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13 de Enero del 2020
Ideas
Lectura: 4 minutos
13 de Enero del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Poder: intolerancias y locuras
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Basta la muerte de un inocente para que pierda credibilidad todo enunciado social y político. Irán reconoce que derribó el avión en el que murieron más de 170 inocentes. ¡Asesinato por error! ¿Es que acaso los militares pueden disparar por un error a un avión comercial que acaba de despegar?

¿Quién decide sobre la vida y la muerte del otro, sobre su libertad o su esclavitud? Antes, la respuesta inmediata no se hacía esperar: dios y todos aquellos convencidos de que poseen parte del poder divino, los que inventaron aquello de que todo poder proviene de dios. Pero ese dios murió hace rato como nos lo recordaba Nietzsche. Pese a todo, no han faltado quienes se propusieron convertirse en herederos de los poderes supremos para decidir sobre la vida y la muerte de los otros. 

Grandes y pequeños dioses animados por el espíritu de lo perverso. Quizás Hitler sea el Zeus de ese olimpo moderno en el que es imposible no mirar los rostros sedientos de crueldad, sangre y muerte de los Duvalier, los Castro, los Pol Pot, los Pinochet, los Saddam Hussein. Los Stalin, Mao, Trujillo, Idí Amin. Lista interminable de lo perverso.

Desde su aparición en la cultura, el poder se halla íntimamente ligado a la capacidad de provocar sufrimientos de toda clase y dimensión. Desde una economía eminentemente perversa, el poder implica la capacidad de dar la muerte como si se tratase de una suerte o don: muerte absolutamente perversas. 

Ese poder ha ido a parar en manos de políticos y líderes que se consideraron a sí mismos amos del mundo, dueños de la vida y de la muerte, del destinos de propios y extraños. Ha llegado a manos de líderes religiosos que se convirtieron en alcaides y verdugos del mundo. 

En la historia, la esencia del poder y la capacidad de dar muerte se hallan íntimamente ligadas. Una mutuidad indisoluble. Allí se podría hallar los orígenes míticos del poder que consistiría en la capacidad de administrar, como cosa propia, tanto la vida como la muerte de los otros. Probablemente esto sea más evidente en culturas monoteístas. De hecho, los monoteísmos se impusieron a sangre y fuego. Imposible olvidar ni las Cruzadas ni la santa inquisición. Es terrible tener que reconocer que el espíritu de la inquisición aun perdura en Estados religiosos asiáticos y africanos. 

En la historia, la esencia del poder y la capacidad de dar muerte se hallan íntimamente ligadas. Una mutuidad indisoluble.

A quienes ese apropian del poder, les fascina disfrazarse con los vestidos de la democracia y utilizar sus lenguajes: Chávez, los Castro, Maduro, Correa. Pero el hábito no hace al monje. Ellos buscan la sumisión al amo. La sumisión es la debilidad que hace y sostiene a muchas mayorías sociales. La debilidad es una de las creaciones paradigmáticas del poder. Sin los débiles, el poder no tendría de qué alimentarse y rápidamente perecería. 

Basta la muerte de un inocente para que pierda credibilidad todo enunciado social y político. Irán reconoce que derribó el avión en el que murieron más de 170 inocentes. ¡Asesinato por error! ¿Es que acaso los militares pueden disparar por un error a un avión comercial que acaba de despegar? 

Las llamadas guerras santas terminan comprobando que aquello que se defiende con la sangre de los inocentes carece de toda ética social. Optar por el asesinato no es más que una poderosa señal de la debilidad de la ideología que se defiende. 

Retomemos la tranquilidad. El mundo entero sabe que el asesinato de millones de inocentes en la segunda guerra mundial también no fue por un lamentable error de cálculo. Los golpes de pecho de los asesinos ni devuelven vidas ni lavan las manos ni curan el llanto de los inocentes.

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