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11 de Enero del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
11 de Enero del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Por qué Correa no volverá
Correa está de salida. Este año se le va a hacer muy largo: cada vez con más problemas, cada vez con menos poder, en su partido peleándose por los despojos y él tratando de proteger su retirada. Correa es tan envanecido que cree que volverá, por eso tratará de alcanzar un gran contingente de asambleístas y aplicar entonces la muerte cruzada. Pero eso jamás se dará.

Tras haber comprobado que no puede ganar en las elecciones de 2017 y que es mejor que cualquier otro cargue el muerto de la crisis durante los próximos años, Rafael Correa parece que apunta a mantenerse en el futuro como el Gran Ausente –denominación que en el siglo XX se dio a Perón y a Velasco Ibarra, entre otros políticos latinoamericanos, y que Robert Norris tomó como título de la biografía que escribió del segundo–.

Incluso, en un disparatado ejercicio que mezcla la ciencia ficción con el mesianismo, Correa anunció que en el futuro podría hacer funcionar el mecanismo de la “muerte cruzada”, es decir el cese de funciones del presidente y los asambleístas para provocar nuevas elecciones, y que entonces volverá a ser candidato y ganará la presidencia.

Es demasiado creer. Correa, en mi concepto, no volverá nunca a ser presidente. Por un lado su popularidad ya no es lo que era. Al contrario, cayó estrepitosamente a lo largo de 2015 en que perdió 20 puntos, al bajar de 60 a 40 por ciento de la aceptación popular. Aún es altísima para un presidente con nueve años de ejercicio. Pero resulta que ya perdió la mayoría absoluta, y que la tendencia es todavía peor: continuará precipitándose hacia abajo en los próximos meses. No es para nada difícil que en el 2016, cuando el desempleo y el estancamiento de la economía hagan estragos, pierda otros 20 puntos.

Más grave para las pretensiones de Correa de volver a gobernar es la situación en que dejará a la economía, al Estado y a la sociedad ecuatoriana. Estos quedarán arrasados, destruidos, después de diez años de despilfarro, francachela e irresponsabilidad. Obras sin planificación, contratos a dedo, incoherencia, voluntarismo. Hasta hoy todo ha estado rodeado de una propaganda gigantesca a fin de presentarnos como la maravilla de las maravillas, algo nunca visto ni realizado, el verdadero inicio del Ecuador. Y esa propaganda ha sido tan eficaz que muchos jóvenes que entran a la universidad, quienes han realizado todos los estudios secundarios y parte de los primarios bajo el régimen correísta, creen a pie juntillas que antes de Correa no había carreteras, que es por Correa que las tenemos; que antes de Correa no había electricidad, que es por Correa que la disfrutamos; que antes de Correa no había colegios ni escuelas, que es Correa su creador.

Tal distorsión solo se explica por la abolición de la historia. Abolición en el discurso (la frase más repetida junto con “Avanzamos Patria” es “Por primera vez en la historia”) pero también abolición en el pensum de estudios de primaria y secundaria, donde la Historia del Ecuador (y aun la latinoamericana y mundial) han quedado reducidas a la mínima expresión. Odian la historia; son todos ellos nuevos Adanes que estrenan paraíso.

Al escribir esto me viene a la mente el relato de un embajador ecuatoriano a un grupo de amigos sobre lo cómico que le ha resultado a él el ejercicio anual de escuchar a los sucesivos ministros de Cultura proclamar con encendido acento que “por primera vez en la historia” se iba a tener política cultural y defender el patrimonio.  En el retiro anual al que somete la Cancillería a todos los embajadores, escucharon decir a Galo Mora Witt, ya Preciado había caído, que “por primera vez en la historia” se iba a tener política cultural y defender el patrimonio; regresaron un año después y escucharon a Ramiro Noriega proclamar que “por primera vez en la historia” se iba a tener política cultural y defender el patrimonio; el año que siguió, Érika Silva les repitió el anuncio, y luego lo hizo Paco Velasco, y no sé si Pancho Borja alcanzó a decírselo en su semestre de ministro, pero ciertamente el año pasado escucharon a Guillaume Long decir que “por primera vez en la historia” se iba a tener política cultural y defender el patrimonio.

Es decir, no solo el gobierno de Correa inaugura el Ecuador sino que cada uno de sus ministros lo hace: antes de ellos no existió nada, ni siquiera dentro de la propia “revolución ciudadana” (lo que por cierto es un reconocimiento de que ninguno de ellos hace nada).

Pese a la propaganda descomunal de estos años, pese al exorbitante gasto destinado a cambiar el pensamiento de la gente, pese a la persecución implacable a los medios y a los periodistas independientes (cuyo relato de los hechos, aunque sea mínimamente diferente de la verdad oficial, les mortifica), y pese a los innumerables perseguidos políticos (que con sus protestas han quitado una y otra vez la máscara a la propaganda y han mostrado los abusos e incoherencias del discurso oficial), Correa no podrá volver porque el desastre en que dejará al país sepultará para siempre su envanecimiento e intolerancia.

Dicen que si Velasco Ibarra pudo ser cinco veces presidente, Correa podrá hacerse elegir otra vez y que no en vano hizo pasar la enmienda constitucional de la reelección indefinida. Pero hay una distancia sideral. En primer lugar en la formación intelectual de los personajes. Correa tiene una capa muy superficial de lecturas; de allí su repetición cansina de las mismas ideas, su escasa elaboración filosófica, su chato horizonte, incluso en su profesión de economista, que no se compara ni de lejos con la maestría filosófica y el conocimiento profesional de Velasco Ibarra.

En segundo lugar en los objetivos finales: Velasco Ibarra siempre luchó por la unión del país, mientras Correa ha sido un destructor implacable de la unidad, un divisionista consciente y, además, orgulloso de serlo.

Por lo demás, Velasco Ibarra se reinventó a sí mismo y fue cada vez un personaje distinto, para atraer al electorado mayoritario. En 1934 fue conservador (sus votantes fueron los artesanos de Quito y las clases medias rurales, entonces muy importantes en la composición del electorado); en 1944 fue izquierdista (llevado en andas a la presidencia por la Gloriosa, tras derrocar al régimen autoritario de Arroyo del Río, concitó el apoyo de todo el espectro político nacional); en 1952 fue modernizador liberal (con una votación mayoritariamente serrana, urbana y rural); en 1960 fue populista (ya con votación mayoritariamente costeña y alianzas vía una oligarquía emergente con los dirigentes populares del suburbio guayaquileño) y en 1968 fue un populista ligado con la oligarquía costeña.

Correa está de salida. Este año se le va a hacer muy largo: cada vez con más problemas, cada vez con menos poder, en su partido peleándose por los despojos y él tratando de proteger su retirada (Paco Moncayo decía el viernes pasado en un panel que tuvimos en radio Democracia que Correa ya no está pensando en poner un candidato ganador sino un candidato que le permita perder menos catastróficamente). Correa es tan envanecido que cree que volverá, por eso tratará de alcanzar un gran contingente de asambleístas y aplicar entonces la muerte cruzada. Pero eso jamás se dará.

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