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28 de Septiembre del 2020
Ideas
Lectura: 5 minutos
28 de Septiembre del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Por qué tan llenos de corruptos?
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El primitivo e indispensable aliado de la corrupción es el engaño. El corrupto en el poder debe ser alguien que, no solo se vista de monje, sino que sepa oficiar de tal manera el rito, que la mentira aparezca siempre, no burdamente enmascarada, sino absolutamente parecida a la verdad.

Parecería que el país se ha convertido en un perfecto escenario para la delincuencia en los espacios del poder. Esa delincuencia tan especial y que ha sido calificada de corrupción, un calificativo social y éticamente grave. Es decir, se habla de la podredumbre ética.

Es posible que de tanto usarlo, el término haya perdido su valor de significación y ya no exprese todo lo que desea señalar. Y algo más grave aún: que la sociedad se haya acostumbrado a que el poder, del orden que fuese, sea en sí mismo el signo paradigmático de lo corrupto.

El término proviene de la descomposición de los cuerpos vivos. Para que el cuerpo humano se corrompa, es necesario que haya muerto. Porque la corrupción es el producto inmediato y necesario de la muerte. Sin necrosis, aunque solo sea parcial, no hay corrupción alguna. 

De alguna manera, los corruptos sociales son cadáveres éticos que dirigen países, ministerios, empresas, alcaldías o sencillas organizaciones campesinas. 

Para estos cuerpos ya corrompidos hay un solo cementerio válido: la cárcel. Pero ahí radica precisamente el gran conflicto. Estos cadáveres sociales en descomposición ética andan libres porque su enterradora oficial, que es la justicia, los mira con su ojo tuerto. Tan solo excepcionalmente su enterrador los condena porque también él forma parte activa del sistema de corrupción. 

A ningún vivo se le ocurre la peregrina idea de vivir en el cementerio. Y a nadie se le ocurre sentirse ya corrompido como para que los justos sepultureros los lleven a enterrarlo en las cárceles. 

Es necesario asumir el peso significativo de las palabras. Si se habla de corruptos, se debe entender que se trata de ciudadanos devenidos cadáveres éticos que no pueden andar sueltos sin el riesgo de contaminar a los suyos y a toda la sociedad. Pensar que la corrupción no es social y éticamente transmisible es cerrar los ojos a una cruda realidad. 

¿Es que no hay redención? Por desgracia, no. Por ende, la sociedad debe curarse en sano. No es ético que los probadamente acusados de corruptos sean más tarde calificados a desempeñar funciones de elección popular.

¿Cómo pensar que un presidente corrupto no contamine a la parte más importante de su administración, justo a aquella con la que puede obtener pingües ganancias de manera impune? Porque si una jefatura es corrupta, es casi imposible que se rodee de funcionarios éticamente sanos y seguros. 

El primitivo e indispensable aliado de la corrupción es el engaño. El corrupto en el poder debe ser alguien que, no solo se vista de monje, sino que sepa oficiar de tal manera el rito, que la mentira aparezca siempre, no burdamente enmascarada, sino absolutamente parecida a la verdad. Se debe lograr que todos le crean santo y que incluso lo veneren. 

Desde luego que no se trata de una charada ni de un sainete que se desvelan por sí solos. Se trata de un estado, de un status perverso perfectamente bien organizado y cuyo libreto se cumple al pide de la letra. En ese status todo error se paga caro, incluso con la vida. 

Imposible que un presidente de la república en status de corrupción no solamente no corrompa a quienes lo rodean, sino que, además, imposible que no seleccione meticulosamente a los mejores corruptos para su gabinete y para las funciones más importantes. Los funcionarios más importantes son aquellos que manejan grandes cantidades de dinero y los que se encargan de sostener la imagen del gobierno. 

Por ende, un gobierno determinado a toda a no caer en status perverso posee una un grupo que realiza una perenne vigilancia ética sobre sus organizaciones y sus funcionarios. Por ende, aquel funcionario que probadamente es acusado de violentar la ética social es inmediatamente denunciarlo y públicamente descalificado. Un buen perverso siempre debe aparecer como justo.

¿Es que no hay redención? Por desgracia, no. Por ende, la sociedad debe curarse en sano. No es ético que los probadamente acusados de corruptos sean más tarde calificados a desempeñar funciones de elección popular o para desempeñar cargos públicos. Es abominable que probadamente corruptos sean luego jueces, fiscales, alcaldes, presidentes. 

El calificativo de corrupto debería poseer el mismo valor de significación que el signo del Caín. La marca que señale que este sujeto, hombre o mujer, nunca más podrá desempeñar función pública alguna. Si no es así, no hay redención. 

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