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29 de Junio del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
29 de Junio del 2015
Lizardo Herrera

Es PhD  por la Universidad de Pittsburgh y tiene una maestría en estudios de la cultura en la Universidad Andina Simón Bolívar y una licenciatura en historia en la PUCE. Es profesor en Whittier College, California, Estados Unidos. 

¿Qué hay de comer?: la adicción y la violencia de la redención
La conversión de Jesús en un sujeto dócil nos permite ver, no únicamente, la violencia y discriminación que los adictos sufren en su vida cotidiana, sino también la forma en que los ideales del sujeto disciplinado, soberano o dueño de sí ejercen una violencia desmedida en la conciencia de las personas.

Jesús, el protagonista de ¿Qué hay de comer? (2008), corto ecuatoriano de Carlos Larrea y Jaime Rojas, es un joven adicto que ingresa a un centro de rehabilitación. Al inicio, vemos a un joven rebelde que se resiste a abandonar su adicción. La adicción o el consumo de drogas, declara este personaje, es para toda la vida. Ante esta situación, sus padres lo ingresan a la fuerza al centro de rehabilitación en donde Jesús es maltratado físicamente y humillado emocionalmente. Al final, cuando Fausto, el padre, descubre el excesivo maltrato que sufre su hijo e intenta sacarlo del centro, Jesús se niega a salir. El corto de Larrea, sin embargo, no toma una postura moralizante. No condena ni celebra el uso de drogas ni plantea la rehabilitación del sujeto como una historia de éxito personal. Larrea toma un camino diferente y, desde mi punto de vista, nos muestra cómo se construye la subjetividad contemporánea.

Maurizio Lazzarato, en La fábrica del hombre endeudado, analiza cómo el tema de la deuda en el capitalismo actual no es un problema económico, sino uno fundamentalmente político. Para desarrollar su argumento, recupera los aportes de Friedrich Nietzsche, quien entiende que la relación deudor–acreedor tiene su origen en una asimetría en donde con el propósito de que el deudor cumpla sus promesas, se ha recurrido a niveles extremos de violencia a lo largo de la historia de la humanidad.

Esta posibilidad de “cumplir sus promesas” implica que el deudor interiorice un sentimiento de culpa, cuyo origen está en el cristianismo, mediante el sujeto se disciplina a sí mismo dejando de ser un sujeto indócil o rebelde para convertirse en un cuerpo dócil. En otras palabras, este proceso de interiorización se da por medio de una condena moral; sin embargo, y este es el punto a destacar, no solo el acreedor condena al deudor, sino que es el deudor quien se construye a sí mismo a partir del sentimiento culposo que le impone la deuda.

¿Qué hay de comer? nos muestra cómo este sentimiento de culpa rige la construcción de la subjetividad contemporánea. La adicción a las drogas parte de una condena moral la cual considera a los adictos como seres inferiores. Si usamos las tesis de Lazzarato, el adicto tiene un comportamiento similar a ese deudor incapaz de cumplir sus promesas; por eso, la necesidad de rehabilitarlo, convertirlo en un “ciudadano de bien”. El adicto, de este modo, es visto como un ser carente de voluntad que amenaza los ideales de la disciplina del trabajo, la independencia del sujeto o la libertad tan preciados en la sociedad actual.1

El nombre de Jesús tampoco es gratuito, se relaciona directamente con el cristianismo y su ideal redentor. No es errado, entonces, sostener que ¿Qué hay de comer? establece una conexión entre la violencia de la rehabilitación y la redención religiosa. El sentimiento culposo que exige o impone la rehabilitación del  adicto es similar o hasta tiene su origen en la idea cristiana del pecado. El pecado convierte al ser humano en un ser culpable de la misma manera que la necesidad de rehabilitación condena al adicto estigmatizándolo como un “ser inferior”.

Jesús ingresa a la fuerza al centro de rehabilitación porque sus padres lo ven como un chico rebelde y autodestructivo; o sea, un pecador si utilizamos los términos religiosos. En este sentido, la violencia que recibe en el centro es purificadora, lo limpia de sus pecados y lo redime. Sin embargo, la rehabilitación o redención de Jesús al final del corto no produce una catarsis en los espectadores, sino todo lo contrario. Vemos un chico maltratado con sadismo que acepta una violencia arbitraria sobre su cuerpo y su conciencia que lejos de redimirlo o rehabilitarlo lo convierte en una persona estropeada innecesariamente.

En el centro, a más del maltrato y los vejámenes que recibe, hay otro detalle que conviene considerar. Este joven es despojado de su vestimenta quedando completamente desnudo. Su desnudez nos abre otras dimensiones de análisis. Primero, representa la alta vulnerabilidad que enfrentan los adictos en el  mundo actual; esto es, los sistemas protección o cuidado que tienen son bastante precarios en tanto su vida o su muerte tienen poco o nulo valor en el mundo contemporáneo.  El adicto, en consecuencia, se constituye en un ser indeseable al que se excluye del contrato social.

Segundo, el despojo del vestido convierte al cuerpo desnudo en la superficie de inscripción en donde se implanta el ideal moralizante y de éxito contemporáneo. Para que el adicto pueda rehabilitarse y redimirse, debe sufrir una violencia extrema tanto sobre su cuerpo como sobre su conciencia (su cabeza rapada funciona como un signo del borramiento intelectual y espiritual). Las palizas quiebran el carácter agresivo de Jesús y de un sujeto indócil se convierte en uno completamente dócil. Los vejámenes imponen un sentimiento culposo que le hacen aceptar su “inferioridad” y, por ende, la necesidad de su rehabilitación.

Lo interesante de ¿Qué hay de comer? es que al mostrarnos la violencia sobre el cuerpo y la conciencia de Jesús no reduce la adicción al tema de la rehabilitación social o moral del sujeto. Este corto nos pone ante una situación mucho más compleja. Al sacar a la luz la violencia del ideal rehabilitador o redentor, se produce una inversión en donde la violencia se desplaza desde la rebeldía y adicción de Jesús hacia rehabilitación o redención personal que castiga y disciplina con sadismo al sujeto. Este desplazamiento nos provoca un distanciamiento con el ideal rehabilitador o redentor forzándonos a cuestionarlo.

Dicho de otro modo, y para concluir, la conversión de Jesús en un sujeto dócil no únicamente nos permite ver la violencia y discriminación que los adictos sufren en su vida cotidiana, sino también la forma en que los ideales del sujeto disciplinado, soberano o dueño de sí ejercen una violencia desmedida en la conciencia de las personas. Jesús en tanto chico problemático saca a la luz las fobias de la sociedad actual que idealiza y tiene como sus principios rectores la fuerza de voluntad, la independencia del sujeto o la disciplina de trabajo. Esta subjetividad inscribe un sentimiento de culpa en la conciencia de las personas y, por ende, la necesidad de redención a través del éxito personal. Sin embargo, ¿Qué hay de comer? deja en claro que la rehabilitación de Jesús tiene en su base una violencia innecesaria haciendo evidente el vacío detrás de los ideales de la soberanía del sujeto y del éxito personal tan preciados en nuestra sociedad posmoderna.


1En un fructífero diálogo, Julio Ramos y yo hemos venido cuestionando el ideal moderno del sujeto soberano o autónomo en oposición a los estereotipos del adicto contemporáneo.  Para desarrollar nuestras tesis hemos recurrido a los aportes de Eve Kosofsky Sedgwick, especialmente, su  notable artículo “Epidemias de la voluntad” y de Henrique Carneiro en “La fabricación del vicio”.

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