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29 de Agosto del 2017
Ideas
Lectura: 7 minutos
29 de Agosto del 2017
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Planeta: la casa vacía
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Sobradas son las razones para expresar mi gratitud a Oswaldo Obregón, ese gran conocedor y promotor de la literatura ecuatoriana y, a la vez, mi preocupación y tristeza por el cierre de Planeta Ecuador. Estoy seguro de que son sentimientos compartidos por muchos escritores ecuatorianos.

La llamada fue temprano. Era de Editorial Planeta. Debía entregar la factura correspondiente a los derechos de autor de la novela Vientos de agosto. ¡Sorpresa, aún tenía regalías! Fui a la emblemática casa de la calle Whymper, que por unos días más ocupará Editorial Planeta. Planeta cierra sus oficinas en Quito. Fue duro encontrarla vacía y sentir la ausencia del siempre atento y amable anfitrión Oswaldo Obregón, quien fue hasta hace pocas semanas su director. Oswaldo es un personaje clave en mi vida literaria y la de otros escritores ecuatorianos. El mejor homenaje que puedo hacer es recordar la edición de Vientos de agosto bajo aquel prestigioso sello editorial.

En el ya lejano 2003 presenté el manuscrito a Oswaldo. Fue una reunión amena pues él es un gran conocedor de literatura y del mundo del libro. Como todo profesional en su ramo, quedó en evaluarlo y darme una respuesta. Me resulta difícil describir aquella espera. Las expectativas se disparan. Todo escritor sabe de la incertidumbre que caracterizan esos momentos en que se decide el futuro de meses y años de trabajo. Para mí resultaba aún mayor, pues era un recién llegado al mundo de la literatura y un desertor del mundo de las ciencias sociales y tenía ya cinco décadas encima. Me consolaba con el ejemplo de grandes escritores que publicaron su primera novela en plena madurez. Además habían transcurrido seis años desde la publicación de Un asunto de familia, aquella audaz e intensa mirada sobre el incesto . Como comprenderán, su respuesta era decisiva para mí. Era un todo o nada. Un día —no recuerdo cuánto tiempo transcurrió— me llamó a una reunión en su despacho. Acudí sin expectativa alguna, como un condenado que ha renunciado a toda esperanza. Para mi sorpresa, Oswaldo, con ese dejo bogotano que lo caracteriza, hizo un detallado análisis del manuscrito antes de comunicarme que había decidido publicarlo. ¡Qué gran e indescriptible emoción!

En junio de 2003, Vientos de agosto comenzó a soplar con fuerza. Aún recuerdo con gratitud los positivos comentarios de Fernando Tinajero, Alejandro Moreano, Diego Cornejo Menacho y Milagros Aguirre, entre otros. En diciembre de ese año, la novela recibió el premio Joaquín Gallegos Lara en una ceremonia que parecía que no terminaría nunca, en la que el Municipio de Quito premiaba a arquitectos y trabajadores, ciudadanos ilustres y hombres de negocios, escritores y artesanos, músicos y poetas: la variopinta representación de la vida de la ciudad.

Publicar con un sello editorial de la importancia de Planeta, recibir una crítica muy favorable y el reconocimiento literario más importante que se concede en Ecuador cambió mi vida. El tiempo transcurrió y el año pasado, trece años después, nuevamente Oswaldo apoyó la publicación de mi nueva novela Saber lo que es olvido. Esta vez la edición fue en Bogotá.

En la casa de Planeta me esperaba una grata sorpresa, los tres últimos ejemplares de Vientos de agosto y un pormenorizado informe de la ventas desde 2003. Lo miré en detalle: la edición fue de 692 ejemplares, de los cuales salieron al mercado 622. El primer año se vendieron 298 ejemplares, en 2004 otros 47: el 55% del tiraje. No sé si es mucho o poco desde la perspectiva del editor y del mercado. Luego vinieron años malos para la novela. Tuvo un repunte de ventas entre 2006 y 2008 que —es una suposición— coincidió con la publicación de El invitado (El Conejo 2007 e Icaria 2009), por la que recibí en segunda ocasión el premio Joaquín Gallegos Lara. Los últimos picos de ventas coincidieron con la publicación de Memorias de Andrés Chiliquinga (Alfaguara) en 2014 y Saber lo que es olvido (Seix Barral) en 2016. Una probable conclusión es que las nuevas novelas suscitan interés por las novelas anteriores. Extraño hablar de cifras de edición y ventas, es la cara oculta de la vida del escritor. Tal vez no es de buen gusto ni políticamente correcto sacar a luz lo que por lo general se guarda celosamente en un cajón. A mí, algo me enseña sobre el libro y sus avatares.

Todo libro traza su propia ruta. La primera edición de Vientos de agosto demoró 14 años en agotarse. Eso ya no podría suceder ahora. Las nuevas políticas editoriales tienen la draconiana política de liquidar los saldos dos años después de la publicación. Si se vendió, bien; si no, también. Los libros van al reciclaje, a convertirse en cajas de cartón, papel de embalaje, servilletas y... ya saben. Considero que Vientos de agosto es una novela afortunada y hablo en presente. Gracias a la iniciativa de Javier Vásconez y Yanko Molina, formó parte de las dos más importantes colecciones de narrativa ecuatoriana contemporánea, la primera publicada por Alfaguara España, y la segunda por la Ilustre Municipalidad de Guayaquil. Espero que en algún momento el Municipio y la Casa Carrión propongan la edición crítica de los premios Joaquín Gallegos Lara. Vientos de agosto estaría allí.

Sobradas son las razones para expresar mi gratitud a Oswaldo Obregón, ese gran conocedor y promotor de la literatura ecuatoriana y, a la vez, mi preocupación y tristeza por el cierre de Planeta Ecuador. Estoy seguro de que son sentimientos compartidos por muchos escritores ecuatorianos. El reto pasa ahora a las pequeñas editoriales independientes, a los mismos escritores y, por cierto, al más desconocido de los actores de ese juego en bandas: el lector. Como comentó en su momento esa otra gran editora de literatura ecuatoriana, Annamari de Piérola, a Oswaldo se le va a extrañar en el mundo complejo y apasionante de los libros  Ha hecho mucho por la literatura en el país y se sentirá su ausencia.

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