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7 de Septiembre del 2020
Ideas
Lectura: 4 minutos
7 de Septiembre del 2020
Giovanni Carrión Cevallos

Economista y Magister en Estudios Latinoamericanos.
@giovannicarrion

¿Para quién se gobierna?
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Hay una suerte de desencanto con la democracia a la que Winston Churchill, valga recordar, calificó como "el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado".

El gobierno del presidente Lenín Moreno terminará su paupérrima gestión en medio de un abierto rechazo ciudadano. A este ritmo, en Carondelet se deben contar los días y hasta las horas para llegar al mes de mayo/2021 y terminar con ese gran fiasco llamado morenismo. De acuerdo con la firma Cedatos / Gallup apenas el 9% de la población aprueba la gestión del Primer Mandatario y solamente un 8% de los ecuatorianos cree en su palabra. Sin duda, se tratan de cifras que condenarán -por lo menos en lo político- a que este régimen no se le reconozca mayores méritos y, consecuentemente, permanezca en el olvido en tanto ha sido incapaz de generar condiciones favorables para enfrentar una crisis economía, social y sanitaria que hoy nos desborda.

Sin duda, cuando se advierten niveles tan bajos de popularidad y aceptación nos preguntamos, mirándonos unos a otros y con los ojos tan abiertos como platos extendidos: ¿para quién gobiernan nuestras autoridades? Y la respuesta la encontramos en el Estudio Latinobarómetro 2018 en el que se lee que un 79% de los latinoamericanos cree se gobierna para unos cuantos grupos de poder y en función de sus mezquinos intereses. En el caso de Ecuador, el guarismo se ubica en 81%, es decir, por sobre la media regional.

En esas condiciones de precariedad democrática se evidencia que existe un distanciamiento cada vez más pronunciado entre el mandatario y sus mandantes. A propósito, miremos lo que sucede con la Asamblea Nacional. La palabra del legislador apenas alcanza un 2% de credibilidad, es decir, no tiene valor alguno. Por otro lado, la aprobación del primer poder del estado llega al 5%, lo cual se traduce en una expresión de repudio popular ante tanta podredumbre de la política nacional. Y es que el grado de descomposición de nuestras instituciones es tal que la población percibe a la corrupción como uno de los principales problemas que captan su atención y preocupación incluso superando a temas y realidades complejas como la economía, el costo de vida, desempleo y crisis sanitaria.

Cuando se advierten niveles tan bajos de popularidad y aceptación nos preguntamos, mirándonos unos a otros y con los ojos tan abiertos como platos extendidos: ¿para quién gobiernan nuestras autoridades?

Todo esto habla que la democracia representativa está en crisis, pues, como bien lo sostiene la intelectual Chantal Delson, al referirse a la desconexión entre el pueblo y sus gobernantes / representantes, que mientras esa distancia e intereses contrapuestos sigan siendo mayores, ‘…la representación se convierte en una engañifa, ya que para representar algo correctamente, al menos hay que parecerse o sentirse unido a quien representa…”.

Lo cierto es que hay una suerte de desencanto con la democracia a la que Winston Churchill, valga recordar, calificó como ‘el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado’. Así, en el estudio Latinobarómetro 2018 se evidencia apenas un 24% de satisfacción con la democracia en América Latina.

Ahora mismo, en Ecuador, a puertas de un nuevo proceso eleccionario, han proliferado los candidatos como kikuyo en jardinera descuidada, todo esto a pesar que el 95% de los ciudadanos desconfía de los políticos y de sus díscolas prácticas. Muchos lo harán por minutos de fama, otros para tejer -desde el oportunismo- pactos o alianzas que rindan sus frutos en el momento adecuado. ¿Cuántos lo hacen con la responsabilidad que implica ejercer la representación ciudadana?...

Hay que recobrar el verdadero sentido de la política, entendida como servicio y que, por lo mismo, la administración de la res pública está reservada para hombres y mujeres de valores y principios acerados y que tienen bastante claro que el bien común está por sobre los intereses particulares o de grupo.

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