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2 de Mayo del 2018
Ideas
Lectura: 5 minutos
2 de Mayo del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Política a la carta: lo incierto y lo perverso
La cabeza del fiscal general estuvo en la bandeja desde el momento mismo en el que la Asamblea destituyó a su presidente que, desde hace rato, andaba por los caminos chuecos de las componendas con los mismísimos paradigmas perversos del correato. Nuestra política posee el poder de ensuciarlo todo, y las manos sucias suelen lavarse con aguas aun más sucias todavía.

El país político se mueve al ritmo de una lógica especial que convierte en evidente aquello que debería permanecer en lo impredecible, y al revés. En lo que tiene que ver con el fiscal general, la suerte estuvo echada desde el mismo momento en el que la Asamblea decidió desterrar a Serrano del caliente solio de la presidencia. Porque política, poder y venganza constituyen una unidad sórdidamente inquebrantable y capaz de dar la espalda a la lógica y a las consideraciones sobre el bien. ¿Ética? Palabra obsoleta desde que se inventó el poder que se sustenta en la capacidad de engañar como si se tratase de una virtud. Además, en el escenario de los poderes, las venganzas funcionan sin resquicio alguno para reflexiones que tengan que ver con el bien común. Si toda venganza supone una buena dosis de ceguera respecto a la verdad social, la política es absolutamente ciega.

La cabeza del fiscal general estuvo en la bandeja desde el momento mismo en el que la Asamblea destituyó a su presidente que, desde hace rato, andaba por los caminos chuecos de las componendas con los mismísimos paradigmas perversos del correato. Nuestra política posee el poder de ensuciarlo todo, y las manos sucias suelen lavarse con aguas aun más sucias todavía. Como prueba, se podría mirar más allá de nuestros débiles muros y contemplar lo que acontece en Venezuela y en Nicaragua. Las miradas de los corruptos de acá son tan admirablemente diáfanas que en esos países son capaces de contemplar la esencia misma de la democracia, aunque Ortega y Maduro se solacen con el dolor del hambre y de los asesinatos. Ortega termina demostrando al mundo su profunda identidad con Somoza a quien destituyó y asesinó. El poder pervierte en un santiamén a quienes poseen vocación de infames.

Tal vez hubo numerosas razones para destituirlo. Pero también numerosas sospechas de que  muy conscientemente actuaron oscuros temores y venganzas. ¿Por qué no sería así en una política sostenida en la ideología correísta cuyos principios fundamentales fueron la arbitrariedad, el oportunismo, la hipocresía y la venganza?

Junto a esto, el plazo de diez días dados a sus ministros para que rescaten viva y sana a la pareja secuestrada por Guacho, el asesino de periodistas, el protector de grandes traficantes. Él también traficante que aprendió su oficio de malvado en las filas de las Farc. Se cumplió el plazo. Guacho sigue actuando en sus espacios del mal. De la pareja secuestrada no se ha tenido la más mínima noticia. Pero lo que sí es cierto y evidente es la descalificación de los ministros que, por razones más que lógicas, no pudieron traer a Guacho al despacho presidencial.

El presidente tiene derecho a pedir y a exigir a sus ministros que cumplan con sus funciones de manera eficiente y eficaz y que, si no lo hacen, den un paso al costado. Sin embargo, la exigencia de Moreno fue casi imposible, por no decir casi absurda o, por lo menos, totalmente inapropiada. ¿Cómo apresar a un hombre que vive en la selva que la conoce al dedillo?  ¿Podríamos imaginarnos que Guacho iba a esperar paciente y honorablemente a las fuerzas armadas y policiales para rendirse como fiel esclavo del señor? ¿Acaso nuestras fuerzas armadas podían invadir la selva de Colombia para dar cacería al malhechor? ¿Sabe alguien, con absoluta certeza, en dónde se halla alias Guacho para pedirle que espere ahí sin moverse a quienes van a capturarlo?  

Con el equipo de El Comercio no se obró con diligencia y con una actitud capaz de resolver todos los conflictos posibles con tal de rescatar a los tres sanos y salvos. No se realizó un canje absolutamente lógico y necesario. ¿Importaba mucho al país que esos ciudadanos demandados por Guacho tuviesen cuentas con la justicia nacional cuando a millonarios ladrones de cuello blanco hasta se les ha facilitado huir oportunamente del país? ¿Qué importaba más, la aplicación literal de la norma penal o la seguridad y la vida de los tres compatriotas? ¿A quién le queda la conciencia del deber cumplido? Algunos del poder se quedarán con las manos sucias para siempre.

No es, pues, suficiente que unos ministros hayan dado un paso al costado. En principio, y respetando las decisiones presidenciales, la tarea impuesta resultó absolutamente imposible porque ni dependía ni depende de lo agencioso de unos funcionarios sino de lo impredecible de unos secuestradores criminales acostumbrados a imponer lo perverso de su ley. 

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