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19 de Octubre del 2014
Ideas
Lectura: 7 minutos
19 de Octubre del 2014
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

Premio Nobel al derecho a la educación. ¿Se enteraron en Ecuador?
A propósito de la premiación, el mundo ha podido recordar algunas cifras sobre la situación de millones de niños excluidos de la educación y del derecho a vivir su infancia. Según las Naciones Unidas, un total de 57 millones de niños en edad escolar no va a la escuela. De ellos, el 52% son niñas. Pese a los números, luchas como las de Malala y Kaliash se revelan fructíferas.

Cuando Malala Yousafza y Kaliash Satyarth fueron galardonados con el premio Nobel de la Paz sus causas en favor del derecho a la educación de la niñez fueron las triunfadoras.

Malala, la joven paquistaní de 17 años, cambió su proyecto de vida cuando hace un par de años los talibanes intentaron asesinarla, mientras viajaba en el bus colegial. Antes del atentado pensaba estudiar medicina. Hoy planea convertirse en política. Suerte para la política que ganará en sus filas a una persona íntegra, luchadora  y con carisma.

La historia de Kaliash, oriundo de la India, también es emblemática.  Hasta hace unos años ejerció como ingeniero electrónico pero cambió su profesión por una misión: rescatar de la esclavitud a los niños de la  India. Su organización ha logrado rehabilitar a 67 mil niños, antiguos esclavos. Su lucha se dirige a garantizar el derecho de los niños a estudiar, mediante la erradicación del trabajo infantil en actividades industriales, en las multinacionales, en el servicio doméstico y en la producción de balones de fútbol.
Malala y Kaliash simbolizan, además, la posibilidad de la paz entre sus países originarios, enfrentados en guerra desde hace tiempo.

A propósito de la premiación, el mundo ha podido recordar algunas cifras sobre la situación de millones de niños excluidos de la educación y del derecho a vivir su infancia. Según las Naciones Unidas, un total de 57 millones de niños en edad escolar no va a la escuela. De ellos, el 52% son niñas. Pese a los números, luchas como las de Malala y Kaliash se revelan fructíferas.

El presidente del comité Nobel noruego, Thorbjoern Jagland, destacó que entre 2000 y 2014 se ha reducido el número de niños trabajadores en 78 millones. Pero, claro, los dígitos siguen siendo enormes: 168 millones de niños aún trabajan en el globo y no estudian.

Ambos ganadores son conscientes del impacto de la erradicación del trabajo infantil y de la eliminación del analfabetismo en la lucha para reducir la pobreza y desincentivar el terrorismo. “Nuestros libros y nuestros lápices son nuestras mejores armas", declaró Malala el año pasado, en las Naciones Unidas.

A su vez, Kaliash considera que la esclavitud y el analfabetismo son dos caras de la misma moneda. Quizá lo asegura pues en su país un 20% de niños no va a la escuela. Y un niño puede ser vendido por sus familiares, como esclavo, por una suma de entre 10 y cien dólares. Más barato que un animal.

No solo Malala y Kaliash conocen el poder del estudio, y de todo lo que ello entraña. Los terroristas también están al tanto de ello. 

"Personajes como Malala deberían saber que no nos disuadirá la propaganda (de los infieles). Hemos preparado cuchillos afilados y brillantes para el enemigo del Islam", escribió en Twitter un activista talibán, según informaciones de la prensa internacional. Ellos saben que el premio a Malala incentivará a los padres de familia de Paquistán a enviar a sus hijas a clases.

Siempre recuerdo las palabras de Federico Mayor cuando dirigía la UNESCO. Sostenía que la pobreza no solo es de bienes materiales. También hay pobreza de ideales, de anhelos, de esperanzas. Y esta pobreza simbólica se supera con educación, en especial con la básica, no la de postgrado. Por ello es tan liberadora la educación y son tan variadas, así mismo, las formas de oponerse a ella.

De ello también se dan cuenta los policías y delincuentes organizados en México, que asesinaron y desaparecieron a estudiantes el pasado 26 de setiembre, en el estado de Guerrero. Con tal crimen pretenden que la comunidad crea que no tiene otro futuro que trabajar para los malhechores. Esperan restringir toda posibilidad de opción, para algo que no sea la violencia. “Ellos quieren nuestra pasividad, y que pensemos que nuestro destino está en sus manos. Aspiran a que nos pongamos a su servicio”, afirmaba uno de los voceros de las familias afectados. De allí lo terrible que ninguno de los poderes del estado mexicano haya dado una respuesta no solo a esos padres desesperados, sino a la sociedad en su conjunto.

Frente a ello el mensaje de Malala a todo niño y joven que perciba afectado su derecho a estudiar se torna global: “¡defiendan sus derechos!, ¡no se callen!, ¡hablen en voz alta!”. La unidad ensancha una lucha y potencia los esfuerzos.

También hay formas menos evidentes para oponerse a la educación, aunque se gaste mucho en construir locales o en distribuir artefactos y cables. Acusar a estudiantes de terroristas por protestar es otra forma de afectar su derecho a la educación. Y acosarlos por resistirse, también.

Guardando las distancias, así lo sienten los padres de familia de los 110 estudiantes ecuatorianos, a quienes las autoridades gubernamentales pretenden escarmentar. No entienden por qué se ensañan en fastidiarles su vida, y en dificultar sus estudios. ¿Qué significa castigarlos con la prohibición de ingresar a su colegio –al Mejía, entre otros- y permitirles su asistencia solo un día a la semana para entregar tareas y recibir instrucciones para otros deberes? ¿No hablan tanto, los responsables de la educación en Ecuador, del enorme valor del “trabajo colaborativo” en la educación? ¿Derecho a la educación vigente en Ecuador?
La sanción a los del Mejía, Montúfar, Montalvo, Miguel de Santiago, Sucre, Teodoro Gómez de la Torre, Olmedo y Bolívar aparece como una  severa reprimenda para que permanezcan callados, silenciados, quietos... Y se presenta como un ejemplo de “represión blanda”, parafraseando aquello del “golpe de estado blando”, o un acoso de “baja intensidad”.

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