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24 de Octubre del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
24 de Octubre del 2016
Santiago M. Zarria

Filósofo y catedrático universitario.

Políticos: La mafia del alma
El político es un individuo que padece complejo de inferioridad. La mentalidad política sufre una herida de inferioridad y el político continúa rascando su herida. La política no elimina este sentimiento, solamente lo oculta. El ego es tan sutil y escurridizo: ¿para qué esforzarse en demostrar superioridad a menos que padezca complejo de inferioridad?

Peter Sloterdijk, uno de los filósofos alemanes actuales más conocidos y polémicos, describió a Bhagwan Shree Rajneesh, “Osho”, en Experimentos con uno mismo y en El sol y la muerte: Investigaciones dialógicas, como el «Wittgenstein de la religión». Según Sloterdijk, a la mayoría de intelectuales alemanes y sobre todo a los profesores de filosofía no les interesa la cultura extraeuropea: reaccionan con desprecio y rechazan soberanamente los grandes sistemas que poseen otras culturas. Por ejemplo, el complejo sistema del pensamiento indú.

La apertura hacia esos planteamientos es inconcebible porque han optado por la comodidad que ofrece la razón occidental: la han aceptado, habituado y convertido en refugio de su moralidad y discur-civismo actual. Allí, cree Sloterdijk, que se sienten como en casa, cubiertos por su “propia arrogancia” y ese “falso sentimiento de superioridad”. «Es como si fuera poco filosófico preocuparse de estas cosas», como si el “simplista” sistema conceptual indio palideciera frente al “todo poderoso” sistema filosófico occidental.

Esto fue precisamente lo que criticó y por lo que Rajneesh abandonó la filosofía tradicional occidental, por la excesiva elaboración de conceptos que en vez de explicar, han entorpecido y complicado la comprensión de las cosas. Como la “metafísica” y su rol en las religiones históricas.

Esa es una razón por la que Rajneesh opta por la elaboración de planteamientos simples como en Sacerdotes y políticos: La mafia del alma (1988), en el que describe sendas críticas al político más no a lo político y lo hace con un lenguaje accesible. En ningún caso, se opone a lo político como una cuestión inherente al sentido comunitario del ser humano, sino al sujeto que realiza esta actividad y se ha desviado de los fines comunes por los privados. De esta manera, simplifica y vanaliza el carácter constitutivo de lo político y confunde la política con el campo de acción del sujeto político. Las proposiciones que emite contra este sujeto se pueden resumir como sigue:

P1: El político es un individuo que vive de mentiras y chantajes.
Su única cualidad es engañar a las masas y en países pobres pueden comprar sus votos. Son capaces de decir hermosas mentiras y también mentiras tranquilizadoras, con la única finalidad de conseguir el voto. Cuando llegan al poder, se olvidan lo que son; es decir, servidores del pueblo y empiezan a comportarse como sus amos, (p. 11, 35).

P2: El político es una persona que vive del escándalo.
Vive creando alborotos y se alimenta del disturbio. Estos son sus alimentos (p.12).

P3: El político es un individuo que intenta por todos los medios mantener al pueblo con miedo (p.12). 
En el miedo del pueblo está su poder. Cuanto más lo asustan, más poderosos son. Crean ficciones dentro y fuera del país. Quieren que el pueblo luche por cualquier cosa, incluso por la más trivial. Cuando la gente tiene miedo está dispuesta a seguir a los políticos y es más fácil convertirlos en esclavos (p. 13). 

P4: El político es un sujeto violento y corrupto.
Cuando el poder cae en sus manos, todos los perros dormidos empiezan a ladrar. El poder se convierte en su alimento y expone su corrupción. Cuando la bestia ha despertado y dominado al individuo, actividad que se produce mientras se entrega a la seducción del poder, su “humanidad” va desapareciendo. El poder en sí, es neutral, dependerá de la que persona que tenga o participe del poder para observar los efectos. (p. 47).  

P5: El político es una persona psicológicamente enferma por el poder.
El sujeto-político no del tipo aristotélico; es decir, el zóon politikon, sino el individuo que ocupa un cargo político. El deseo de poder y dominio surge solamente en una mente enferma. (p.10,51).  

P6: El político es un individuo que padece complejo de inferioridad.
La mentalidad política sufre una herida de inferioridad y el político continúa rascando su herida. La política no elimina este sentimiento, solamente lo oculta. El ego es tan sutil y escurridizo: ¿para qué esforzarse en demostrar superioridad a menos que padezca complejo de inferioridad? (p. 52). 

P7: El político es un sujeto que se ubica en la clase más baja en lo que a consciencia se refiere.
Son astutos, hábiles y además mezquinos y hacen todo el esfuerzo que esté a su alcance con una sola meta, cómo ser más poderosos (p. 78).

La hipótesis de que el poder no ha corrompido al sujeto político porque que ellos lo eran en sí mismos, sino que lo único que ha hecho es actualizar su corrupción, es demasiado ambiciosa, pues no logra construir un argumento sólido y resulta fácilmente contrastable, además de ser extremadamente pesimista, por momentos distorsionada e incluso superficial la percepción que tiene del político como actor político. Estas ideas, contrastadas con el político y la política weberiana o con lo político y la política schmittiana, se desvanecen. La generalización apresurada es una falacia y la incontinencia verbal es el camino más fácil y seguro hacia los errores del razonamiento. Sin embargo, la crítica es acertada porque cumple con su propósito: presentar un texto básico, sin la estructura conceptual rígida y cuidadosa que se espera de un ensayo científico.

Aunque a Rajneesh no le interese lo que pueda decir la academia sobre sus ideas, rechace la formalidad y el estilo propuesto por la filosofía tradicional y que su concepción de sabiduría sea contraria a la definición clásica de filosofía y que proponga la filosia; es decir, el «amor por la experiencia», no justifica que un texto por más simple que sea, carezca de fuentes confiables en las cuales las proposiciones puedan sustentarse y que además conduzcan al lector a reforzar, rechazar o reformular sus presupuestos mediante argumentos sólidos y no mediante la movilización de los sentimientos contra los políticos por el hecho de ser sujetos-políticos. Hacer esto es caer en el blando terreno de la subjetividad emocional y es el camino más rápido para evadir el peso que demanda la construcción de una consistente argumentación.

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