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13 de Diciembre del 2021
Ideas
Lectura: 9 minutos
13 de Diciembre del 2021
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

¿Qué está en juego en Chile?
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El debate entre dictadura y democracia, interpela a los dos candidatos. Para Kast, Pinochet fue un buen dictador, a pesar de los desaparecidos, de la cruel represión, destaca el valor del orden y, a diferencia de las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Las elecciones presidenciales comportan, entonces, un juicio histórico.

La elección de segunda vuelta en Chile, no es una elección más. Lo que ahí se juega tiene que ver con la historia, pero también con el presente. Muestra la dinámica de la política en democracia. En ella, los partidos políticos se ven obligados a refregar sus visiones y sus prácticas.

El triunfo de la Unidad Popular en Chile en 1970, puso a prueba la capacidad de la izquierda chilena para gobernar, dentro del marco del capitalismo, con una propuesta programática socialista. Salvador Allende se batió en medio de dos fuegos: la derecha, apoyada por Estados Unidos, y una fracción radical de izquierda, que presionaba por avances más acelerados en el cumplimiento de la transformación social.

La dictadura de Augusto Pinochet fue producto de ese impasse. Perdió la derecha y la izquierda, y sobre todo la democracia.  La transición a la democracia se hizo posible, gracias a un gran acuerdo nacional, liderado por la Democracia Cristina y el Partido Socialista. Más tarde se incluiría también el Partido Comunista. Como que, de los dos lados, se reconoció el error estratégico que abrió camino al golpe de estado de 1973.  

Durante los gobiernos de la Concertación, se dio una alternabilidad entre demócratas cristianos y socialistas. Hubo matices que los diferenciaron, pero pudieron recuperar la democracia, y emprender en un camino marcado por una versión singular del neoliberalismo. Chile experimentó un crecimiento económico apreciable, pero con déficit en los indicadores sociales. Esto último produjo reacciones sociales masivas con relación a la educación pública y a las pensiones jubilares. Lo cual, sobre todo, se agravó en los gobiernos de Sebastián Piñera.

Las movilizaciones sociales de octubre del 2019, marcaron un giro a la larga etapa de la democracia, liderada por la Concertación. El acuerdo de noviembre del 2019, trajo una tregua y se dio paso a una Convención Nacional que reemplazaría la Constitución heredada en el desplazamiento de Pinochet, por otra de carácter menos neoliberal y más abierta a los derechos de las minorías.

El debate entre dictadura y democracia, interpela a los dos candidatos. Para Kast, Pinochet fue un buen dictador, a pesar de los desaparecidos, de la cruel represión, destaca el valor del orden y, a diferencia de las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Las elecciones presidenciales comportan, entonces, un juicio histórico.

Es en este contexto que tuvieron lugar las elecciones presidenciales, con resultados sorprendentes, pero también explicables. José Antonio Kast reivindica la figura de Augusto Pinochet, mientras que Gabriel Boric, apuesta a una transformación social, en algo semejante a la que se ensayó en el período de Salvador Allende. También se ponen en la palestra los gobiernos de la Concertación y las bondades del modelo económico implantado con Pinochet y mantenido, con variaciones, por la Concertación.

El panorama actual ha estado marcado por las movilizaciones del 18-O. Los resultados de las elecciones de la Constituyente no se refrendaron en las elecciones presidenciales de primera vuelta. Para vencer en las elecciones de diciembre, los dos finalistas están obligados a calibrar sus propuestas programáticas. Ni Kast puede ignorar las demandas sociales del 18-0, ni Boric, desestimar el valor del orden y la estabilidad. Tanto el extremismo de derecha como el radicalismo de izquierda, deben ajustarse a la realidad. La disputa del centro se convierte en la pieza clave del desenlace electoral.

El debate entre dictadura y democracia, interpela a los dos candidatos. Para Kast, Pinochet fue un buen dictador, a pesar de los desaparecidos, de la cruel represión, destaca el valor del orden y, a diferencia de las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela, alaba al dictador chileno, por haber respetado los resultados del plebiscito de 1988 y entregado el poder al soberano... Las elecciones presidenciales comportan, entonces, un juicio histórico. 

También está en debate, la estabilidad democrática que la Concertación supo mantener durante 20 años, en los cuales gobernaron cuatro presidentes de centro- de derecha y de izquierda- El Frente Amplio de izquierda, que auspicia a Gabriel Boric, marcó distancia con la generación que lideró la transición de la dictadura a la democracia. 

Otro punto en discusión, es la viabilidad de las propuestas. Ninguna de las dos fuerzas tendrá mayoría en el Congreso. Las alianzas y acuerdos serán indispensables para asegurar la gobernabilidad. La capacidad para remontar estos obstáculos determinará, no solo el éxito electoral, sino los buenos resultados en el gobierno.

Las condiciones de desigualdad en Chile, socavan el régimen democrático. Eso ocurrió en los dos gobiernos de Piñera. Sin embargo, desde el radicalismo de izquierda se le responsabilizó al régimen democrático de la desigualdad económica y social. Hoy Boric, no puede enajenarse el posible apoyo de la Democracia Cristiana y los socialistas moderados que gobernaron Chile con la Concertación. Así ha agradecido públicamente ese apoyo, formulando un llamado “a todos quienes se sienten parte de la democracia  a unirse para  que no retrocedamos en materia de derechos humanos, como propone la extrema derecha en Chile”

Por su parte Kast, hace lo posible por borrar su imagen de ultraderecha, con el inesperado viaje a Estados Unidos, para dar allí certezas de que en Chile va a haber Estado de Derecho y seguridad jurídica respecto de las inversiones. El ex candidato oficialista, Salvador Sichel, comprometió su apoyo a Kast, con la condición de cumplir un petitorio de nueve condiciones en los aspectos más cuestionados del candidato de la derecha. El modelo económico que Kast plantea, más ortodoxo que el de la Concertación, encontrará dificultades en el campo social. Si a ello se une una tendencia a limitar los derechos de las minorías y diversidades, a través de un discurso que destila odio, no podrá volcar en su favor a los votantes del centro. 

Para Boric, el dilema está entre optar por un reformismo gradual, sin menosprecio de la estabilidad, o embarcarse en una propuesta como la que la Unidad Popular quiso cristalizar en 1970-1973. Boric, al parecer, es consciente de este dilema, y se muestra partidario de un proyecto que tome en cuenta la situación del Estado actual de Chile y no el Estado del futuro. Su acercamiento a los partidos de la ex Concertación, los respaldos, sin condiciones, de Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y dirigentes de la Democracia Cristiana, hacen presumir un giro en la estrategia de Boric que explica su avance en los sondeos electorales para la segunda vuelta.

También es una incógnita la inclinación de los votantes del candidato Franco Parisi, que representa un nuevo tipo de ciudadanos, posiblemente descontentos con los partidos políticos tradicionales, con la política, en general y más conectados con el mundo actual, la globalización, la revolución tecnológica de la comunicación y los valores que encarnan las nuevas generaciones, en las que la memoria histórica, al parecer, pesa poco.   

El caso de Chile confirma que en democracia dos más dos no son cuatro. Hay múltiples opciones y alternativas que no dependen tan solo de la voluntad de los elegidos. Esto marca una gran diferencia con Nicaragua, Venezuela y Cuba, donde las elecciones tienen resultados anticipados, dado que no son libres, son espúreas, impresentables ante los ojos escrutadores de observadores internacionales. En aquellos países no se ha dado la oportunidad de rectificar errores ni de captar los desafíos que implican los giros de la realidad. Son países dirigidos por cúpulas conservadores que se relegaron de la marcha de la historia. Allí la gobernabilidad se afinca en la dictadura. Y no por eso, sus sociedades han podido subir en la escala del progreso social.

Lo insólito es que esas dictaduras, llamadas de izquierda, practican, sin rubor, lo que se teme que haría Kast, de llegar al poder: la conculcación de derechos políticos y civiles de los ciudadanos, de las minorías y de la diversidad. Con el agravante de que, una vez instalados en la dictadura, se resisten a entregar el poder a sus legítimos dueños.

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