participio del verbo exponer, significa puesto de manifiesto, evidenciado. También implica “arriesgar, aventurar, poner algo en contingencia de perderse o dañarse”. Sugiere un apuro frente al cual siempre es posible resguardarse, precaverse,  salvaguardarse en ámbitos que no sean los públicos.

En otra de sus columnas, el mismo Edargo describía las razones de un juez venezolano, quien juzgó improcedente la querella que planteó un funcionario gubernamental al director de una publicación. Según tal magistrado, los empleados públicos están sometidos a la crítica constante de los ciudadanos, dirigida a buscar su desempeño correcto y una gestión adecuada en el ámbito de su servicio. ¿El pueblo no es al mandante, el soberano?

También en aquella época, la crítica a los titulares políticos incluía la sátira, el chiste, incluso la burla. Representantes de esta corriente de humor político fueron Los Picapiedra, los autores de una columna en el diario El Tiempo de Quito. No he hallado registros de que alguno de sus integrantes haya sido objeto de sanciones, de persecución o de cargamontón en el espacio público por los dictadores del momento. El fastidio que probablemente sus ironías provocaban en los generales gobernantes se dirigía a los columnistas “serios”, nunca se deslizó hacia los humoristas. Puede ser, incluso, que hasta las tomaron con sentido del humor. Tal vez intuyeron que habrían llevado las de perder si se enfrentaban a esa mordacidad, pues podían hasta auto-amplificar aquellos aspectos que los caricaturizaban e incluso llegar al ridículo, por propia mano.

La fuerza del chiste ha sido reconocida desde hace centurias. El estudio del lingüista Mijail Bajtín sobre el significado del carnaval en la edad media es un ejemplo de la sapiencia con la cual el pueblo lo utilizaba.

El carnaval, en el feudalismo, era la ocasión para, por medio de la risa, abolir las distinciones, los títulos, las jerarquías, los rangos. Dejar de lado las solemnidades oficiales y reconocerse solo en la condición humana. Para Bajtín, la igualdad que imponían las fiestas carnavalescas actuaba como un ideal utópico, un antecedente, entonces impensado, de aquellas luchas que precedieron a la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano: igualdad, libertad y fraternidad.

Además de la invitación carnavalesca a borrar escalafones, tal festividad medieval era la oportunidad para celebrar en el humor el propio escarnio. Del sarcasmo nadie se libraba. Incluso la liturgia era objeto de parodia; el carcajeo popular era la expresión con la que los desposeídos se oponían a los ceremoniales y a las pompas de las culturas oficiales. El poder corrosivo de la socarronería ya era reconocido y aceptado.

Si durante el feudalismo los rasgos del humor eran advertidos como dispositivos de debilitamiento de la ostentación y de los protocolos, e incluso de la “majestad del poder”, con mayor razón en siglos posteriores, cuando la igualdad fue proclamada y legitimada. Y hasta constitucionalizada en los “estados de derechos”.

En años recientes, el primer consejo de la asesoría política, a quien aspira a postularse como candidato y apetece ser elegido y reelegido es el de “desarrollar una piel gruesa y sentido del humor”. La recomendación presupone la existencia de un intercambio de problemas: a la fama y a la publicidad que alcanza un gobernante, investido de un poder y de atribuciones enormes, su contraparte negativa son las consecuencias de su exhibición. Frente a los privilegios de su posición, deberá admitir algunas desventajas. Y para ello, nada mejor que olvidarse de susceptibilidades y de quisquillosidades. Ser más tolerante, menos puntilloso, más tranquilo. Y más humano. ¡Ah! Y aprender a reírse de sí mismo.

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De personajes, susceptibilidades y solemnidades
 
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