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10 de Enero del 2024
Ideas
Lectura: 6 minutos
10 de Enero del 2024
Christian Escobar Jiménez

Profesor de la Facultad de CC.HH. de la PUCE. 

¿Qué lleva a un chico de veinte años a entrar armado a un canal de televisión?
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¿Qué lleva a un chico de veinte años a entrar armado a un canal de televisión? Tal vez, a veces solo sea ser parte de un juego macabro, sin plan ni espera de las consecuencias.

¿Por qué trece chicos de veinte años se toman un canal de televisión en tiempos de internet? Los grupos combatientes solían tomarse un medio para darse a conocer y explicar un ideario o programa político. En cambio, por definición, los grupos criminales buscaban lo contrario, la clandestinidad, la opacidad, el silencio, la ausencia de publicidad. ¿Por qué arriesgarse al foco público y exponerse a la muerte o a la cárcel? ¿Hasta qué extremos dos puñados de casi adolescentes cumplen órdenes de unos cabecillas que difícilmente pasarán los 40 años antes de morir asesinados? ¿Cuán articuladas están las acciones de los integrantes de estos grupos? ¿Ahora tienen pretensiones de expresar alguna posición política?

¿Es un juego simple de adolescentes sin ningún plan concreto, en el que la ignorancia, la pobreza y la testosterona cumplen su rol? En un mundo en el que la marginalidad, el espectáculo y la apología de la violencia a través de una infinidad de medios (la música, las telenovelas), la estupidez puede ser parte de una explicación plausible. Y si el único plan es sembrar el caos y el terror, la falta de plan es suficiente y eso vuelve a la población todavía más vulnerable. Así, el casi ausente trabajo de inteligencia de los organismos de seguridad es todavía más difícil.

¿Son chicos sin nada que perder? ¿Da lo mismo estar en las calles de Durán o en la cárcel? ¿Todos llevan la sonrisa cínica de Colón Pico, sabiendo que pronto estarán libres? ¿Es relativamente cómoda la cárcel siempre y cuando esté llena de los de la familia? Las pandillas solían distinguir entre “cultura de calle” y “cultura de cárcel”, según cómo surgieron sus repertorios de supervivencia y acción delictiva. ¿Desaparecieron esas diferencias y son casi intercambiables?

Circula un vídeo en el que guías penitenciarios arrodillados imploran al presidente por su suerte. Antes, un encapuchado declaraba que tanto el secuestro dentro de las cárceles como los probables atentados a civiles, policías y militares eran una reacción al Estado de excepción que permite “que los militares puedan matar a todos los presos de las cárceles”.

De pronto, estos sujetos encapuchados y armados dentro de la cárcel legitiman su violencia como respuesta a la violencia innecesaria del Estado. “Todos saben que la cárcel de La Roca no ofrece todas las garantías”, sentencia el portavoz. De pronto, se convierte en una postura política, en un combate por derechos y no una disputa por prebendas en la cárcel y control de los territorios fuera de ella. 

En 1995 se estrenó la película Dead man walking, basada en el libro de la hermana Helen Prejean, quien fue la asistente espiritual de un sujeto llamado Mathew Poncelet, que aguardaba en el corredor de la muerte por haber asesinado a una pareja de novios, después de haber violado a la chica. Él siempre negó el crimen e imputó a causas políticas la acusación y la sentencia. Era el único blanco en el corredor y debía morir para compensar un poco la sobrerrepresentación de negros que recibían inyección letal. En un diálogo, la madre Prejean hace una comparación de su espera con los momentos de la pasión de Cristo, pues ambos sabían que iban a morir. Poncelet entiende mal y termina aceptando ante Helen Prejean que, en efecto, él es igual que Jesús por su espera y por su lucha (los dos luchan contra un gran poder, el Estado romano o el de Luisiana, da igual). 

No he querido banalizar con esta comparación la situación que vive el país; más bien he querido ejemplificar la actitud de un preso con un arma apuntando a la cabeza de un guía que se declara a sí mismo “luchador de derechos”. Y lo hago porque en nuestra tendencia “sociologizante” y “humanista”, parece que muchas veces le adjudicamos toda agencia a las estructuras sociales o a la falta de políticas de Estado, en la que los sujetos en concreto son apenas víctimas de tales estructuras o ausencias de política. La ética, sus actos y consecuencias se aplican sólo a los individuos, no a grupos, colectivos, estructuras o algún otro concepto (lo contrario lleva al racismo, fascismo, sexismo, etc.). Asimismo, la ética no siempre suele diferenciar circunstancias concretas materiales de los individuos. En la misma película hay también una frase que me quedó para siempre: “Para Cristo, todos los hombres son mejores que el peor de sus actos”. 

¿Qué lleva a un chico de veinte años a entrar armado a un canal de televisión? Tal vez, a veces solo sea ser parte de un juego macabro, sin plan ni espera de las consecuencias.

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