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29 de Noviembre del 2021
Ideas
Lectura: 10 minutos
29 de Noviembre del 2021
Rubén Darío Buitrón
¿Qué comunica la primera dama?
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La primera dama se excedió en contar anécdotas desligadas del tema principal. Habló de lo que su mamá les advertía desde chiquitas respecto a los posibles peligros que implicaba la aparición de un abusador, pero dejó flotando la idea de que con un simple “no” se arreglaba todo, como si ese abusador entendiera razones y como si ese abusador fuese respetuoso al recibir una negativa de su víctima.

Habló María Dolores Alcívar, la primera dama, no una ciudadana cualquiera. Habló la primera dama acerca de temas muy sensibles para la sociedad, no habló una ciudadana cualquiera de un asunto cualquiera.

¿Lo pensaron antes? ¿Por qué dejaron que la señora improvisara unas frases incoherentes y unos conceptos espeluznantes en un tema que, al menos, requería un discurso serio, profundo, articulado con el pensamiento y el sentimiento colectivos, en especial de las mujeres ecuatorianas?

Habló la primera dama y dijo “nuestro Gobierno, el Gobierno del encuentro”, asumiendo que el poder político y el Estado, que maneja su esposo, el presidente Guillermo Lasso, lo comparte con ella, con la primera dama.

Habló la primera dama en un evento realizado en los patios de Carondelet y sus asesores, si los tiene, no pudieron elegir mejor día que el 25 de noviembre, Día de la No Violencia contra la Mujer, Día de la No violencia de género. Habló en un evento preparado por una Secretaría General de Comunicación (Segcom) que desde que se inició el Gobierno no acierta una buena.

En el acto acompañaron a la Primera Dama el presidente Lasso, por supuesto, de quien se descubrió —según el testimonio de la señora Alcívar— que a veces se enoja y que a ella le toca “ir por la derecha”, volver unas horas después y perdonar.

Perdonar, dijo. Desde su perspectiva, es la mujer la que debe pedir perdón a su esposo cuando ocurre un cortocircuito entre los esposos. Punto a favor del machismo y el patriarcado.

Aquí no se trata de que Eduardo Bonilla, secretario de la Segcom, haya pensado bien lo que organizó. Seguro que hubo buena voluntad en proyectar la idea de un régimen humano y sensible al idear un acto que se llame “De la indignación a la acción”.

Pero con buena voluntad no se alcanza el éxito de una campaña. La buena voluntad no basta. Bonilla tiene que ser un estratega de comunicación para diseñar productos que lleguen a los ciudadanos sin ningún ruido, sin ninguna interferencia.

Pero hubo mucho ruido e interferencia porque ese miércoles 25 se entregó el micrófono a la primera dama justamente en un intento de homenajear a la mujer ecuatoriana y en rechazo a lo que hoy es una de las lacras humanas más terribles en el país: cada 44 horas se produce un femicidio, que no es una agresión de un asesino contra la sociedad, sino el reflejo de la indefensión en la que se encuentran las mujeres en el Ecuador.

Desde un estricto protocolo oficial, una Primera Dama no tendría por qué estar en un evento donde se expresa la decisión del Estado, a través del Gobierno, de bajar la escalofriante cifra de crímenes sociales, de crímenes que no se producen solamente por la voluntad o la decisión de un hombre perverso y enloquecido sino porque el Estado no protege a la mujer.

¿Cómo se expresa esa falta de protección?

De muchas formas. La educación formal e informal no ayuda a concienciar a la gente sobre el problema de la violencia intrafamiliar.

Los procesos judiciales son largos, a veces interminables.

Las instituciones encargadas de la seguridad, sobre todo la Policía Nacional, no cumplen con su tarea de hacer respetar las boletas de auxilio o no llegan a tiempo cuando una mujer llama al 911 a pedir ayuda y socorro.

Los medios de comunicación, muy pocos, toman el asunto con la seriedad y la madurez necesarias, pero la mayoría de la prensa sabe que el tema de los femicidios es “vendedor”, que llama mucho la atención a los ciudadanos, que publicar y difundir este tipo de noticias, lo más rojas posibles, generan rating para la radio y la televisión, lectores para los periódicos y “likes” para los medios digitales.

De esos temas había que hablar. Y ya que la Segcom o algún funcionario tuvo la idea de que, por ser mujer, presidiera el acto, debieron seguir las normas más elementales del protocolo y del respeto a los ciudadanos.

La primera dama no maneja los asuntos de Estado. No tiene responsabilidades administrativas. No toma decisiones sobre el manejo del poder político

No hubo tal. La primera dama se excedió en contar anécdotas desligadas del tema principal. Habló de lo que su mamá les advertía desde chiquitas respecto a los posibles peligros que implicaba la aparición de un abusador, pero dejó flotando la idea de que con un simple “no” se arreglaba todo, como si ese abusador entendiera razones y como si ese abusador fuese respetuoso al recibir una negativa de su víctima.

La puesta en escena, en especial en lo que corresponde a la señora Alcívar, tampoco fue afortunada. Quien ideó que la primera dama improvisara (¿ella misma, quizás?) no fue responsable con el discurso oficial que ella asumió y el desastre se complementó con los conceptos, ideas y expresiones totalmente opuestos a lo que las mujeres demandan para frenar la violencia machista y patriarcal en su contra.

Mucho peor fue, como lo vio todo el país, que la señora Alcívar recibiera una hoja de papel donde, al parecer, alguien le escribió las consignas y los lemas que debía emitir.

Dice James Garnett, en su libro Comunicándose con la ciudadanía, que ser objeto de la atención de los medios tienta incluso a los funcionarios y a las personalidades que no tienen la preparación ni la experticia suficientes para hablar en público y, a través de los medios, comunicarse con los ciudadanos.

Eso es lo que pasó con la primera dama, que debería comprender su rol dentro del Gobierno. No maneja los asuntos de Estado. No tiene a su cargo responsabilidades administrativas. No toma decisiones vinculadas con el manejo del poder político.

Se esperaría, por tanto, que la esposa del Presidente tomara cierta distancia del jefe de Estado, lo cual no ocurre con la pareja que actualmente reside en Carondelet. A menudo se la ve, incluso en reuniones formales con ministros y altos funcionarios, junto al mandatario. Habría que preguntar en calidad de qué.

Garnett aconseja que “el funcionario tentado por el protagonismo que otorgan los medios y por el poder que representa, debe tener autodisciplina para balancear y medir qué necesita escuchar el ciudadano y de boca de quién (en este caso, debió ser la secretaria de Derechos Humanos, Bernarda Ordóñez) para evitar aperturas irresponsables y comentarios inadecuados”.

El lema que usaron los comunicadores del Gobierno tampoco resultó feliz: “De la indignación a la acción”.

Se puede entender lo que intentaron decir, pero los mensajes deben ser claros, puntuales, contundentes, tan contundentes que no se presten a especulación de parte de quienes reciben el mensaje.

La indignación no tiene por qué anularse ni reprimirse. Es una actitud, un sentimiento, una reacción absolutamente lógica de las mujeres, y de la sociedad en su conjunto, frente a un abuso, a un acoso, a una violación y, con mayor razón, frente a un femicidio.

Si la primera dama —cuyo cargo es decorativo— hubiera dado cifras, todo habría ido bien.
Como decir que en este año ha habido 172 femicidios. Como decir que 17 mujeres fueron previamente reportadas como desaparecidas. Como decir que al menos 11 de las víctimas fueron abusadas sexualmente después del crimen. Como decir que 37 víctimas habían reportado a la Policía antecedentes de violencia de sus parejas. Como decir que 8 tenían boletas de auxilio. Como decir que 91 de las víctimas eran madres de familia. Como decir 161 menores de edad quedaron en la orfandad.

Como decir que cinco mujeres estaban embarazadas cuando fueron asesinadas. Como decir que en el 46 por ciento de los casos, el femicida tenía un vínculo sentimental o era parte del círculo de confianza de la víctima.

¿Qué le costaba a la primera dama señalar que todas esas cifras provocan indignación y solo ahí decir que ha llegado la hora de que el Estado actúe?

¿Lo ven? Cuando los hechos hablan por sí solos, no es difícil armar un discurso sobrio, factual y conmovedor donde la empatía haga conexión entre la persona que habla y el público que la escucha.

[PANAL DE IDEAS]

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