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1 de Febrero del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
1 de Febrero del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Perspectiva estratégica de la unidad
El arte de combinar la cirugía con la anestesia en el ejercicio del gobierno supone, según Matus, un procesamiento tecnopolítico de la problemática para no caer ni en el “barbarismo político” (solo anestesia), ni en el “barbarismo técnocrático” (solo cirugía).

El debate en torno a la unidad muestra la dificultad de conjugar las motivaciones y fuerza de los actores de la oposición para constituir una opción política que sea capaz de generar el respaldo popular necesario para derrotar la opción representada por el gobierno.

Levantar una plataforma electoral común requiere de un trabajo previo de aproximación de esas motivaciones y fuerza. En Cuenca se advirtió que ellas se aglutinan alrededor de la necesidad de alcanzar la mayoría en la Asamblea Nacional para derogar las enmiendas, la ley de comunicación y reimplantar la división y autonomía de las funciones del Estado.

En Quito, en la reunión convocada por Pachakutik se hizo sentir la necesidad de trascender la perspectiva electoral y pensar en términos más proyectivos. En este segundo escenario, los objetivos son más amplios y generales. Requieren de ser puestos en contexto, midiendo la fuerza de los actores que los promueven.

Cabe una primera consideración. Es necesario tender puentes entre los objetivos de mediano y largo plazo con los de corto plazo. Apostar a la captación de la mayoría parlamentaria es una táctica que debe ponerse  al servicio de un estrategia. No se trata sólo de llegar al poder, cuando experiencias pasadas revelan que quienes llegan al poder dejan de lado los acuerdos y compromisos previos.

La preocupación en este caso es ligar los dos momentos del ejercicio democrático: el electoral y el gubernamental.

Pero, por otro lado, los objetivos de “máxima” deben guardar relación con los objetivos de “mínima”.  Por cierto que es necesario sembrar nuevas ilusiones; pero éstas no pueden estar desconectadas de la realidad. Tampoco cabe dejar que la realidad determine sola el curso de los acontecimientos. Se requiere una adecuada combinación de ambas dimensiones.

En el tránsito de la contienda electoral al gobierno no se puede olvidar la distancia que existe entre el proyecto y la realidad. Hace falta dosificar las expectativas en función de las posibilidades, en una trayectoria de acercamiento de ambas. Carlos Matus, experto chileno en planificación estratégica, habla de la necesidad de recurrir a la cirugía y a la anestesia. En las campañas electorales los candidatos y la población nos movemos en el plano de las esperanzas; cuando un gobernante es electo se topa con realidades sobre las cuales es necesario tomar decisiones no siempre encuadradas en los libretos de campaña. Lo grave está en ese divorcio que suele darse entre los ofrecimientos de campaña y las realizaciones gubernamentales.

Eso es lo que precisamente ha ocurrido no sólo con Correa, sino con Gutiérrez, Bucaram y otros. De ahí que Pachakutick y la CONAIE se muestren reticentes a la unidad con aquellos partidos, grupos y personalidades que incurrieron en el error de apartarse y hasta traicionar el mandato de sus electores y patrocinadores.

Correa, por ejemplo, aplicó la anestesia desmedidamente mientras dispuso de los recursos del petróleo; supuso equivocadamente que la bonanza se prolongaría; no tomó precauciones y  una vez terminado el espejismo petrolero, se ve obligado a acudir a la cirugía para enfrentar la crisis. Ese desencuentro le está ocasionando un deterioro de su capital político.

El tema, por tanto, no es meramente ideológico; este drama lo viven gobiernos tanto de izquierda como de derecha. El arte de combinar la cirugía con la anestesia en el ejercicio del gobierno supone, según Matus, un procesamiento tecnopolítico de la problemática para no caer ni en  el “barbarismo político” (solo anestesia), ni en el “barbarismo técnocrático” (solo cirugía).

Los gobiernos llamados “neoliberales” acudieron en forma desmedida a la cirugía, ello erosionó su gobernabilidad y puso en riesgo la democracia; los gobiernos “progresistas”, en cambio, alcanzaron gobernabilidad con el uso igualmente desproporcionado de la anestesia, pero a costa del deterioro de la economía. Hoy enfrentan graves problemas de gobernabilidad por ya no poder administrar la anestesia, lo cual ha devenido en una pérdida de legitimidad del modelo de concentración del poder, dado que éste se quedó sin soporte económico. 

Los partidos, movimientos y fuerzas que hoy bregan por la unidad desde la oposición, deben estar conscientes de la diferencia entre competir en las elecciones y gobernar en la crisis. Si bien el gobierno del presidente Correa pasa por momentos difíciles, al próximo gobierno le tocará el desafío de encontrar una salida a la crisis, capaz de combinar la eficacia económica con la eficacia política.  

Ello supone saber diferenciar la táctica de la estrategia en momentos sucesivos: el electoral y el gubernamental. 

Según el teórico prusiano de la guerra, Carlos von Clausewitz. “táctica es el uso de la fuerza en el combate y estrategia es el uso del combate para alcanzar el objetivo de la guerra”. Para el caso, podría afirmarse que la unidad es el uso de la fuerza para el combate electoral; la estrategia es la conducción del combate para recuperar la democracia, con un gobierno responsable y coherente con los acuerdos alcanzados.

Lo que corresponde, entonces, es aproximar las motivaciones y fuerza de los actores en torno a las acciones a desarrollar, afirmando las afinidades y procesando los desacuerdos, en función de un “triángulo estratégico”, que comprende tres aspectos claves: a) “con quienes”, bajo las premisas de que “solos tenemos menos fuerza que en una alianza” y de que nuestro marco ético- ideológico debe estar en consonancia con las necesidades de la alianza ; b) “para qué”, que implica precisar los “proyectos mínimos no negociables”; c)  los medios a utilizar, esto es, “las vías convenientes para entrelazar la táctica y la estrategia”.

Este triángulo estratégico debe tener en cuenta la “probabilidad de éxito” de las operaciones y acciones acordadas. Ello supone evaluar la correlación de fuerzas y el contexto del juego. Pues si bien se aprecia un deterioro y retroceso del actual gobierno, no se puede subestimarlo ni pensar que se cruzará de brazos ante el avance de la oposición. Correa también juega; sus aciertos y errores pesarán negativa o positivamente en su fuerza. Igual la oposición; debe saber jugar con habilidad y no darle al gobierno armas que reviertan su declinación.

La amplitud o restricción de las alianzas depende de la congruencia del marco ético-ideológico con la viabilidad de las acciones programadas. Ello implica considerar “la elasticidad positiva o negativa del marco ético ideológico de los actores” que no se da en la abstracción sino en el juego real de las relaciones de fuerza y de presión. Ello permite decidir “¿a cuáles operaciones se debe renunciar por ahora?” Y “por cuáles luchar” con una buena estrategia.

El marco ideológico de cada actor en un extremo se cierra, “es decir se radicaliza”, lo cual limita el universo de la acción y las probabilidades de éxito; en el otro extremo se “abre o se flexibiliza”, lo cual amplía el campo de acción y agrega fuerza al logro del objetivo común.

El análisis estratégico permite fijar los márgenes  de elasticidad en función de las condiciones y reglas del juego que en este caso las impone el gobierno.

[PANAL DE IDEAS]

Fernando López Milán
Giovanni Carrión Cevallos
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Patricio Moncayo
Carlos Rivera
Carlos Arcos Cabrera
Ricardo Martner
Mauricio Alarcón Salvador
Patricio Crespo Coello
Alfredo Espinosa Rodríguez

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