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7 de Junio del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
7 de Junio del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Porque no se equivocan
Parapetado en la tragedia del terremoto y tocando las fibras de la solidaridad, el poder acaba de subir de manera considerable el impuesto al valor agregado. ¿Cuánto dinero se va a recaudar? No se entiende para qué volver a las incongruencias financieras, como dicen los entendidos, de incrementar impuestos justo en un momento de crisis económica, cuando los datos denuncian que crece sin cesar el índice del desempleo mientras baja el consumo.

Según los entendidos, contra toda lógica se incrementaron desmesuradamente los impuestos y se encareció la vida en especial la de los más pobres, de esa gran población que subsiste rozando siempre el límite inferior de la vida, que habitan apenas en la huella de lo que implicaría la satisfacción de las necesidades, el cumplimiento mínimo de los deseos. Esos pobres, carne de cañón de las injusticias sociales y objeto perversamente manipulado en los desbarajustes económicos. A estos pobres se les sigue ofreciendo la bienaventuranza pero luego de la muerte. Infamias del poder desde que existe historia.

Se sabe que las arcas fiscales no solamente que se hallan vacías sino que incluso se han desfondado, desde hace mucho tiempo, como efecto de gastos innecesarios e incluso suntuosos. Como dicen los entendidos, la plata del país no está en las carreteras, en los puentes, en las centrales hidroeléctricas. No, porque esas obras se habrían realizado con créditos que serán cancelados a largo plazo. En consecuencia, se trataría de una inmensa deuda pública de la que se hará cargo el nuevo gobierno al que se le entregarán las arcas del país llenas de deudas, algunas seguramente apremiantes.

Parapetado en la tragedia del terremoto y tocando las fibras de la solidaridad, el poder acaba de subir de manera considerable el impuesto al valor agregado. ¿Cuánto dinero se va a recaudar? No se entiende para qué volver a las incongruencias financieras, como dicen los entendidos, de incrementar impuestos justo en un momento de crisis económica, cuando los datos denuncian que crece sin cesar el índice del desempleo mientras baja el consumo. Los economistas del gobierno no discuten sobre estos temas porque su película es más clara que el agua. Lo peor que le puede acontecer a un país es que sus autoridades no reconozcan sus errores y no los rectifiquen a tiempo. Hay serviles que aceptan sin pestañear el principio de la infalibilidad del amo. La infalibilidad endiosa a los carentes de razones. Para qué recordar que aquellos convencidos de que siempre dicen toda la verdad suelen estar muy equivocados.

Los peores políticos serían aquellos que de tal manera se han convencido de poseer tantos y tan profundos saberes sobre toda materia que ni siquiera aceptan la posibilidad de equivocarse. Sin embargo, nadie explica son sensatez los descalabros económicos del país, la tozuda resistencia al ahorro. La política se ha convertido más en asunto de discursos y de proclamas que en la producción de ideas y proyectos. De tal manera el poder se escucha a sí mismo que finalmente ha terminado negando la capacidad ideativa y creativa de los otros. Hay países que han quedado en soletas luego de gobiernos en los que primaron la palabrería y propuestas descabelladas presentadas en papel navideño.

Es bueno pensar en el considerable desarrollo de no pocos países que no han estado en manos de economistas sino de políticos serios que, sin duda alguna, se dejan asesorar por economistas igualmente serios. La seriedad en el manejo público rechaza toda idea de infalibilidad.

Desde el poder, ni siquiera se disimula su afán de sacar rédito político del complejo y múltiple acontecer nacional, como del terremoto, por ejemplo. Ubicados los gobernantes en una tarima maniquea, tratan de llevar el agua a su molino. Desde allí se enfrentan las catástrofes naturales y sociales y se plantean las soluciones.

En lugar de fomentar el desarrollo, se hace todo lo posible para detenerlo mediante leyes y políticas que desaceleran las iniciativas personales y grupales. Parecería que nunca ni siquiera se leyó la historia de los movimientos sociales y su influencia de los procesos de desarrollo del país. Por el contrario, hubo una propuesta clara de anularlos. Todos los que se declaran salvadores parten de la negación del pasado en el que solo encuentran maldad e ignorancia. Con el poder omnímodo en la mano y para fortalecer su idea redentora, se ha hecho tabula rasa de la historia. La conclusión ha sido clara y terminante: antes de ellos el mal, el caos y la perdición. Con ellos la salvación. ¿Habrá alguien leído una historia crítica de la Revolución Francesa? Los revolucionarios terminaron repitiendo con creces todos los males que combatieron. El poder, cuando no se sostiene en la ética y en el respeto a los otros, se pervierte inevitablemente. 

¿Cómo no entender que el principio de la herencia es un determinante del desarrollo de los pueblos? Se necesita una ceguera crónicamente manipulada o un desconocimiento fatal para tratar de reducir al mínimo hasta casi eliminarla en las personas que heredan industrias, negocios, bienes de capital. O ahí existe un fatal desconocimiento de los procesos sociales, o un necio y perverso intento de hundir al país en el caos y en el subdesarrollo. La historia ya comprobó con saciedad la vacuidad y hasta la perversión del pensamiento único y también del intento de hacer del Estado el padre y la madre de todos.

Sin embargo, es indispensable no caer en la trampa de plantear discusiones teóricas porque por ahí no va el asunto. Al poder le importan un comino las teorías y sus discusiones. Pensar que allí pudiese darse la apertura para diálogos teóricos sería como pedir peras al olmo. Eso no va en ese grupo cuyo único interés real consiste en la posesión del poder, ese poder fatídicamente fáctico y socialmente universal. ¿No acaba de afirmar el vicepresidente que se ha logrado colocar al país como una potencia mundial? Con esta sonora afirmación, lo demás redunda. Por eso, cuando alguien se permite teorizar y propone alternativas, recibe desprecio y burla.

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