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20 de Mayo del 2015
Ideas
Lectura: 10 minutos
20 de Mayo del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿A qué viene el Papa?
Si en el siglo pasado el tema del Holocausto complicó gravemente al Vaticano, en la actualidad son otros temas igualmente complejos como el de las nuevas sexualidades y los sentidos de la libertad, el oscuro manejo de los dineros. ¿Es mejor no tener manos o esconderlas a reconocer que a veces se las tienen sucias?

La noticia de que el Papa Francisco visitará nuestro país y otros de América ha conmovido a muchos, desde las instancias más altas del poder, hasta a los humildes habitantes de esta geografía múltiple, diversa, contradictoria: la geografía del pensamiento, de la economía, de la libertad, de la no libertad, de la riqueza y la pobreza. La geografía del pensamiento único y del pensamiento múltiple, la de la verdad que se posee, se estatuye e impone y de la verdad que se construye mediante laboriosos ejercicios.

Muchos se han emocionado hasta el regocijo con la noticia de esta visita vivida como un auténtico privilegio, y un gran honor para el país. Desde ahí han comenzado los preparativos que han incluido más de una visita de alto nivel al Vaticano. Las autoridades religiosas e incluso el presidente Correa han visitado al papa Francisco. ¿Qué esperará cada uno en su turno de esta visita? Sin duda, se esperan ganancias que cosechar en el corto plazo, cuando las memorias validan los acontecimientos.

Sin embargo, hay una pregunta básica y quizás muy callada: ¿a qué viene el Papa a estas tierras ecuatoriales y andinas? Es latinoamericano, el primer Papa de estas tierras muy sin importancia como para que un cardenal morocho devenga Papa. Pero ¿será esta la razón de su viaje: visitar a sus compatriotas latinoamericanos? ¿Y por qué no va a su nativa Argentina, si ya recibió en su despacho a la presidenta?  Probablemente venga por razones más razonables que las puramente sociales. De hecho, la Iglesia de Roma vive su peor crisis de fe de su historia.

Aparentemente es fácil hablar de la Iglesia católica desde la religión y la fe, dejando de lado otros aspectos que hacen al Vaticano y su historia. En efecto, las cosas de la Iglesia se han caracterizado más por la equivocidad y la oscuridad propositivas que por su transparencia y verdad. En efecto, la historia dice que, entre todos los Estados europeos, el Vaticano brilla por su alto nivel de secretismo y de ambivalencia frente a los problemas mundiales.

Aferrado a ciertos dogmas mantenidos ad hoc, no se ha permitido analizar el mundo contemporáneo para ubicar los puntos de desarrollo y al mismo tiempo de quiebre de verdades que ya no se sostienen en la cultura contemporánea. El pensamiento dogmático se opone a la sencilla realidad de que la verdad no existe sino que hay que construirla una y otra vez. El Vaticano es también ese viejo régimen monárquico saturado de boato con olor a naftalina que persiste en mantenerse como tal en una Europa democrática, incluso con países en los que hay reyes que no reinan. El mundo es nuevo única y exclusivamente por sus ideologías políticas y sociales. El Vaticano constituye también parte de las anacronías del mundo actual.

Quizás la primera gran verdad del Vaticano sea su falta de suficiente transparencia en muchos aspectos de su vida interna y en las relaciones con el mundo actual regido por ideas, principios y afectos nuevos. Supuestamente protegido por la gran muralla del dogma y de la infalibilidad, los Papas han gobernado el catolicismo sin dar cuenta a nadie. Y las acciones de gobierno no han sido siempre y necesariamente buenas, justas y honradas. Cuánto se criticó a Pío XII por su casi complicidad con el gobierno alemán en la macabra tarea de aniquilar a los judíos europeos. 

En ciertos temas candentes como el divorcio, el aborto, el matrimonio gay, el matrimonio de los sacerdotes, no es válido aquello de que “para no errar es mejor que no tomar partido. “Dios puede perdonar un verdugo por su tarea pero no a un sacerdote, menos a un Papa por su silencio” (Lichtenberg)

Si en el siglo pasado el tema del Holocausto complicó gravemente al Vaticano, en la actualidad son otros temas igualmente complejos como el de las nuevas sexualidades y los sentidos de la libertad, el oscuro manejo de los dineros. ¿Es mejor no tener manos o esconderlas a reconocer que a veces se las tienen sucias?

Sistemáticamente, el Vaticano ha negado las acusaciones sobre lavado de dinero y lo ha atribuido a malos entendidos y a posibles errores “contables” con lo que se ha pretendido justificar los crónicamente turbios manejos de la banca del Vaticano. Estos “errores contables” también se extendieron a los errores en la narrativa sobre lo que acontece en el mundo actual, sobre todo en lo que concierne a la pobreza originada por la explotación y justificada por la fe: bienaventurados los pobres que sufren ahora, a ellos se les compensará con creces en el reino de los cielos. Sin embargo, todos quieren estar bien aquí y ahora pues luego de la muerte, solo la muerte.

Ciertamente, se trata de que el Vaticano “cuente” al mundo sus supuestos errores. Que cuente la verdadera verdad sobre el silencio a unos de los mayores crímenes de lesa humanidad: el abuso sexual a niños y niñas. Ha guardado, por ejemplo, un carismático silencio sobre la sistemática violación a niñas y niños en las favelas de Río y Sao Paulo por parte de sacerdotes y teólogos.

Pero no viene  por nada de esto. Viene porque el catolicismo, que es eminentemente occidental, está en bancarrota en Europa. Parecería que la Europa de la postguerra dejó de lado los dogmas de la religión que no explican el hambre y la violencia en África, por ejemplo. De hecho, ya se habla de una Europa agnóstica preocupada por realidades cada vez más complejas como las de la seguridad, la libertad, la economía, la justicia y el desarrollo, la guerra y la paz. 

Hay sociólogos europeos que no dudan en afirmar el declive acelerado del cristianismo europeo ha sido sustituido por otras preocupaciones mucho más existenciales y fácticas. “La religión languidece ante el avance del secularismo y Dios es desalojado de la plaza pública con una mezcla de impaciencia y de bochorno”. ¿Solo pesimismo de la vieja Europa que se hizo con la imposición de la fe y sus contradicciones? Quizás sea una buena opción por lo social, política y éticamente válido. 

¿Y las Américas? Estados Unidos es un hervidero de nuevas ideologías y una mezcolanza de creencias y de actitudes religiosas. Allí las religiones se inventan y se imponen al ritmo de las estrategias que sirven para la explotación social y económica. Estos movimientos dan cuenta de cierta banalidad tanto en las actitudes ante lo religioso como ante los objetos de la fe en sí. Los nuevos movimientos religiosos son más claramente que nunca asunto de negocio rentable y no precisamente de ese espacio de supuesta trascendencia comprometido por lo general en toda religión.

Luego de siglos de una fe ceremonial y ritualística, las iglesias se han vaciado y lo poco que queda sigue formando parte de la sociología y antropología del rito contemporáneo del acontecimiento. Las ceremonias bautismales y matrimoniales probablemente constituyan los espacios en los que mejor se evidencie la reducción de la fe a la ritualística social.

El Papa Francisco, jesuita y sudamericano, lo sabe muy bien. Él trabajó con grupos marginales, por preferencia personal y también porque quizás ahí podía hallar la fe perdida en la batahola de ideas y necesidades de un mundo absolutamente inestable, inescrupuloso y hecho por y para el hedonismo. De la pobre iglesia de barrio pasó al boato absoluto de El Vaticano. ¿Qué hace para ser fiel al hombre de la barriada de Buenos Aires?

En las Américas se hacen cada vez más evidentes las contradicciones sociales y religiosas. Ya no se puede predicar a los pobres el advenimiento del paraíso para después de la muerte. El cielo y el infierno son aquí y ahora. Las violencias sociales, políticas y económicas ya no se resuelven con la fe sino con veraces y sostenidas políticas públicas. 

Seguramente el Papa Francisco no viene a que lo aclamen las multitudes, pues ya no pertenece a ese poder que se sostiene en la fatuidad de las aclamaciones de las masas. ¿Querrá, acaso, decir al pueblo que él sí tiene la compañía de Jesús? ¿Cómo decirlo a estos pueblos andinos explotados por ideologías destinadas a sostener las bienaventuranzas de los poderes omnímodos?

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