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15 de Abril del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
15 de Abril del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Poder y verdad
Nunca una auténtica revolución se realiza por decreto ni se expresa en asambleas de adictos al poder. Las múltiples revoluciones que se han producido en el mundo no han surgido precisamente desde el poder sino en los espacios de las reflexiones filosóficas. Marx no estuvo en el poder ni tampoco otros como Freud o Einstein, sin embargo, ellos crearon sistemas teóricos que produjeron auténticas revoluciones.

En estricto rigor, la historia de la humanidad no es sino la historia de la verdad. ¿Qué es la verdad, en qué consiste, quién la posee?

Desde siempre, el tema de la relación entre el saber y la verdad constituye uno de los más grandes y graves problemas que afronta la humanidad. Hasta ahora el poder, en el orden y dimensión que fuese, se ha considerado a sí mismo como el origen de la verdad. Es decir, el poder, ante sí y por sí, ha asumido el papel de dirimente: dice qué es verdadero y qué falso. En consecuencia, la verdad aparece como un derivado privilegiado del poder: reyes, emperadores, papas, dictadores, sacerdotes, profesores predicando el poder de la verdad, y los otros asumiéndola y repitiéndola.  

Las grandes religiones se declararon dueñas absolutas de la verdad y se impusieron a sangre y fuego. Todas han armado santas cruzadas, antiguas y actuales, para terminar con las diferencias e imponer el pensamiento único. Para todos hay un solo y verdadero dios: todos son perversos herejes, menos ellos, los santos poseedores de lo santo y verdadero. En el campo político acontece algo similar: los dictadores del mundo se han creído dueños de la verdad que debían imponer por todos los medios que se ha inventado la crueldad: en eso consiste el meollo de toda dictadura. Como las religiones, las grandes dictaduras predicaron evangelios de salvación y de condena.

En sus orígenes, el poder surge de la fuerza física, de la capacidad de dominar al otro y de someterlo. Posiblemente la urgencia del dominio haya aparecido en dos situaciones eminentemente existenciales: el control del alimento y el acaparamiento de mujeres. La comida, aunque se halle aparentemente dispuesta para todos, siempre aparecerá como una especie de don dispuesto para el más fuerte. Comerá más quien demuestre y ejerza poder sin concesiones. Para el débil quedan las sobras, las migajas que caen de la mesa de los ricos, el hueso ya roído por los otros. También el menos débil de entre los débiles pelea las sobras del amo. 

Cuando el poder se sostiene en la capacidad de dar la muerte a su enemigo, es claro que se desnuda a sí mismo como tiranía. Esa muerte tiene que ver con el tema de la verdad y de la libertad. Es decir, si se produce una relación directa entre la verdad y el poder, en ese mismo instante, el poder impone su verdad y asesina la verdad del otro.  Por ende, ese poder exige sometimientos absolutos, irrestrictos. A los sometidos, aunque se consideren libres, no les queda otra alternativa que repetir a pie juntillas lo pensado y dispuesto por el poder.

El sometimiento a la verdad del poder se convierte, pues, en una obligada estrategia de sobrevivencia. Si no aceptas y acatas todo lo que dice, piensa, dispone el poder, te quedas sin esa migaja de libertad que el amo te ha concedido. Es totalmente inútil que digas que aceptas someterte desde tu reflexión y libre albedrío. No hay tal: tú no dispones de ninguna otra alternativa. A lo mejor te has olvidado de que no existe libre albedrío sino únicamente en la libertad. La libertad no es, pues, una palabra ni un discurso, sino un estilo de vida.

Es una estrategia del omnipotente hacer que los otros se consideren libres. Se trata de un engaño necesario, indispensable para que el poder subsista. Quizás los menos libres o los más esclavizados sean justamente aquellos que, perteneciendo a la cohorte, se creen con libre albedrío.

Si no tienes libre albedrío, no eres más que una parte del engranaje armado y sostenido para que el poder funcione a perfección. Tu sometimiento  se halla previsto en las estrategias con las que cuenta el actuar real del poder. Todos tus análisis de la lógica de la  supuesta libertad con la que asumes lo ordenado por el poder no son otra cosa que la pantalla necesaria para que se sostenga tu sometimiento. Incluso cuando te otorgan la benevolencia de un tiempo para que hables e inclusive realices ciertas salvedades. Finalmente, repetirás exactamente lo que el poder dispone. Careces, pues, de suficiente poder de elección, salvo en el mundo de tus quimeras.

Para que se produzca la libertad política sería necesario que exista un proyecto en el cual la construcción de las propuestas de verdad sea una tarea sostenida e inquebrantable realizada al margen del poder y, sin embargo, con su auspicio necesario. Es decir, es el producto de un proyecto en el que el poder democrático se compromete con las acciones y reflexiones dejando de lado todo intento de someter y de imponer.

Desde la imposición del poder no podrían darse cambios sustanciales en los modos de concebir políticamente una sociedad. Nunca una auténtica revolución se realiza por decreto ni se expresa en asambleas de adictos al poder. Las múltiples revoluciones que se han producido en el mundo no han surgido precisamente desde el poder sino en los espacios de las reflexiones filosóficas. Marx no estuvo en el poder ni tampoco otros como Freud o Einstein, sin embargo, ellos crearon sistemas teóricos que produjeron auténticas revoluciones.

Con Marx en la punta de la lengua, el poder ha asesinado a millones de sus compatriotas. Todos sabemos cómo gobernó Stalin y cómo lo hacen ciertos líderes adueñados totalmente del poder a nombre de una ideología supuestamente marxista. El poder de la verdad del psicoanálisis no se halla en la forma como alguien lleva su análisis, sino en la teoría.

Las propuestas no son revolucionarias porque el poder las enuncie como tales. La revolución no es una proclama vacía de ideología ni significa la supresión de la libertad o de la diferencia. Todo lo contrario, la diferencia es el territorio necesario para que se produzca cualquier nuevo pensamiento y toda acción que revolucionen los modos de pensar y de actuar políticamente. La libertad es también un producto de la verdad.

La política es ante todo ideología. Y la ideología es una forma de interpretar el mundo, es decir, las relaciones sociales, las relaciones económicas, los modos de producción. Los cambios sociales que no se respaldan en una ideología quedan en la memoria solo como cambios superficiales. 

El indicador de un proceso revolucionario no está en una asamblea cuyos miembros asienten todo lo que dispone el poder por más legítimo que sea. Una idea o una posición política podría ser revolucionaria en sí misma pero no produce cambios sino cuando alguien la efectiviza en las prácticas sociales. Por ende, el reconocimiento y el fomento de la diferencia constituyen el fondo de un auténtico pensamiento revolucionario porque únicamente así es posible la construcción de  verdades  nuevas.

La verdad no nace del poder, sino de las proposiciones. Si alguien, sujeto o grupo, afirma que lo que dice es la verdad y tan solo la verdad porque él lo afirma,  ha perdido la ruta de lo razonable. Es duro y complejo aceptar que la verdad no existe ni se encuentra hospedada en alguna mente brillante. La verdad es el producto de serias y complejas proposiciones. Todo esto quizás cuestiona nuestro viejo, y sin embargo necesario, narcisismo.

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