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27 de Octubre del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
27 de Octubre del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Política y violencia: ¿y el más allá simbólico?
Los desórdenes y abusos verbales en el olimpo del poder dan cuenta, primero, de que felizmente, no existe el bien en estado puro, y segundo que el mal no es sino la otra cara de ese bien disfrazado de absoluto e incuestionable. Ni ángeles ni demonios.

Una parte del país ha vivido una larga semana de escándalos a causa de los discursos de violencia producidos, fermentados y explotados en los altos espacios políticos en los que, según unos, deberían reinar la mansedumbre y la tolerancia, virtudes de los sabios, los honorables, los que, por el hecho de estar en el poder, deben controlar sus impulsos para demostrarse coherentes y sabios.

Por cierto, existen lugares sociales, como el de los altos poderes y funciones del Estado, en los que, casi como condición indispensable, deberían prevalecer la paz, la ecuanimidad, la sensatez sobre todos los otros afectos. Es decir, el imperio de la lógica del bien pensar, del bien hacer y del bien vivir. En esos espacios no cabría ni siquiera la posibilidad de que aparezca y menos aun de que germine la mala hierba de la violencia, de la envidia explicitada, el recurso al deseo de la muerte del otro.

Por cierto, expectativas y deseos mucho más míticos que reales. Sin embargo, es indispensable que el telón de fondo de nuestra cotidianidad se esté construido con mitos y creencias, con expectativas y esperanzas. Confiamos en que cada una de las circunstancias reinen la equidad, la justicia y una suficiente sabiduría como para que la cosa pública aparezca siempre honesta, real, creíble.

Mitología pura. Los mitos constituyen las mejores y más originales fuentes que dan cuenta de la realidad de la existencia humana. ¿Cómo es que aparecieron el dolor y la muerte, la violencia y la envidia en ese inmenso y perfecto paraíso creado por un ser mágicamente omnipotente y sabio? ¿Qué aconteció para que, de pronto, frente a un cielo absolutamente perfecto, morada de dios y habitado por ángeles, de pronto, aparezca el infierno del mal en su expresión más terrorífica? Cuando la mirada se dirige al otro lado del cuadro, se descubre, unas veces con pavor y otras con resignación, la verdad de que aquello que había aparecido como cierto, justo y verdadero no era más que un conjunto de estados de ánimo que hacen el cielo o el infierno.

Los desórdenes y abusos verbales en el olimpo del poder dan cuenta, primero, de que felizmente, no existe el bien en estado puro, y segundo que el mal no es sino la otra cara de ese bien disfrazado de absoluto e incuestionable. Ni ángeles ni demonios. Sencillamente seres humanos hecho de arcillas múltiples, fabricados con la mezcla de lenguajes inacabados, afines y contradictorios, veraces y farsantes, altruistas y egoístas a la vez. El mito dice que cuando el demiurgo vio que la pareja original había descubierto el bien y el mal, el placer y el gozo los castigó convirtiéndolos en mortales y que, además, confundió sus lenguajes para volverlos mentirosos, hipócritas, farsantes. ¿De qué otra manera se sostiene el poder absoluto sino mediante la amenaza, el castigo, la condena, y el don de convertir en cierto lo falso y el engaño en verdad?

Por otra parte, el poder incluye entre sus sentidos y de manera casi necesaria tanto la rivalidad como la envidad. De hecho, la rivalidad no es más que una forma de expresión de la envidia que lucha por atrapar para sí por lo menos una parte de los espacios de poder. Además, es necesario reconocer que buena parte del poder se sostiene en el constante apoderamiento de los territorios simbólicos, lingüísticos y éticos de los otros. Justamente por ello, la expresión más paradigmática del poder no consiste sino en su capacidad de eliminar al adversario acudiendo a cualquier estrategia, por más aberrante y criminal que pudiese ser.

En medio de esa bufonada, no faltaron los agenciosos amigos y lacayos listos para armar el escenario. También aparecieron otros que se propusieron como árbitros de la contienda y para la tarea fundamental de administrar los beneficios de la bufonada.

Aunque en los espacios del poder se pensase que el vencedor habría demostrado que era el poseedor de la vedad, ese pírrico triunfo tan solo daría cuenta de que hay quienes se consideran a sí mismos como tenedores y guardianes de la verdad a la que deben proteger a toda costa. La reiterada pregunta: ¿sabe alguien qué es la verdad? Si se tomase muy en serio esta pregunta, nadie se atrevería a apostar un pelo de su cabeza por la verdad de un enunciado.

Inofensivos exabruptos del poder. Sin embargo, no es bueno enseñar que la fuerza dirime ideas contrarias o posiciones políticas. Por el contrario, la fuerza y la violencia confunden los lenguajes e impiden, definitivamente, toda comprensión. Por ello es indispensable tener siempre presente el mundo de los lenguajes para que ahí y solo ahí se analicen las proposiciones por más adversas y opuestas que fuesen. Ni el presidente, ni el asambleísta ni nadie posee la verdad y, peor aun, toda la verdad. Cada uno posee a lo más partes de esa verdad que siempre se escapa como el agua entre los dedos.

Con esta clase de contiendas, se produce un serio desgaste en el valor de significación de la palabra que es sustituido por la violencia, la amenaza e incluso la muerte. En esa pequeña escaramuza, lo ciertamente peligroso fue el aparecimiento de quienes estuvieron listos para apadrinar un duelo absurdo. Padrinos ciertamente peligrosos porque, de no mediar la sensatez de otros, son capaces de echar gasolina a la llama de un fósforo porque, pirómanos como son, gozan al ver que el incendio producido destruye todo lo que encuentra a su paso.

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