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25 de Julio del 2022
Ideas
Lectura: 9 minutos
25 de Julio del 2022
Rubén Darío Buitrón
Presidente, ¿en serio su gobierno es ingenuo?
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¿Es honesto un líder político que llega a convertirse en presidente de la República con un discurso que hace énfasis en lo social y que, cuando ejerce el poder, olvida ese énfasis y privilegia las cifras macroeconómicas por sobre cualquier urgencia o necesidad de las grandes mayorías?

Lo he escuchado tantas veces en las últimas semanas que ya se ha vuelto un lugar común. En sus distintas apariciones públicas, el presidente Guillermo Lasso intenta convencernos de que es preferible un “gobierno ingenuo” a un gobierno experimentado que, en la lógica oficialista y por oposición semántica, debería traducirse como “corrupto”.

Pero, en realidad, se trata de un perverso juego de palabras.

Se trata de un malabarismo verbal que se volvió un boomerang cuando a los pocos días de un ostentoso lanzamiento marquetinero —no comunicacional— del “plan nacional anticorrupción” estalla el escándalo alrededor del consejero presidencial Juan José Pons (expresidente del Congreso Nacional), por presunto tráfico de influencias y trámites para entregar puestos de trabajo.

No hablaré aquí de Pons, vinculado al trágico gobierno de Jamil Mahuad y en el cual participó el actual mandatario.

Tampoco me referiré a las palabras de Lasso cuando hablaba de que a Pons lo ha conocido de toda la vida, pues “iba a estudiar a la casa porque era compañero de mi hermano”. En otras palabras, un amigo del alma.

Y tampoco expresaré mi opinión sobre la actitud de los mal llamados “grandes medios” que han tratado la noticia de Pons con perfil bajo, casi como un susurro, como intentando que la noticia —terrible noticia— no tenga impacto en las audiencias ni en la opinión pública.

En la columna de hoy solo quiero expresarme en relación con el concepto de ingenuidad que intenta posicionar el gobierno lassista.

Veamos, entonces.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE), una persona ingenua es “sincera, candorosa y sin doblez y que actúa sin tener en cuenta la posible maldad de una persona o la complejidad de una situación”.

El adjetivo “ingenuo”, en cambio, “implica o denota ingenuidad”. Y la RAE pone un ejemplo: "su rostro tiene una bella e ingenua expresión estúpida".

Si trasladamos la definición académica al gobierno lassista, deberíamos acreditarle que es un régimen “sincero, candoroso y sin doblez y que actúa sin tener en cuenta la posible maldad de una persona o la complejidad de una situación”.

Terrible. ¿Cómo un gobierno podría no tener en cuenta la complejidad de una situación en un país donde cada semana vivimos al borde de un ataque de nervios?

Debatible. ¿En serio el lassismo es “sincero, candoroso y sin doblez”?

Absurdo. ¿El régimen actúa sin tener en cuenta “la posible maldad de una persona”?

Desglosado el concepto de “ingenuo”, es importante evidenciar que no cabe como adjetivo para juntar, en el caso que nos ocupa, a la palabra gobierno.

Sin embargo, hay más hilo como para extendernos en esta reflexión.

Si Guillermo Lasso o sus asesores pretenden hacernos creer que el antónimo de “corrupto” es “ingenuo”, la RAE es contundente: el antónimo de “corrupto” es “virtuoso” (que tiene virtudes) y, también, “honesto” (condición de honestidad).

Por lo tanto, cuando el jefe de Estado trata de justificar sus errores —sus grandes errores y sus evidentes omisiones— en la conducción del país, debería decir que prefiere que lo llamen virtuoso u honesto.

En esa misma línea de sentidos, si el actual régimen no es corrupto, debería ser virtuoso, debería ser honesto.

Al dividir al país entre corruptos y honestos, en una generalización tan peligrosa como irresponsable, habría que hacer un análisis muy profundo de lo que significan esos dos términos lingüísticos y sería necesario que lo maneje una organización independiente o un politólogo equilibrado, transparente y justo.

Mientras no sea así, nos corresponde asumir el desafío de reflexionar en torno a las dos palabras puestas sobre la mesa de las discusiones.

No hace falta extenderse en lo que implica ser corrupto. Si hablamos del poder político, a lo largo de la existencia de la república hemos sido testigos de cómo se han festinado los fondos públicos y cómo muchos funcionarios de los gobiernos de turno han pasado a engrosar la exclusiva lista de los nuevos ricos del país.

Aunque es necesario precisar que esta afirmación puede ser injusta o desproporcionada en ciertos casos (en poquísimos casos), la línea de conducta del conjunto de los regímenes ha sido esa, por acción o por omisión, por protagonismo o por complicidad.

¿Es honesto un líder político que llega a convertirse en presidente de la República con un discurso que hace énfasis en lo social y que, cuando ejerce el poder, olvida ese énfasis y privilegia las cifras macroeconómicas por sobre cualquier urgencia o necesidad de las grandes mayorías?

Pero ya que el presidente Lasso ha torcido el concepto de ingenuo y, en otras palabras, lo que en realidad quiere decir es que su gobierno es honesto en oposición a otros que han dejado huellas oscuras en la administración del Estado, es imperativo plantear algunas preguntas para enriquecer el debate.

¿Es honesto un líder político que no cumple lo que prometió en su campaña electoral, por ejemplo más empleo, más vivienda, más seguridad ciudadana, más atención médica de calidad, más educación pública de altura, más tolerancia con la crítica, más respeto a la libertad de expresión?

¿Es honesto un líder político que llega a convertirse en presidente de la República con un discurso que hace énfasis en lo social y que, cuando ejerce el poder, olvida ese énfasis y privilegia las cifras macroeconómicas por sobre cualquier urgencia o necesidad de las grandes mayorías?

¿Es honesto un líder político que en su campaña repite la muletilla de que gobernará “con los mejores hombres y mujeres del país” y que, al convertirse en mandatario, elige como ministros y asesores a sus amigos, a sus discípulos y a los recomendados?

¿Es honesto un líder político que ofrece obra pública para los sectores abandonados y que durante su primer año en Carondelet no inaugura ni siquiera una acera o un bordillo de una esquina cualquiera en algún pueblo cualquiera?

¿Es honesto un líder político que fabrica un movimiento a su medida para llegar al poder y que, cuando se sienta en el sillón presidencial, muestra que durante los largos años que luchó para llegar a la máxima representación política del país no se preparó en temas tan obvios como la administración pública o la gobernabilidad o las estrategias para escuchar y acercarse a los demás?

¿Es honesto un líder político que aparenta no tener ninguna experiencia en el manejo del sector público cuando ha sido superministro del gobierno que se entregó a la banca y dolarizó la economía del país, cuando ha sido gobernador del Guayas en otro régimen y cuando ha sido asesor de un régimen al cual el pueblo lo sacó del poder?

¿Es honesto un líder político que se autodenomina “ingenuo” cuando es capaz de levantar y sostener un banco privado para lo cual se necesita ser sagaz, hábil, astuto, visionario, duro, implacable, suspicaz, desalmado y muchos otros adjetivos que nada tienen que ver con la ingenuidad?

No, no se trata de asumir la posición de víctima y justificar con ligereza las escasas o ningunas iniciativas para atender los problemas y las necesidades de los ciudadanos.

Tampoco se trata de compararse con el pasado y, por falta de gestión pública, hacer que aquel pasado se mantenga vigente en la memoria de los ecuatorianos.

El presidente Lasso necesita asesores políticos y comunicadores que hayan consultado el diccionario de la RAE.

Y, claro, después de que nos hemos enterado del caso Pons, también le urge rodearse de gente que no le aconseje escupir al cielo.

[PANAL DE IDEAS]

Pablo Piedra Vivar
Mariana Neira
Carlos Arcos Cabrera
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Andrés Quishpe
Alfredo Espinosa Rodríguez
Giovanni Carrión Cevallos
Fernando López Milán
Rubén Darío Buitrón
Patricio Moncayo

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