Catastrófico. No de otra manera puede calificarse a la situación de la educación en el Ecuador. En la última evaluación internacional ocupamos los últimos lugares a nivel regional. Y eso que todavía no se conocen a fondo los impactos de la pandemia de Covid-19. Exhibimos bajísimos niveles de comprensión lectora y de aprendizaje en matemática. Según la exministra María Brown, siete de cada diez niños que estudian no aprenden nada.
La situación empeora si pensamos que en 20 o 30 años esos niños serán quienes gobiernen el país. Terrible futuro. Y como para anticipar el futuro –según las leyes de la Historia e inclusive de la Física– es imprescindible hurgar en el pasado, toca preguntarse desde cuándo padecemos esta deficiencia. Deben ser al menos tres o cuatro décadas; de otro modo no se explica la calidad de asambleístas que tenemos.
Si se aplicara la prueba de evaluación educativa al actual cuerpo legislativo los resultados serían, a no dudarlo, terroríficos. Como para apagar la luz y cerrar el país. Apostaría cualquiera cosa a que se pueden contar con los dedos de una mano los y las asambleístas que puedan redactar –sin echar mano de un dispositivo electrónico o de un asesor– un texto de una carilla sin faltas de ortografía, errores gramaticales o deficiencias sintácticas; ni qué decir de un mínimo aceptable de semántica. Aquello que en quinto grado de primaria se designaba con el incomprensible nombre –para un estudiante imberbe– de composición; una habilidad que únicamente se desarrolla con la lectura.
En su descargo, los y las aludidas podrían argumentar que la Asamblea Nacional no necesita de poetas y escritores, sino de políticos y técnicos que conozcan y entiendan los graves problemas que enfrenta la sociedad ecuatoriana. Es cierto; pero también para eso se requiere de lógica y de ideas estructuradas, y no de un caudal desordenado e inconexo de datos y percepciones. Como en TikTok.
La situación no es para nada intrascendente, sobre todo cuando en todo el planeta se está desarrollando un vehemente debate a propósito de la irrupción arrolladora de la inteligencia artificial. Los fanáticos de la ciber tecnología están convencidos de que los algoritmos van a reemplazar a los procesos de razonamiento de los seres humanos. Hay profesiones –sostienen– condenadas a la extinción; entre ellas, la de los políticos. Programas informáticos más ágiles, más exactos y con una infinita capacidad de procesamiento de datos ocuparán su lugar.
La propuesta luce tan peligrosa como descabellada, sobre todo porque obvia factores como la historia y la cultura en la construcción de los procesos políticos. Pero si nuestra clase política continúa haciendo méritos para ser desechada, no sería raro que termine sustituida por una tablet.
