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3 de Abril del 2017
Ideas
Lectura: 5 minutos
3 de Abril del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Prohibido perder
Ciertos políticos han aprovechado la oportunidad para nuevamente lavarse las manos. ¿Será que tienen las manos sucias? Muy probablemente sí porque, si hubiesen pensado y obrado más allá de sí mismos, esta historia sería diferente. Como si no hubiesen sabido o por lo menos escuchado nunca aquello de: divide y triunfarás. Pero también es probable que ni siquiera tengan manos.

Ya estaba escrito. La lógica del poder es absoluta e inquebrantable. Estaba escrito que debía ser así y de ninguna otra manera. Él es el poder, el saber y el decidir. A las buenas o las malas. A las buenas y a las malas se cumplen sus deseos que son ley. Lo contrario es sencillamente imposible porque, incluso las mondas realidades de la vida deberán pasar por cualquier tipo de metamorfosis con tal de que se cumplan sus deseos. Porque la ley es su deseo. Si no fuese así, no servirían para nada la prepotencia, la voz de mando, su adueñamiento de la ley y de la verdad. Es preciso reconocerlo: es la ley.

El libreto es el mismo. Al segundo de concluido el horario de votación, él ya sabe quién ha gado, con qué porcentaje y en dónde. Acto seguido se acerca al elegido, nuevamente, y le inviste como el próximo presidente del país. Su palabra es arrolladora, por una parte, y absolutamente cierta, por otra. Lo dicho antes se convierte en hecho inapelable. A los otros les corresponde acatar de manera irrestricta la decisión del poder. ¿Y las dudas? Sobre la palabra del poder no cabe duda alguna, ni siquiera la sombra de una aclaración. El poder, cuando es absoluto, habla solo verdades puras e incluso puras verdades. Además siempre emite oráculos infalibles.

La ruleta está perfectamente bien cargada para beneficio de un solo jugador. La rueda, la mesa y las apuestas pertenecen al poder. Son las manos del poder las encargadas de hacerla girar, de acelerarla o de frenarla. Todo en el momento oportuno y adecuado. Es imposible perder. ¿Qué hacer para que la mesa deje alguna vez de ganar? Pregunta que pertenece a los insondables misterios de esas éticas particulares que maneja el poder. Cuando te enfrentas a él, pateas las piedras y se te parten en pedazos la razón y el alma.

Lo grave es que se extiende el poder por otros largos años en los que, salvo que se produjese un quiebre de carácter eminentemente ético, las cosas podrían seguir siendo las mimas. Un cambio moral que no es posible cuando una de las primordiales misiones del poder consistirá en cubrir las espaldas de quienes se van. Porque justamente esa sería una de sus misiones primordiales. No se tratará de lealtad alguna sino de requisito sin el que cualquier poder terminaría siendo absolutamente inviable.

Ciertos políticos han aprovechado la oportunidad para nuevamente lavarse las manos. ¿Será que tienen las manos sucias? Muy probablemente sí porque, si hubiesen pensado y obrado más allá de sí mismos, esta historia sería diferente. Como si no hubiesen sabido o por lo menos escuchado nunca aquello de: divide y triunfarás. Pero también es probable que ni siquiera tengan manos. Ahora, hipócritamente lanzan ayes de dolor. La hipocresía es una vieja artista que sabe representar de manera excelente todos los papeles incluso los papel de santos y virtuosos.

La verdad no le pertenece al poder. Jamás le ha pertenecido y no forma parte de los haberes, activos y pasivos de los políticos y menos aun de quienes ejercen poder. Probablemente, el peor de todos los defectos políticos sea la mentira. ¿Cómo no reconocerlo? La mentira es la más grande y preclara de las virtudes que adornan la vida de los políticos particularmente cuando poseen poder. Maravilloso don de mentir a sangre fría, una y otra vez como si se trata del juego necesario de su vida.

El sucesor presidencial y la sombra de ese otro que estará ahí, como el fantasma que no le dejará en paz ni un solo minuto, como a Macbeth. El fantasma de las contradicciones éticas que no lo abandonará y que lo conducirá al mundo de los errores, de los lapsus y de las complicidades. Entonces desaparecerán las listas de los beneficiados con coimas. Todo serán nuevamente santos y sabios. 

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