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13 de Julio del 2020
Ideas
Lectura: 5 minutos
13 de Julio del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Profesionales de la salud: terror y muerte
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Ellas y ellos han muerto en olor de solidaridad total. Médicos y enfermeras que salvaron a muchos otros no pudieron salvar la vida de sus colegas. Un antiguo aforismo latino decía, en son de burla, médico, cúrate a ti mismo. Nadie se cura a sí mismo. Siempre necesitamos del otro para nacer bien, para vivir sanos y también para no morir antes de un tiempo absolutamente personal.

Hay una pregunta que quizás la ciudadanía no se hace, que la suprime o que la ignora olímpicamente: ¿qué acontece con los profesionales de la salud que nos atienden, nos cuidan, nos salvan e incluso cierran los ojos de los que no pudieron sobrevivir a la epidemia?

Nos preocupamos de nosotros mismos y de los nuestros. Y, por cierto, no somos egoístas al hacerlo porque la solidaridad comienza en casa. Pero nos hemos olvidado de ese equipo profesional que recibe a los enfermos en los hospitales, que los cuida, que pasa horas y días enteros tratando de salvar cada una de esas vidas. Ellas y ellos que no consiguen evitar sus lágrimas cuando la muerte les dice que todo ese inmenso esfuerzo fue finalmente insuficiente.

Pero duele mucho más saber que no pocos profesionales de la salud que atienden en hospitales y clínicas se han contagiado, unos han sido hospitalizados, otros se han cuidado en casa. Y un grupo importante ha muerto: el contagio fue fatal y sus colegas no pudieron salvarlos.

Ellas y ellos han muerto en olor de solidaridad total. Médicos y enfermeras que salvaron a muchos otros no pudieron salvar la vida de sus colegas. Un antiguo aforismo latino decía, en son de burla, médico, cúrate a ti mismo. Nadie se cura a sí mismo. Siempre necesitamos del otro para nacer bien, para vivir sanos y también para no morir antes de un tiempo absolutamente personal. La epidemia no pertenece a este tiempo personal. La epidemia es una asesina.

No. No se puede caer en ese abismo absurdo de la resignación de que a cada quien le llega su propio tiempo de nacer y de morir. No. Los profesionales de la salud, a lo largo de la historia, han trabajado y siguen haciéndolo para salvar vidas. Pero ello no implica necesariamente poner en riesgo la propia. 

Por ende, auxiliares de enfermería, enfermeras, médicos y más que han dado su vida en el frente de batalla, son héroes que deberán ser oportuna y adecuadamente reconocidos como tales por las autoridades nacionales y locales. 

Ellas y ellos han muerto en olor de solidaridad total. Médicos y enfermeras que salvaron a muchos otros no pudieron salvar la vida de sus colegas. Un antiguo aforismo latino decía, en son de burla, médico, cúrate a ti mismo. Nadie se cura a sí mismo. 

Ellas y ellos constituyen la antípoda de ese perverso grupo de delincuentes que aprovecharon las circunstancias para robarse los dineros destinados a la salud. Cuanto más que algunas de esas víctimas fallecieron quizás por falta de los insumos necesarios. Esos medicamentos que no pudieron ser adquiridos porque los corruptos se embolsaron los dímeros destinados a adquirirlos oportunamente adecuadamente. Sin duda, crimen de lesa humanidad. 

Sí, desde una elemental ética social, a aquellos corruptos que hicieron el negocio de su vida con la adquisición de los insumos de protección y de atención hospitalaria se los debería acusar también como responsables indirectos de estas muertes. 

El gobierno y las autoridades de salud han dicho muy poco de estos fallecimientos. Estos profesionales de la salud que murieron víctimas de su trabajo solo forman parte de las estadísticas. Nada más. Hasta ahí llegan las preocupaciones de un Estado sustancialmente débil y funcionalmente atrofiado. 

No estamos para las expresiones masivas de solidaridad. Además, no es esto lo que hace falta ahora. Porque se espera que las autoridades de salud y el poder central no se olviden de esta realidad, que no la pasen por alto sino, al revés, que se hagan de ella social y políticamente. Que honre a estos profesionales por lo menos nombrándolos, señalándolos, tomándolos en cuenta.

Los silencios del poder tienen el amargo sabor de lo perverso. Porque está destinado a ocultar propositivamente estas realidades para que, supuestamente, los colegas y la misma sociedad no sean víctimas de pánico: si los mismos profesionales de la salud mueren contagiados en los hospitales, ¿cómo no estarán destinados a la muerte los otros? 

No es suficiente que el presidente, los ministros y otras autoridades se rasguen farisaicamente sus vestiduras. Hace falta que ahora hagan algo más en honor a esas víctimas que murieron por todos nosotros. Y también por sus familiares a quienes les duelen mucho los silencios y los quemeimportismos del poder. 

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