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29 de Enero del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
29 de Enero del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Por qué votar todo SÍ
Votemos SÍ, pero sin renunciar a la urgencia de cambios importantes en el régimen político y administrativo del país. Votemos SÍ pero volvámonos tenaces exigentes de un discurso de verdad y de honorabilidad. Que en ningún lugar del quehacer político, económico y social del gobierno se nos meta gato por liebre.

Casi por principio, las cosas políticas nunca son suficientemente diáfanas como para que no encierren segundas y terceras intenciones. Ni siquiera en los elementales discursos de la cotidianidad se producen manifestaciones de verdad absoluta. Por, principio, los discursos del poder y aquellos que tienen que ver con el mismo se hallan atravesados por la duda, la incertidumbre y la sospecha. Existe una suerte de hermandad significativa entre el discurso del poder político y el engaño.

Hasta se podría sospechar que al ejercicio de lo político le pertenece como bien personal la capacidad de ocultar el saber y la verdad. Por lo mismo, no solamente la capacidad de engañar sino también la asunción del engaño como una suerte de virtud e incluso de fortaleza del poder. Si de suyo resulta siempre difícil hablar la verdad con diafanidad suficiente como para que no conduzca a equívoco alguno, en el caso de lo político la relación directa entre la verdad y el discurso bien podría ser inversa. Es decir, la capacidad de engañar podría primar sobre la obligatoriedad de enunciar la verdad.

¿Por qué no se le podría exigir que, por principio, el poder enuncie siempre la verdad y solo la verdad? ¿Implicaría ello algo así como pedir peras al olmo? ¿Por qué lo político, entre nosotros, incluida la misma democracia, debería sostenerse sobre la base de presupuestos  absolutamente camaleónicos?

Exijamos respuestas al poder incluso aceptando el principio de que no existe la verdad, de que nadie la posee porque no es una cosa ni se halla escondida en alguna parte y menos aún en la confusión de las lenguas, en esa confusión en la que vivimos desde siempre, esa confusión acrecentada ad infinitum en la última década.

De hecho e irreparablemente, hay que aceptar que al país se lo convirtió en una torre de babel. Y cuanto más pasa el tiempo, más se evidencian los efectos de la confusión de las lenguas de la libertad, de la democracia y de la verdad.

En mayor o menor grado, los quehaceres de nuestra política han sido siempre turbios y con un claro olor a podredumbre a veces bien disimulado. Porque, aunque no se quiera aceptar, las palabras, las enunciaciones, los decires se pudren y terminan oliendo muy mal. Sin embargo, y por desgracia, los pudridores de los discursos políticos cuentan con cierta habilidad para que los putrefactos cadáveres de la verdad aparezcan como lozanas enunciaciones de profunda sinceridad.

Sin embargo, siempre llegará el momento en el que la fetidez de esta podredumbre se torne insoportable. El momento en el que se caigan en pedazos los vestidos de gala que vestía la hipocresía. Porque tarde o temprano la corrupción termina denunciándose a sí misma. Cuando cae un pez, muchos otros lo seguirán en la hecatombe de la mentira y de la corrupción. Si esto no aconteciese, es preciso mirar debajo de la mesa para saber lo que acontece entre jueces, fiscales y acusados.

Constituyó una inmensa tontería creer en el discurso de las manos limpias y de los corazones ardientes. Porque, de suyo y por naturaleza, esas enunciaciones pertenecen al mundo de lo corrupto. Nuestra experiencia de una larga década en la que un hombre vestido de presidente se adueñó de toda la verdad. Porque la honradez y la verdad visten la sencillez de lo cotidiano y no necesitan de gritos ni de amenazas para justificarse. No requieren de grandes tribunas para enunciarse ni de inmensas muchedumbres compradas para fortalecerse. La verdad se fortalece en sí y de sí misma. Las violencias y la verdad se oponen inevitablemente. Las violencias pertenecen a los malvados

¿Por qué votar todo sí en la consulta popular? ¿Sólo para enfrentarnos, de una vez por todas, al autoritarismo despótico y perverso de Correa? Ciertamente es esta una buena razón aunque no del todo suficiente. Y no es suficiente porque la urgencia de desbaratar el perverso escenario correísta no nos debe conducir a no mirar siempre el revés de las tramas políticas. Pelearse con Correa no es suficiente para legitimar un gobierno. Hacen falta más argumentos que tengan que ver con un cambio radical de política social y económica.

Votemos SÍ, pero sin renunciar a la urgencia de cambios importantes en el régimen político y administrativo del país. Votemos SÍ pero volvámonos tenaces exigentes de un discurso de verdad y de honorabilidad. Que en ningún lugar del quehacer político, económico y social del gobierno se nos meta gato por liebre.

Votemos todo SÍ, pero también asumamos el derecho a exigir que se den cambios importantes en el equipo de trabajo que acompaña al presidente Moreno. Que nuestro SÍ no sea asumido como un cheque en blanco con el que el gobierno del presidente Moreno pueda farrearse nuestras esperanzas.

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