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13 de Octubre del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
13 de Octubre del 2021
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Política calenturienta
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En democracia no es recomendable adoptar medidas de excepción, como la muerte cruzada, sino empeñarse a fondo en una negociación con las bancadas de la Asamblea, con las organizaciones sociales como la CONAIE y los sindicatos de trabajadores, y los gremios profesionales para afinar la propuesta de reforma tributaria, laboral, energética.

La tramitación del proyecto de “Creación de Oportunidades” ha puesto a prueba el talante democrático de la clase política ecuatoriana. Bajo un régimen autoritario, de concentración de poderes, los procedimientos constitucionales se simplifican. En democracia, con la división y autonomía de las funciones del Estado, las iniciativas presidenciales son objeto de densas discusiones.

Sin embargo, la cultura política ecuatoriana es proclive a la exaltación y al impresionismo. Esto desde luego se ve alimentado por los ruidos mediáticos, hoy centuplicados en las redes sociales.  En medio de este barullo es difícil razonar y entenderse. Lo que es normal en otras democracias, entre nosotros aparece catastrófico.

En su experiencia como presidente de los Estados Unidos, Barack Obama narra las vicisitudes que tuvo que afrontar con la tramitación del proyecto de ley de atención sanitaria. Esta tenía que ser aprobada en las dos Cámaras, la del Senado y la de Representantes. La oposición no se hizo esperar.  Lanzaron infundios de todo tipo para desacreditar el proyecto. Tramaron una serie de acciones para parar a Obama y, de ser posible, hundirlo.

El Tea Party, una fracción de derecha del Partido Republicano, aprovechó la oportunidad para desfogar su odio al primer presidente negro de los Estados Unidos. Atizó el malestar de los blancos de clase media o trabajadora que llevaban décadas pasándola mal a causa de los salarios estancados, el incremento de los precios y la pérdida de puestos de trabajo. Copó la cobertura informativa y sembró dudas en la opinión pública sobre los impactos que traería el proyecto, al despectivamente llamado Obamacare. Voceros del Tea Party comparaban a Obama con diversos animales o con Hitler, divulgaban teorías conspirativas como que el proyecto de ley de atención sanitaria establecería una “eutanasia alentada por el gobierno” o beneficiaría a los inmigrantes ilegales. Ponían en tela de duda la nacionalidad de Obama, afirmaban que había nacido en Kenia y que, por tanto, estaba inhabilitado para ejercer la presidencia.

Esa campaña repercutió aun en las filas de los demócratas, muchos llegaron a temer que el proyecto de ley fuera una misión suicida. Los republicanos abandonaron toda pretensión de querer negociar.

En ese escenario, cargado de encono, Obama tuvo que explorar distintos caminos para lograr su objetivo: la aprobación del proyecto de ley que a su juicio salvaría la vida de miles de estadounidenses. Ello no podía lograrse de un día para otro. Fueron necesarias muchas negociaciones. El proyecto de ley fue algunas veces retocado para lograr apoyos entre los legisladores, tanto demócratas como republicanos.  Esto duró meses.

El equipo de Obama no usó tácticas indignantes para conseguir votos, práctica que algunos presidentes habían empleado en el pasado, en anteriores administraciones. La votación final sobre la sanidad tuvo lugar un año después de haberla anunciado y presentado. “Finalmente, dice Obama, conseguimos 216 votos, uno más de lo que necesitábamos. Nuestro proyecto de ley se aprobaría por un margen de siete votos”.

Las semejanzas con la suerte que está corriendo el proyecto de Ley de Creación de Oportunidades del presidente Lasso revela que en democracia no es recomendable adoptar medidas de excepción, como la muerte cruzada, sino empeñarse a fondo en una negociación con las bancadas de la Asamblea, con las organizaciones sociales como la CONAIE y los sindicatos de trabajadores, y los gremios profesionales para afinar la propuesta de reforma tributaria, laboral, energética. Al parecer, por las expresiones de Guadalupe Llori, presidenta de la Asamblea; de Leonidas Iza, líder de la CONAIE y de Mesías Tatamuez, del FUT, hay apertura para un diálogo que dé resultados concretos. El proyecto amerita ser mejorado en la forma y en el fondo. No es posible acertar a la primera. El Gobierno debe trazarse una estrategia de persuasión para que la opinión pública esté debidamente informada y respalde aquellas medidas que vayan en beneficio de los desempleados, subempleados, trabajadores, maestros, estudiantes, y demás sectores de la población afectados por la crisis económica.

En democracia no es recomendable adoptar medidas de excepción, como la muerte cruzada, sino empeñarse a fondo en una negociación con las bancadas de la Asamblea, con las organizaciones sociales como la CONAIE y los sindicatos de trabajadores, y los gremios profesionales para afinar la propuesta de reforma tributaria, laboral, energética.

La clase política no puede apostar al fracaso del Gobierno. Las elecciones de febrero y abril dieron resultados que no pueden ser vulnerados por quienes fueron derrotados. En cuatro o cinco meses de gestión no es posible esperar milagros. Despacio que estamos de apuro. Deben ser bienvenidas las asesorías de expertos en las distintas áreas que cubre el proyecto. Hay que trabajar con los aliados, con los que formó la mayoría en la Asamblea para la elección de las autoridades.  El partido socialcristiano está un poco jugando el papel del Tea Party. Su alianza con el correísmo muestra su cariz populista. Exacerbar los malestares de la gente, acumulados desde hace 14 años, para conectarlos con agendas políticas de carácter coyuntural, no es digno de partidos políticos serios y responsables. Los Papeles de Pandora, tal como están siendo manejados en la Asamblea, no pueden distraer la atención de la legislatura ni de la población, que reclama políticas eficaces de reactivación económica, una vez que la inmunidad colectiva contra la Covid avanza a buen ritmo.   El presidente Lasso, por las informaciones que ha presentado, es el mayor pagador de impuestos en el Ecuador. No evadió, por tanto, sus obligaciones tributarias. Pretender levantar sospechas sobre su honorabilidad, tiene connotaciones políticas desestabilizadoras.

Hay que cerrar filas en defensa de la democracia.

[PANAL DE IDEAS]

Patricio Moncayo
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