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2 de Marzo del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
2 de Marzo del 2021
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

¿Qué tipo de Estado necesitamos?
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En la izquierda, lamentablemente, pesa más su mundo ideológico que la realidad circundante. Ello se pone en evidencia cuando se discute el acuerdo con el FMI. La inexperiencia política y la escasa preparación técnica acentúan esa ceguera.

Cuando nos aproximamos a la segunda vuelta, los ciudadanos necesitamos saber el tipo de estado que la sociedad reclama. Por cierto, no se trata de su tamaño, sino de su capacidad para servir a los ciudadanos.

En época de elecciones no se piensa en lo importante. La suerte corrida por la ley de defensa de la dolarización lo evidencia. Se trata de decisiones difíciles. Sin embargo, si esto se posterga hay el riesgo de que el desembolso del FMI previsto para abril no se dé, lo cual complicaría la operación del próximo gobierno, cualquiera que resulte electo.

Un tema fundamental que debe ser discutido en la segunda vuelta es precisamente el de la defensa de la dolarización que va ligado a la independencia del Banco Central. Mañosamente se confunde independencia con privatización. Esto debe ser aclarado en términos técnicos y no político-electorales.

El modelo de Estado implantado por el correísmo propició un elevado gasto público, en desmedro de su calidad. Se infló la burocracia con finalidades políticas y se invirtió en proyectos faraónicos. No nos preparó para la emergencia que hemos vivido con la pandemia.  En distintos campos se aprecian graves falencias. El sistema penitenciario colapsó.  Las deficiencias en los servicios de salud son múltiples.  Las megaobras eléctricas pagadas con sobreprecio no benefician al usuario. La educación pública no es de buena calidad.

Para remediar este déficit de estado se requiere una labor titánica que debió iniciarse desde hace mucho y se la ha venido postergando.  ¿Qué plantean los candidatos al respecto? El debate en abstracto sobre estado y mercado, no aterriza en problemas concretos. Nadie pone en duda que la presencia del estado se vuelve indispensable, sobretodo en época de pandemia.  De lo que se trata no es de reducir el tamaño del Estado ni de incrementarlo, sino de potenciar su capacidad de gestión. Hace falta eficiencia, creatividad, voluntad política y sobretodo conocimiento práctico.

Ello solo será posible con buenos gobernantes, buenos legisladores, jueces probos, administradores capaces. Las funciones del Estado no deben manipularse para dolosos repartos del poder. El ejercicio del poder del estado debe recuperar su credibilidad. Los ciudadanos deben confiar que los impuestos que pagan no se destinan a enriquecer camarillas sino a financiar servicios públicos de calidad.

Hay que desideologizar el debate. El costo de la pandemia, el número de contagios y muertes no es un tema de derecha ni de izquierda. Lo mismo, la crisis económica,  la crisis del estado. Respecto de la crisis política hay una corresponsabilidad.  Con la ideología se pretende tapar la ineficiencia de los gobiernos. Se les disculpa a los que piensan como nosotros, y se les echa todo el peso de la ley a los que piensan de manera distinta.

El entorno de corrupción del gobierno anterior desfigura el carácter supuestamente ideológico de la contienda por el retorno al poder del correísmo.  No se trata de dar “otro balón de oxígeno a la izquierda latinoamericana”, como lo sugiere El País. En la izquierda, lamentablemente, pesa más su mundo ideológico que la realidad circundante. Ello se pone en evidencia cuando se discute el acuerdo con el FMI. La inexperiencia política y la escasa preparación técnica acentúan esa ceguera.

La campaña electoral aleja en la mente de los ecuatorianos el desafío del gobierno. Sin duda, Lasso, Pérez y Hervas se necesitan, si están realmente convencidos de que coinciden en un objetivo trascendente, como es construir una alternativa al correísmo. Esta es la gran demanda del electorado que va del centro hacia la izquierda, del que no se debe excluir a Lasso. Hace falta la más amplia alianza que articule al ejecutivo y la Asamblea. Bauman señala que “aquello que llamamos progreso no es un movimiento unilineal ni unidireccional, sino algo más parecido a un péndulo que extrae su energía alternativamente del deseo de libertad y del deseo de seguridad” 

Se trata ahora de elegir un camino más que un candidato.  La realidad desborda las visiones parciales. ¿Cómo articular en un plan coherente las propuestas ambientales, de género, étnicas, con las urgencias económicas, sanitarias, sociales, institucionales?

Se trata ahora de elegir un camino más que un candidato.  La realidad desborda las visiones parciales. ¿Cómo articular en un plan coherente las propuestas ambientales, de género, étnicas, con las urgencias económicas, sanitarias, sociales, institucionales? Es en este terreno donde cabe medir la capacidad no solo de los candidatos finalistas sino de toda la dirigencia política y gremial del país.

Para ello es fundamental la gobernabilidad que logre la futura administración. Ello supone apertura, realismo, conocimiento, experiencia, capacidad de gestión.  Implica construir una agenda viable que correlacione el corto plazo con el mediano y el largo. Si reeditamos la polarización de la década pasada relegamos lo trascendente y nos enfrascamos nuevamente en las infructuosas luchas por el reparto del poder para satisfacer apetitos burocráticos y alinearnos con sesgos y objetivos geopolíticos, en lugar de definir soberanamente nuestra condición de país.
   
Hoy vivimos una suerte de ceguera coyuntural por las elecciones. Las lamentables desavenencias de la primera vuelta no deben hacernos perder de vista el norte, el rumbo de la acción colectiva. ¿Qué va a pasar el 24 de mayo?   Sentarse a esperar y entregar un cheque en blanco al nuevo gobierno no es asumir responsablemente nuestra calidad de ciudadanos conscientes. La pasividad le quita valor a la democracia.  Dado que el margen de acción es limitado,  se torna crucial la capacidad del próximo presidente para conducir el barco, y evitar que se hunda.

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