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11 de Diciembre del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
11 de Diciembre del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Qué queda de Alianza País?
En la parte administrativa existe una inmensa herencia impuesta por Correa que también abarca la burocracia común producto de la renuncia voluntaria obligatoria con la que Correa perversamente se apropió de la administración pública. Parecería que Moreno no tendrá necesidad de recurrir a esa demoníaca forma de hacerse de esclavos y de adoradores. Voluntariamente, todos ellos se habrían ya convertido al morenismo.

Divide y triunfarás. Alianza País, el movimiento político armado por Correa para lograr la presidencia y prolongarla por una década, cumplió su objetivo. Desde la lógica de la existencia, AP debía emprender el camino de su desorganización para llegar a su definitiva descomposición. Sólo la reelección indefinida de Correa la habría salvado. Porque AP no ha sido nada más que un significante del poder de Correa. Y toda su ideología se redujo al apropiamiento del poder por Correa como ha acontecido y acontecerá con todos los caudillismos. De hecho, a lo largo de una década, Correa representa a AP, lo significa. Por su parte Moreno pretende significarse a sí mismo en cuanto quiere representar el lado opuesto de Correa. Correa supo que, pese a haber hecho que se apruebe su reelección indefinida, ni con todos los fraudes ya experimentaos habría logrado una tercera elección. Tal vez Moreno se resista a significarse en AP que, a su vez, lo significaría en Correa.

Es cierto que AP representó la mayoría en la Asamblea. También que miembros de AP-Correa copan prácticamente todas las instancias administrativas del gobierno de Moreno, las cortes de justicia, las fiscalías, las superintendencias. En la parte administrativa existe una inmensa herencia impuesta por Correa que también abarca la burocracia común producto de la renuncia voluntaria obligatoria con la que Correa perversamente se apropió de la administración pública.  Parecería que Moreno no tendrá necesidad de recurrir a esa demoníaca forma de hacerse de esclavos y de adoradores. Voluntariamente, todos ellos se habrían ya convertido al morenismo.

AP se fortaleció con el poder de Correa. Desaparecido él, AP, pese a estar originalmente representado en el mayoritario grupo de los asambleístas, entra en una casi inmanejable confusión y cuya solución no puede ser otra que abandonar a Correa para hacer liga con Moreno que posee el poder. El resultado de la visita de Correa al país terminó convenciendo a todos sus antiguos servidores de que él ya no significa el poder de AP. Él es tan solo el pedazo restante de un discurso en hilachas. Correa vino y se dio con la piedra en los dientes. El grupo de sus fieles adoradoras y devotos de la Asamblea es cada vez más insignificante. Es decir, cada día significa menos en el manejo político del país.

La visita de Correa provocó que patéticamente se evidenciasen aun más la debilidad y caducidad del correísmo. De hecho, esa supuesta fidelidad del puñado de sus incondicionales servidores ya casi carece de valor de significación en el mundo político. Políticamente Correa es nadie. Moreno es el presidente. Correa se halla íntimamente ligado a la inmensa corrupción que aparece en sus fieles servidores y amigos. Moreno se ha colocado en la orilla de la anticorrupción. Correa representa la parte ominosa de la libertad y de la libertad de expresión. El país actual buscará afanosamente el final de esa ley de comunicación con la que Correa persiguió la diferencia y la libertad para someterlas a la bienaventuranza de sus caprichos, de sus complejos y sus odios a la diferencia. Necesariamente, Moreno debe descorreizarse y descorreizar el país.

Por él y ante él mismo, Correa se declaró dueño de la verdad y del bien. También se apropió de todos los odios y de todas las venganzas. El país lo sabe muy bien. Por eso lo rechazó cuando vino con las ínfulas de traer nuevamente el saber, la verdad, la virtud y la justicia. Como si los corruptos no hubiesen sido algunos de sus íntimos colaboradores.

A Correa nadie le hizo caso. Lo que queda de Alianza País ya no le pertenece. Se fue más solo y alicaído de lo que vino. Sin duda que le quitará el sueño haber presenciado cómo Esmeraldas lo rechazó sin ningún miramiento. De alguna manera, Esmeraldas habló a nombre del país. Ese rechazo tuvo el valor y el poder de un terremoto final en lo que queda de AP, es decir, en lo que queda de la antigua y enfermiza prepotencia de Correa.

Correa vino a reunificar y fortalecer su partido. También a señalar y castigar a los culpables del oprobio. Pero se dio con la piedra en los dientes. Su supuesto poder no resulto más que un sueño de una noche de invierno. Su pasado ya no existía. El presente del país es otro. Ya no fue posible comprar ciudadanos pobres para conformar las antiguas muchedumbres para que lo veneren. Ya no hay los adoradores a sueldo. Su lugar está ocupado por denuncias internacionales y nacionales de una de las corrupciones más horrorosas de la historia del país.

Correa se fue, sabiendo que la corrupción, una vez que se hizo evidente, no es algo que se deshace con el poder y menos aun con la negación. Ya nadie saldrá en su defensa.

Ciertamente Lenín Moreno es el presidente del país y también de AP. Lo primero nada tiene que ver con lo segundo. Pero para Correa esa relación era de capital importancia porque ello permitiría no solo la sobrevivencia del partido sino también la de él. Correa debía descansar para reemplazar a Moreno luego de cinco años. Para remplazarlo de por vida mediante reelecciones y fraudes indefinidos.

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