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22 de Marzo del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
22 de Marzo del 2017
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

“Prefiero un banquero a un dictador”
Los llamados intelectuales cuya profesión “revolucionaria” los vuelve dependientes de dos amos, el capitalismo y el poder, simulan situarse al margen de la explotación, a la que retóricamente combaten, y endilgan sus propias ilusiones de grandeza a los burgueses de “carne y hueso”. Hay, sin embargo, una diferencia; éstos no ocultan su identidad de clase. Los otros, sus detractores —no obstante adolecer de sentimientos burgueses— se disfrazan de revolucionarios para seguir gozando de las prebendas del poder y de su vergonzante inserción en el mercado.

Carlos Pérez Guartambel dio con la expresión del título de este artículo una lección de lucidez política. Su juicio coincide con el del colectivo de Unidad Popular y de Cauce Democrático. Desde distintas perspectivas ideológicas se abre paso la tesis de rescatar la democracia como el espacio idóneo para ventilar las diferencias y discrepancias propias de una colectividad libre. Durante estos diez años la libertad de pensamiento fue aherrojada con el pretexto de una revolución que redimiría a los pobres de su condición de marginación. El costo de esta apuesta terminó siendo muy alta, pues la pobreza no ha sido reducida, y más bien se ha acentuado con la pérdida de las libertades.

Respecto de los profesionales, intelectuales y artistas modernos, Marx los definió como “trabajadores asalariados…no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital. Estos obreros, obligados a venderse al detalle, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, sujeta, por tanto, a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado”. No son una excepción los profesionales que encontraron trabajo en la “revolución ciudadana”. Su radicalismo, como lo describe Marx, no logra atenuar su sujeción al mercado. “Hasta las ideas más subversivas debían manifestarse a través de los medios del mercado”. Y sin embargo vociferan contra el mercado. Esta condición estructural se agrava y profundiza cuando esos intelectuales llegan al poder. El “mercado de las ideas radicales” se ve potenciado cuando sus beneficiarios detentan el poder y acrecientan su patrimonio personal y familiar. “Esto significa —dice Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire— que los hombres, mujeres y movimientos que proclaman su enemistad con el capitalismo podrán ser justamente la clase de estimulantes que necesita el capitalismo”.

Los llamados intelectuales cuya profesión “revolucionaria” los vuelve dependientes de dos amos, el capitalismo y el poder, simulan situarse al margen de la explotación, a la que retóricamente combaten, y endilgan sus propias ilusiones de grandeza a los burgueses de “carne y hueso”. Hay, sin embargo, una diferencia; éstos no ocultan su identidad de clase. Los otros, sus detractores —no obstante adolecer de sentimientos burgueses— se disfrazan de revolucionarios para seguir gozando de las prebendas del poder y de su vergonzante inserción en el mercado. Diez años de revolución ciudadana confirman la previsión de Marx: “La sociedad burguesa, mediante su impulso insaciable de destrucción y desarrollo, y su necesidad de satisfacer las necesidades insaciables que crea, produce inevitablemente ideas y movimientos radicales que aspiran a destruirla. Pero su misma capacidad de desarrollo le permite negar sus propias negaciones internas: nutrirse y prosperar gracias a la oposición, hacerse más fuerte en medio de las presiones y crisis de lo que podría serlo jamás en tiempos de calma, transformar la enemistad en intimidad y a los atacantes en aliados que ignoran que lo son”.

No es casual, entonces, que en la actual coyuntura la “solidez” de una revolución que apostó a las carreteras, los proyectos hidroeléctricos, las escuelas del milenio, los hospitales, al poder total, la obesidad del estado, se desvanezca en la dinámica del “activismo burgués”. Sus líderes no entendieron que “hasta las construcciones burguesas más hermosas e impresionantes, y las obras públicas, son desechables”. La verdadera proeza del capitalismo elogiada por Marx no reside en la construcción sino en la “autodestrucción innovadora”. O sea, tal proeza reside en la “audacia y energía revolucionaria de la burguesía, su creatividad dinámica, su encanto y su aventurerismo, su capacidad de hacer que los hombres y mujeres se sientan no sólo más cómodos sino más vivos”.

Y paradójicamente es ese dinamismo desatado por el capitalismo el que constituye la mayor amenaza para el movimiento comunista. Si éste llegara a triunfar ¿cómo evitaría que las fuerzas sociales que han hecho desvanecerse al capitalismo hagan lo propio con el comunismo? La debacle del socialismo real, de la ex URRS, la caída del Muro de Berlín, demuestran el acierto de esta predicción. Igual el fracaso de los llamados gobiernos del socialismo del siglo XXI. Concluye Berman: “Un gobierno comunista podría tratar de poner compuertas a la marea imponiendo restricciones radicales no solamente a las actividades y empresas económicas ( todos los gobiernos socialistas lo han hecho, lo mismo que todos los Estados capitalistas del bienestar), sino también a la expresión cultural, política y personal”.

Tampoco es casual que tal aberración provoque la unidad de burgueses y proletarios en la cruzada por romper las amarras a la creatividad social y a una democracia viva que devuelva a la sociedad su capacidad de autodeterminarse. Será en esa dinamia que el país podrá encausar sus grandes idearios a través del diálogo, de la "acción comunicativa orientada el entendimiento”(Habermas) y no con la imposición de dogmas que representan una traición “a la aspiración marxista de un libre desarrollo para todos y cada uno”.

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