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28 de Diciembre del 2020
Ideas
Lectura: 4 minutos
28 de Diciembre del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Política de perversa fantasía?
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Cuesta reconocer que el país padece de una grave enfermedad política, social y sobre todo ética. Lo atestigua ese inconcebible número de candidatos a la presidencia de la República. Nunca antes se había vivido algo tan neciamente perverso. Tal vez como nunca antes la política se ha corrompido de tal manera.

¿Feliz año nuevo? La felicidad no consiste solamente en no tener sufrimiento alguno. Porque ello sería demasiado simple, demasiado lineal y estéril. La esperanza es fecunda, vivificante y azas compleja. La felicidad es como el árbol que no deja de florecer año tras año, luego de dar flores y que sus frutos hayan servido a los otros. Luego de la cosecha, parecería que el árbol está destinado a morir. Se lo ve lánguido e incluso seco. Pero luego llegan las lluvias y la vida reaparece como si surgiese de la nada.

Cuesta reconocer que el país padece de una grave enfermedad política, social y sobre todo ética. Lo atestigua ese inconcebible número de candidatos a la presidencia de la República. Nunca antes se había vivido algo tan neciamente perverso. Tal vez como nunca antes la política se ha corrompido de tal manera. 

Teóricamente, todos quienes cumplen las condiciones previstas estarían en su derecho de candidatizarse. Pero desde una posición práctica y ética, ese enjambre de candidatos da cuenta de que algo camina muy mal. Y no es difícil oler la podredumbre de los supuestamente políticos recientemente inaugurados para sacar provecho económico de un proceso social que debería ser tomado con mucha seriedad.

La seriedad política se llama ética. ¿Qué ética en un país no solo atravesado sino sostenido en la corrupción? Al pan, pan, y al vino, vino. Nuestro sistema político se halla profundamente corrompido. Verdad y honorabilidad son palabras vacías de significación en la boca de políticos recientemente inaugurados y en aquellos que cargan a sus espaldas un pérfido historial. 

Cuesta reconocer que el país padece de una grave enfermedad política, social y sobre todo ética. Lo atestigua ese inconcebible número de candidatos a la presidencia de la República.

Es cierto que la década del correísmo construyó una férrea ética del descaro, la mentira y el robo. Pero también hay que reconocer que, en algunos espacios del régimen actual, ellos mismos siguen presentes y actuando con el mayor descaro. En un sistema político éticamente coherente, imposible esa década del correato en a que los vivos se llevaron el país en andas. Sin esa década imposible la mediocridad que nos envuelve, sofocándonos hasta el límite de la sobrevivencia.

Jamás en la historia de nuestro tiempo se ha dado el actual fenómeno de casi dos decenas de candidatos a la presidencia. ¿Por qué? Tal vez porque se ve en la presidencia y en lo que ella incluye una estrategia para enriquecerse o para vengarse de enemigos reales e imaginarios. También hay quienes deliran con un país absolutamente nuevo y bueno que ellos sacarían de la nada con la varita mágica de su verborrea. 

Desde una huera arrogancia, todos ellos al unísono hablan de salvar a la patria de todos los males. Desde luego, burdamente ignoran que el bien y el mal deben convivir en la complejidad de la existencia social. ¿Por qué todos miran al país como un moribundo al que tan solo lo salvará la varita mágica de su infame verborrea? 

Lo único cierto es que el país no necesita salvadores de esa índole. Porque son justamente ellos los que lo han enfermado. Qué interesante sería que la mayoría de ciudadanos anulase su voto como signo de rebeldía. Tal vez solo así desaparecerían los redentores de plastigama. 

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