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19 de Febrero del 2018
Ideas
Lectura: 5 minutos
19 de Febrero del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Presidente ¿y la herencia de corrupción?
Correa construyó un arduo sistema de complicidades para que su década sea ciertamente la mejor de las décadas en la que ganaron a manos llenas los ladrones de corbata y con títulos y con cargos de alta responsabilidad administrativa y que gozaban de la protección verborreica y furibunda de un presidente igualmente culpable por complicidad y encubrimiento.

La corrupción constituye una de las realidades más espantosas que ha vivido el país durante la década perdida del correato. De las investigaciones que dan cuenta los medios de comunicación, casi solo ellos, cada día se torna más evidente que en esa década el país vivió posiblemente la feria más infame e inmensa de la pérdida de la conciencia social, de la honorabilidad, de la verdad, de la justicia en los espacios del poder. Como seguramente nunca antes, importantes personajes del gobierno se llevaron cientos de miles de millones de dólares pertenecientes al país. Y lo hicieron de manera patética, es decir, a vista y paciencia de todos aquellos que nos gobernaban. A vista y paciencia de Correa.

Siempre se supo que el slogan de las manos limpias y de los corazones ardientes no constituía sino un ardid destinado a crear una imagen de honorabilidad en un gobierno que comenzó y terminó con manos sucias y corazones podridos. Porque fue obvio el afán de enriquecimiento ilícito, el afán de atrapar todo el dinero posible para llevárselo a casa, para guardarlo fuera del país, para esconderlo hasta en los tumbados de las casas. Fue evidente la intención de distraer la atención pública con la verborrea y las amenazas para que ciertos amigos hagan de las suyas.

Desde luego, el país ya conocía que el cacareo permanente de la honorabilidad no era sino una estrategia destinada a proteger a algunos de sus cercanos colaboradores. Una pérfida cortina tras la cual se escondieron los avivatos que se fueron con el santo y la limosna. Como dicen las investigaciones y los testimonios, Correa construyó un arduo sistema de complicidades para que su década sea ciertamente la mejor de las décadas en la que ganaron a manos llenas los ladrones de corbata y con títulos y con cargos de alta responsabilidad administrativa y que gozaban de la protección verborreica y furibunda de un presidente igualmente culpable por complicidad y encubrimiento.

Todo eso ya se sabía. Los principales medios independientes de comunicación lo decían, ciertamente a medias por un lógico sentido de protección ante las respuestas vengativas del poder. Correa tenía noticia absolutamente de todo ese juego perverso de los millones que acumulaban sus más cercanos colaboradores, desde el mediocre ladrón comecheques, a quien visitó efusivamente en la cárcel, hasta las inconmensurables ruletas de Caminosca, Odebrecht, Petro Ecuador y más. Y en medio de este festín, a uno de los grandes acusados en el caso Caminosca, ya le lavaron las manos sucias, así de sencillo, cuando las evidencias parecerían más claras que la luz del día. Y esas manos así limpias no son otras que la del famoso tío del igualmente famoso sobrino ex vicepresidente, algo que ha escandalizado a quienes aun creen que la justicia en el país podría ser justa y que ha servido para probar lo contrario a los convencidos de las infamias de la justicia.

Al presidente Moreno le corresponde, por derecho y ética, el segundo capítulo de esta gran tragedia: la legal persecución y condena de los corruptos. Sin embargo, según las denuncias, algunos de estos corruptos aun gozarían de privilegios administrativos y seguirían ocultos tras el poder.

Es probable que ahora que se halla a buen recaudo, a alguien de la justicia se le ocurra implicar a Rafael Correa en esta maquiavélica trama. Porque así funcionan las cosas entre nosotros acostumbrados a rasgarnos farisaicamente las vestiduras y a darnos golpes de pecho cuando dejamos pasar el momento preciso de hacer algo por la verdad de la justicia.

Pero los acusados acudirán, sin vergüenza alguna, al rito del lavamanos y no pasará nada. Porque el nuestro es el país de los escándalos y de los fuegos de paja. Porque, desde hace rato, se ha sembrado una suerte de fascinación por el escándalo jurídico y ético, la fascinación por lo cínico. Salvo excepciones, de ahí no se pasa. Escándalos verborreicos con los que se confunde a la ciudadanía para que no haya justicia.

Al final del cuento, todo sigue igual, es decir, el país sigue igualmente invadido por la corrupción que le impide vivir de mejor manera la vida social y política. ¿Para qué las consultas y los megarrelatos si al final del día la ruleta de las cosas repite la misma historia, si al final de la tarde justos y pecadores conviven pacíficamente y sueñan en idénticos angelitos? Pobre país.

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