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14 de Septiembre del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
14 de Septiembre del 2020
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

Presidenciables finalistas
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El empeño en la ausencia del electorado centroizquierdista es una negación en la que inútilmente se empeña el consenso de la derecha. La realidad demuestra que habría cuatro candidatos en la cúspide de las preferencias electorales: un izquierdista moderado, un extremo izquierdista, un populista reaccionario y un conservador.

La derecha quiere convencer que habrá sólo tres candidaturas viables a la presidencia en 2021. Así busca emerger Guillermo Lasso como el mejor frente a dos opciones de la extrema izquierda. Pero su cálculo es errado. Intentan esconder la cuarta opción en la centroizquierda, competir con una extrema izquierda fracturada y escoger a su contrincante como en las presidenciales de 1996.

Con la coalición entre el PSC y CREO se reeditan los cuatro acuerdos entre partidos de derecha desde el retorno a la democracia. Así se desmonta la ficción de que este último es un acuerdo inédito que, por el contrario, es recurrente.

En 1978, el Frente Nacional Constitucionalista, liderado por el PSC y el Partido Conservador Ecuatoriano (PCE), impulsó la candidatura presidencial de Sixto Durán Ballén que la disputó y perdió en la segunda vuelta frente a Jaime Roldós de la coalición CFP-DP.

En 1984, el Frente de Reconstrucción Nacional, liderado por el PSC, el PCE y el Partido Liberal Radical Ecuatoriano, promovió a León Febres Cordero que consiguió la presidencia, disputando el balotaje frente a Rodrigo Borja de la alianza ID-PCD.

En 1988, el PSC y el PCE se unieron otra vez para apoyar a Sixto Durán Ballén que quedó en tercer lugar.

En 1992, se produjo una división del PSC en dos: una parte se constituyó como Partido Unidad Republicana para apoyar a Sixto Durán Ballén en coalición con el PCE, antiguo socio del PSC; la otra parte se quedó para apoyar en solitario a Jaime Nebot. Durán Ballén se impuso en la segunda vuelta presidencial. Esta fue la única vez que dos socialcristianos disputaron un balotaje. Desde entonces, nunca más se unió la derecha, hasta hace poco.

En este nuevo consenso entre el PSC y CREO se reúne a sectores conservadores, librecambistas y democristianos, lo que los separa de la actual coyuntura de crisis sanitaria que reclama un rol más activo del Estado en la salud pública, en la gestión y promoción del crédito productivo, en la reactivación de la economía y en el estímulo a la generación de empleos. Inclusive se aleja del creciente voto joven que encuentra un lugar en las izquierdas posmodernas. El consenso de derecha se aleja del voto centrista que reclama políticas públicas propias de un Estado de Bienestar y defendidas por las propuestas socialdemócratas. Eso sería muy difícil de impostar a última hora.

La realidad demuestra que habría cuatro candidatos en la cúspide de las preferencias electorales: un izquierdista moderado, un extremo izquierdista, un populista reaccionario y un conservador.

Como a esta nueva derecha le cuesta acercarse al voto centroizquierdista de la clases media y popular, entonces intenta negar la existencia de este tipo de votante y de su identidad con ese tipo de opción electoral. Así es como recurre a la maniobra publicitaria que forzó la derrota de Jaime Nebot en las presidenciales de 1996 frente a Abdalá Bucaram. En la ocasión se creyó que sería más fácil ganar el balotaje a un populista que a un socialdemócrata. Entonces, se facilitó el retorno de Bucaram desde Panamá para que dividiera el voto de la tendencia, después el electorado centrista efectivamente se fraccionó entre Freddy Elhers y Rodrigo Paz, pero finalmente la derecha resultó derrotada en el balotaje. ¿Guillermo Lasso impulsará a Andrés Arauz por apostar otra vez en la polarización?

La candidatura de Arauz sufre un constante deterioro. Cualquier candidato correista arrastraría lo que en la estadística se denomina como distribución normal que no es otra cosa que el último tramo de caída en la campana que se forma desde el aparecimiento, posterior auge y actual derrumbe de la revolución ciudadana en las elecciones. Lo dicen los números: en 2006 consiguió el 23% en la primera vuelta presidencial, en 2009 el 52%, en 2013 el 57%, en 2017 el 39%. Ahí empezó la caída que coincide con  el derrumbe de los precios del petróleo. Con esa caída les quedará el espacio del voto populista histórico. Aunque eso pudo ser posible solamente con un Rafael Correa compitiendo en la papeleta. En estas circunstancias, con un Correa proscrito, la candidatura de Arauz está destinada al desengaño.

Yaku Pérez continúa siendo una apuesta interesante del movimiento indígena, que después de su nominación ya luce debilitado. Esto se debe a que los sectores mariateguistas más radicales del indigenismo no lo apoyarán como tampoco al candidato del correismo. Lo mismo podría pasar con los votantes de las clases medias y populares que repudiaron la destrucción de Quito así como los atentados sufridos a la propiedad pública y privada perpetrados por los focos de violencia extrema durante las protestas de octubre a nivel nacional.

El empeño en la ausencia del electorado centroizquierdista es una negación en la que inútilmente se empeña el consenso de la derecha.

La realidad demuestra que habría cuatro candidatos en la cúspide de las preferencias electorales: un izquierdista moderado, un extremo izquierdista, un populista reaccionario y un conservador. 

@ghidalgoandrade

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