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28 de Enero del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
28 de Enero del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Psicoanalizar el mundo?
El poder político no puede equipararse a las relaciones intrafamiliares. Un jefe de estado no es el papá del país. Por ende las protestas y rebeliones en los dos espacios no son nunca las mismas, pese a su legitimidad.

¿Es posible decir algo del mundo desde el psicoanálisis? Es la pregunta que se me ha formulado con cierta frecuencia en los últimos tiempos. Las respuestas no son fáciles porque por desgracia, el psicoanálisis cada vez habla menos del mundo luego de esa avalancha de lenguajes crípticos y confusos que caracterizó la época lacaniana en la que no hacerse entender formaba parte de la cientificidad. Además, habiendo surgido de la clínica, es decir, de la atención a los sujetos individualmente atendidos, el psicoanálisis se encriptó e incluso más de una vez rechazó su utilización en campos supuestamente ajenos a la clínica. Así se pasó por alto el hecho ineludible de que todo aquello que acontece al sujeto forma parte de la sociedad y por ende de la cultura. Es decir, aquello que sirve para entender al sujeto debería servir también para entender a la sociedad y sus producciones.

No se puede teorizar al margen de la cultura. Freud vivió la suya, esa cultura victoriana marcada por la prohibición de deseos y placeres y centrada en el poder dueño del bien y del mal. La verticalidad y omnipotencia del poder familiar, la del padre en particular, se derivaba del poder político. Puesto que la ley pertenecería de suyo al poder, la obediencia y el sometimiento formarían parte necesaria del hecho de ser súbdito. Los hijos fueron súbditos del padre. Lacan no cesó de hablar del nombre del padre como origen de todo poder y de toda sumisión. Lacan se olvidó de la crueldad del poder.

Freud es judío. Y aunque mate al Padre, en su especie de delirio a propósito del padre de la horda primitiva, y rompa las tablas de la ley y termine asesinando a Moisés, no podrá deshacerse de aquello que le pertenece, no por elección sino por origen, aquello que está en él desde antes de su nacimiento: la sumisión absoluta al Padre. Este es el meollo del inconsciente.

El psicoanálisis ha sobrevivido con altos y bajos, con profetas e investigadores profundos, con fieles y feligreses. Y quizás lo más importante haya sido el que se ha permitido a sí mismo salir de la rigurosidad escénica de la consulta privada para ingresar sin caretas en el campo de los análisis sociales de toda índole. ¿Cómo ingresar en los meandros de una novela, de un barrio, de la política sin la linterna de un psicoanálisis contemporáneo? A veces reemplaza a la lámpara de Diógenes.

No es necesario que aceptemos como cierta e histórica la fantasía freudiana de que el pueblo judío, cansado de esperar su salvación y la bienaventuranza del paraíso, se haya revelado contra Moisés y lo haya asesinado. Como todo buen escritor, Freud está habitado por Fantasía y no sabe de qué manera liberarse de las crueldades paternas. No hay que asesinar al poder.

Ahora, como siempre, se crean héroes, redentores, profetas en los que los sujetos depositan los sentidos de sus vidas, de sus desilusiones y esperanzas. Moisés está de moda. Los convierten en profetas, en adivinos, en Midas. Los endiosan hasta que se percatan de que todo, desde ellos, no era más que una inmensa e inútil fantasía y, desde su héroe, un perfecto embuste. ¿De qué manera revelarse contra los regímenes de opresión sino democráticamente?

¿Cómo hacer que la ley y el orden ni nazcan ni se encarnen en el poder personalizado en alguien en particular, algo en lo que todavía insiste el psicoanálisis igual que ciertos regímenes políticos? Por ejemplo, en el tema de la guerra a las drogas y en la prevención de sus usos se han invertido millones de millones de dólares con los que se habrían creado miles de escuelas de alta calidad, de hospitales perfectamente bien equipados, se habrían construido viviendas para muchos pobres del mundo. Sin embargo, con esa guerra no se ha logrado casi nada.

El poder político no puede equipararse a las relaciones intrafamiliares. Un jefe de estado no es el papá del país. Por ende las protestas y rebeliones en los dos espacios no son nunca las mismas, pese a su legitimidad.

Lacan no cesó de hablar del Otro, de ese significante principio y fin de todo decir, hacer y desear. Nadie se representa a sí mismo pues es imposible la vida sin los otros. Nadie representa a todos: otra verdad negada. En política, un jefe de Estado no es el primer ciudadano, como se afirma porque no existe serie alguna de ciudadanos. ¿Cuál sería el último? ¿El más pobre o el más esclavizado al discurso del Amo? Por ello nadie habla la verdad, nadie la posee. Todos construimos pedazos, fragmentos de verdad. Quien afirma que siempre habla solo la verdad suele ser el más contumaz de los mentirosos. Desconoce que la verdad solo es un efecto de las construcciones lingüísticas que hacemos día a día.

Por ello, tal vez el gran síntoma de la contemporaneidad sea cierta falta de demanda sobre la verdad. Es decir, no cuestionamos nuestras propias afirmaciones ni las del otro. El poder se llena la boca de supuestas verdades que las proclama a los cuatro vientos: los vientos saben que transportan engaños y mentiras.

El discurso del poder se sostiene en un: yo doy todo, yo hago todo. Los otros no lo escuchan porque aquello que supuestamente da, ofrece, hace el poder, no es lo que ellos reclaman ni demandan. Es bastante obvio que el poder da y produce bienes a cambio de adoración idólatra. Para el poder, qué difícil aceptar que tan solo existe porque algunos, no todos, lo eligieron. Por eso la reelección indefinida se llamaría narcisismo.

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