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9 de Octubre del 2014
Ideas
Lectura: 6 minutos
9 de Octubre del 2014
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista.

Polarización y estabilidad, una fórmula que pierde fuerza
Luego de la “victoria con sabor a derrota”, como la calificó un analista vinculado al gobierno brasileño, ni él ni quienes lo entrevistaban pudieron disimular su desasosiego por una potencial sustitución de los “gobiernos progresistas” por la “restauración conservadora”. No podían admitir que los ciudadanos, si tal fuera el caso, se pronunciaran por tal decisión en las urnas.

Las primarias en Brasil fueron una ventana de observación muy útil para entender ciertas prácticas arraigadas en los llamados gobiernos “progresistas” de América latina, como las del que rige en nuestro Ecuador, por cierto. Lo fue también para advertir ciertas modificaciones en las preferencias  de los electores.

El encarnizamiento con el que el partido de gobierno brasileño trató a la candidata Marina Silva, ecologista, afrobrasileña y ex senadora fue ejemplar. Siendo una mujer de izquierda la acusaron de personificar el retorno del neoliberalismo, de estar entregada a Estados Unidos y a Europa y, claro, la rotularon con la etiqueta de buscar la “restauración conservadora”. ¿A quién se le habrá ocurrido reproducir tal expresión?

Uno de los delitos de Silva era el de ser apoyada por el ex presidente Fernando Henrique Cardoso.  Y mientras los voceros oficialistas se regodeaban en cuestionarla y en atemorizar a quienes se les pusieran en frente pues pregonaban que un eventual triunfo suyo llevaría a toda Latinoamérica a la desunión y al acabose, al mismo tiempo y con igual furia,  clamaban por la unidad de la región y llamaban a la solidaridad de la patria grande. ¿Unidad? ¿Entre quiénes? ¿Entre ellos, los auténticos izquierdistas?
Es difícil digerir como Marina Silva, quien fue  ministra de Ambiente en 2002, en el primer período presidencial de Lula da Silva, sufrió una transformación tan profunda. Solo luego de transitar por el gobierno del ex presidente, sus antiguos compañeros  advirtieron que tenía agendas ocultas,  era una ecologista infantil y una desestabilizadora. Marina Silva por fin se había descubierto como contraria al extractivismo, opositora a que a pretexto de las supuestas  energías limpias se construyeran represas que sepultarían los territorios de los pueblos brasileños originarios y amenazarían con su existencia, por supuesto.  ¡Ah! Y estaba apoyada por la derecha nacional e internacional y por los medios de comunicación libres e independientes.

En efecto, Marina Silva dejó aquel ministerio cuando su colega de gabinete, Dilma Rousseff, al mando del ministerio de Minas y Energía, optó por la construcción de centrales nucleares y por la mega represa de Belo Monte, en las orillas del río Xingú. El desacuerdo surgió porque esta y otras centrales, como la de  São Luiz do Tapajós, afectarían a tierras indígenas. Mientras tanto, la reforma agraria, demanda central del Movimiento Sin Tierra, quedó como promesa incumplida del gobierno del PT (Partido de los Trabajadores).

El politólogo brasileño Francisco Weffort -un viejo dirían algunos jerarcas de la educación universitaria, aquellos que aún conservan sus dientes de leche- sostenía hace ya varios años que si la izquierda y el socialismo latinoamericanos confiaban en un futuro posible debían enamorarse de la democracia. Solo así podrían conjugar igualdad con diversidad y justicia con libertad.  Y liberarse de todo rezago determinista, mecanicista y abrirse: innovar. Su posición distaba mucho de la mirada dicotómica, simple y  maniquea de los autoproclamados “progresistas”, de esos que miden el progreso en metros cuadrados y, buscan polarizar: los buenos a mi lado, los malos, lejos.  Weffort desaprobaba a quienes  esperaban perpetuarse en los dogmatismos.  E  incapaces de mirar los matices, preservaban una mirada  estancada, que procuraba como el mayor bien la es-ta-bi-li-dad. Y si fuera acompañada de la homogeneidad y del silencio, mejor todavía.

Desde esa visión oficial, Marina Silva era una apóstata.  Se oponía a la reelección y, como alternativa, recomendaba que el período presidencial se ampliara a los cinco años.  ¡Horroroso! Cuestionar la conservación del poder ejecutivo  ad aeternum resultaba imperdonable. ¡Duro contra ella! Conservar, mantener, permanecer, custodiar, archivar,  embalsamar... Todo sinónimo de esta laya sea bienvenido.
Sin embargo, las sociedades cambian, mutan, se transforman, se modifican, son dinámicas.  Y si estas características no se reconocen ocurre lo que en las elecciones brasileñas.  O lo del 23-F.  O lo del 17-S. Los seres humanos no gustamos del inmovilismo. Con más frecuencia de la pensada preferimos experimentar.

Luego de la “victoria con sabor a derrota”, como la calificó un analista vinculado al gobierno brasileño,  ni él ni quienes lo entrevistaban pudieron disimular su desasosiego por  una potencial sustitución de los “gobiernos progresistas” por la “restauración conservadora”.  No podían admitir que los ciudadanos, si tal fuera el caso, se pronunciaran por tal decisión en las urnas. Hasta alguien sugirió fraude, y resaltó la arremetida mediática de la prensa nacional e internacional contra la jefa de Estado brasileña. Tal postura, me parecía,  indicaba su desconfianza en el pueblo y en su capacidad  de discernimiento, solo lo consideraban un objeto de la propaganda.

La lectura triunfalista, anterior a conocer los resultados comiciales, y las explicaciones que ensayaron luego de producida su divulgación oficial revelaron con nitidez la ceguera y la distancia frente a las evidencias que se estaban mostrando. Pero no pudieron  retirar sus anteojeras y atreverse a buscar nuevas claves.

Si se hubieran animado a una apertura mayor hubieran estado felices de que en la lid electoral participaron como favoritas dos mujeres, una de ellas alguien que fue fotografiada por  primera vez a los 16 años. Y hubieran estado orgullosos de sus conciudadanos. Pues quienes dejaron la pobreza miraban su nuevo estatuto como el reconocimiento de un derecho y no como una dádiva; el cumplimiento de una obligación de los gobernantes y no un favor del Partido de los Trabajadores. Se habían convertido en ciudadanos.

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