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16 de Diciembre del 2019
Ideas
Lectura: 9 minutos
16 de Diciembre del 2019
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Polarización o convergencia: el desafío
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La historia del Ecuador está marcada por la imposición de una etnia que reivindicó una suerte de universalidad sobre las otras, en virtud de lo cual se asumió como dominante, colocó a los otros grupos étnicos en un plano de inferioridad, no los reconoció como pares, y privilegió el ingrediente racial.

El concepto de raza no agota el concepto de etnicidad. La raza es una categoría física que se sustenta en características genéticas y, por tanto, implica algo fijo e inmutable. La etnicidad, por el contrario, es una construcción “de orden latente, situacional, cambiante y ambigua”. Así lo define el sociólogo mexicano, Daniel Gutiérrez Martínez en Revisitar la etnicidad.

En el Ecuador se confunden estos dos conceptos, lo cual dificulta la construcción de un régimen de convivencia en la diversidad. La articulación de uno u otro concepto con lo político produce consecuencias distintas en un contexto de desigualdad social y económica.

La historia del Ecuador está marcada por la imposición de una etnia que reivindicó una suerte de universalidad sobre las otras, en virtud de lo cual se asumió como dominante, colocó a los otros grupos étnicos en un plano de inferioridad, no los reconoció como pares, y privilegió el ingrediente racial.

El conflicto entre Estado y nacionalidades indígenas no ha salido del ámbito racial. De ahí que las movilizaciones de octubre arremetieron contra los grupos blanco mestizos y desataron brotes racistas de lado y lado. Es necesario, entonces, sacar este debate y conflicto del plano racial y trasladarlo al étnico. La construcción de un Estado plurinacional exige abandonar los arrebatos racistas de las nacionalidades indígenas y del Estado nacional. Por otro lado, aunque se tornen explosivas las demandas indígenas en un escenario de profundas desigualdades socioeconómicas, no cabe mezclarlas con otros contenciosos, por ejemplo, clasistas. El aprovechamiento de las diferencias raciales -más que étnicas- por el discurso basado en viejos estereotipos de izquierdas y derechas, propicia escenarios de confrontación violenta. Colocarlas en el bando del combate al neoliberalismo supone valerse de la fuerza del movimiento indígena hacia causas y posiciones que son parte de un debate y confrontación ajeno a las concepciones de desarrollo de las sociedades indígenas. Éstas han aportado y aportan un nuevo enfoque del desarrollo que no es ni neoliberal ni estatista. En la perspectiva racista se debate si la república dio espacio y fronteras a los pueblos indios o si ella -la república- debe agradecer a los pueblos indios por permitirle la construcción de la nación.

Ni lo uno ni lo otro. El padre Juan de Velasco defendió la existencia del reino de Quito con lo cual puso los gérmenes de la nacionalidad. Desde luego que con el 10 de agosto de 1809, el 9 de octubre de 1820 y el 24 de mayo de 1822, ese proyecto nacional se hizo realidad, aunque, por cierto, acarreando la secuela de la colonialidad y de una adscripción acrítica al pensamiento unitario occidental. Pero con la supresión del tributo de indios en 1852, con la abolición del concertaje en 1918 y del huasipungo en 1964, la República dio pasos hacia el entendimiento y reconocimiento de la heterogeneidad cultural, condición básica para avanzar hacia la construcción de un estado plurinacional. 

Con la obra del ferrocarril impulsada por Eloy Alfaro y la habilitación de carreteras con Velasco Ibarra; con la migración del campo a la ciudad, en especial de campesinos indígenas a la Costa que debilitó el régimen servil de la Sierra; con la expansión cuantitativa de aparato educacional del Estado, “llevando la escuela a los lugares más remotos”; con el desarrollo económico impulsado en las décadas de 1960 y 1970 del siglo pasado, y con la electrificación del país, el Ecuador salió de su atraso y se enrumbó hacia un tipo de  modernidad, que mantuvo vigente la concepción occidental del estado culturalmente homogéneo. Negar esto sería renegar de la historia. El propio nacimiento de la CONAIE fue producto de todos estos cambios y de avances en la democratización del país, con el sufragio libre, el voto a los analfabetos, la incorporación más activa de cuadros indígenas a las administraciones local, municipal y provincial, a diversas funciones públicas y para cargos de elección popular. Lo que todavía falta es que esa incorporación se traduzca en la definición de estrategias alternativas de desarrollo que trace una nueva relación entre la cosmovisión indígena y el mundo moderno.

Con toda seguridad el imaginario indígena también habrá sufrido cambios en su auto representación y en su percepción de los otros. Así mismo ha habido también un avance en la comprensión de las élites y de los distintos estratos de la población blanco-mestiza sobre la cuestión indígena, tanto por el apoyo de los grupos de izquierda que contribuyeron a la organización de la FEI (Federación Ecuatoriana de Indios) como por pensadores de la talla de Pio Jaramillo Alvarado, Luis Monsalve Pozo, Aquiles Pérez y tantos otros investigadores de la realidad indígena. Del indigenismo hemos transitado hacia una nueva conciencia social nacida de la constitución de una pujante capa social de intelectuales indígenas. 

El tema indígena no incumbe exclusivamente a los indios, sino al conjunto de la sociedad. La etnicidad, dice Gutiérrez Martínez, debe verse como un fenómeno contextual que cambia según las épocas y la agencia de los actores involucrados.      

El tema indígena no incumbe exclusivamente a los indios, sino al conjunto de la sociedad. La etnicidad, dice Gutiérrez Martínez, debe verse como un fenómeno contextual que cambia según las épocas y la agencia de los actores involucrados. Desde la creación de la CONAIE y de Pachakutik, el movimiento indígena ha ganado en fortaleza organizativa y política. Esto les colocó en un plano de igualdad con sus pares políticos, lo que les confirió de capacidad para asumir el portaestandarte étnico y abandonar el fraccionalismo racial. Para evitar que las fronteras étnicas se vuelvan infranqueables es deseable, por tanto, desplegar estrategias que posibiliten superar “la representación ideológica de mundos culturales impermeables entre sí y mutuamente exclusivos”, como lo subraya Danilo Martuccelli en la obra citada.   

  
Por ello, cabe evaluar la pertinencia de las estrategias indígenas aun desde la perspectiva de sus propios intereses y de la legitimidad de su protesta, como aconseja Rodolfo Stavenhagen. Balancear los apoyos y resistencias en los distintos sectores de la sociedad es fundamental para no hacerle el juego a los grupos políticos que siguen abogando por un modelo unicultural. Las acciones de la movilización de octubre les restaron credibilidad y apoyo en los sectores blanco-mestizos al atentar contra valores y derechos universales. Sí tuvieron eco en las filas del izquierdismo radical, pero ello no garantiza su legitimidad.

De lo que se trata es de que su dirigencia y sus bases sean capaces de definir al “otro”, en la perspectiva de que sus reivindicaciones legítimas no atenten contra los derechos de los otros grupos, ni abonen en contra de la “idea misma de universalidad [y] de convivencia pacífica en un proyecto común de sociedad”, como lo anota Stavenhagen. Y de que acierten en la identificación de sus adversarios y de sus aliados, en cada coyuntura.

Frente a la tesis de la subversión y de la insurgencia atribuidas a las movilizaciones indígenas como atentatorias a la estabilidad democrática, la CONAIE no debe convalidarlas con actos de violencia. La polarización con tintes étnicos y raciales entre la población puede conducir, según Stavenhagen, “a que los pronósticos más catastrofistas se hagan realidad”. Por ello se necesita encontrar “soluciones negociadas e institucionales, en el marco de los respetos de los derechos humanos de unos y otros”.

Indios, blanco-mestizos, negros, mulatos, cholos, montubios debemos reflexionar y definir si queremos construir “un mundo en donde quepan varios mundos”, al decir de Stavengahen, en el que haya una diversidad de modos de pensar, de vivir, de percibir las cosas y no un campo de confrontación en el que corramos el riesgo de retroceder en el camino recorrido. Y de fraccionar la todavía endeble unidad del conjunto de la sociedad.

Inscribirse en la polarización implica quedarse atado a una interpretación que no aclara el entendimiento de la dinámica de la etnicidad y que contribuye a encender la efervescencia colectiva con costos sociales muy altos. Y en términos políticos a un nuevo aislamiento social y político del movimiento indígena.

[PANAL DE IDEAS]

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