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29 de Agosto del 2017
Ideas
Lectura: 10 minutos
29 de Agosto del 2017
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Quito al garete
La falta de liderazgo de Mauricio Rodas se midió en toda su dimensión la semana pasada cuando provocó, con su indecisión, el paro del transporte público de Quito.

Después de tardarse meses en decidir la medida del alza de pasajes y cuando todas las expectativas se centraban en la decisión del Concejo Metropolitano en su sesión del jueves 24, Rodas y los concejales, temblorosos e indecisos, postergaron una vez más la resolución, burlándose de los transportistas. Aunque una medida de hecho es algo extremo, y son condenables los actos de violencia en que cayeron algunos transportistas, esta vez la ciudadanía pudo darse cuenta de que el paro fue provocado por tanta burla y demora.

Nadie está feliz con subir los pasajes. Pero si son 14 años los que han transcurrido sin que haya un alza, si ya en otra ciudad como Cuenca pagan 30 centavos el pasaje, no necesitaban darse tantas vueltas para decidir la nueva tarifa. Pero en vez de afrontar con valentía y liderazgo el tema, a Rodas y a los actuales concejales no se les ocurre más que poner pretextos y postergar y procrastinar y disfrazar las cosas como que fueran más estudios los que hacen falta.

El líder, el verdadero líder, habla a la cara a la gente y la prepara para que entienda una medida, si es que esta es inevitable. Es odioso hacer comparaciones, pero la última alza de pasajes, esa de hace 14 años, la decidió el Concejo Metropolitano del que me honré ser parte, bajo el liderazgo de Paco Moncayo, y la gente no nos arrastró ni al alcalde ni a los concejales, quienes votamos en consenso (como casi todas las decisiones del Concejo) por el alza.

El pueblo aceptó la medida. ¿Por qué? Porque el liderazgo de Moncayo y la cohesión del Concejo, permitían que la ciudadanía entendiera la inevitabilidad de un ajuste de tarifa. Era una época en que la ciudad avanzaba como un todo, incluso en decisiones tan poco populares como un alza de pasajes.

¿Y de dónde nacía ese liderazgo? De que había, como el propio Moncayo solía decir, los elementos de un buen gobierno: un buen líder, el mejor equipo, alineado estratégicamente y con principios y prácticas honestas.

En el Concejo, elegido popularmente, estábamos, como es lógico, personas de distintos partidos. Moncayo incluso sin mayoría, como sucedió al inicio de su alcaldía, lograba el consenso, porque tenía un plan claro y actuaba de manera transparente.

Su equipo fue escogido sin preferencias políticas: por su capacidad, no porque fueran compañeros de Paco Moncayo ni afiliados a la Izquierda Democrática.

El plan es clave para alinear al equipo: es el que da el norte, y de allí bajan los objetivos, los programas y las metas (un objetivo logrado en un tiempo determinado). Pero, como dice mi antiguo colega del Concejo Metropolitano de esa época y, por cierto, de oposición, Fernando Carrión, “la planificación municipal en Quito murió en el 2009 y no se ha logrado retomarla”. Supongo que no habla de la planificación territorial, en la que profesionales de alto nivel como José Ordóñez y Jacobo Herdoíza lo hacen muy bien, cuando les dejan, y de lo que habla es de la planificación estratégica del distrito metropolitano en su integralidad. Una planificación que tras repetidas reuniones con todos los sectores de la ciudadanía y partiendo de diagnósticos bien trabajados, definió por consenso cuatro ejes estratégicos: uno social, uno económico, uno político y uno administrativo. Porque lo que queríamos los quiteños y quiteñas era “una sociedad equitativa e incluyente”; una “economía productiva, competitiva y diversificada”; una “ciudad gobernable y democrática, con fuerte ciudadanía social” y, finalmente, “un territorio eficazmente gestionado”.

La alineación estratégica del equipo se lograba, entre otras cosas, con las reuniones directoriales de los lunes, en que Paco Moncayo se reunía con todos los secretarios, directores, gerentes y administradores zonales del municipio para compartir las orientaciones, los problemas, medir el avance de los planes y lo que faltaba para alcanzar las metas (incluso con la metodología del Balanced Score Card). Todos los lunes. Todas esas personas. Sin falta.

Pero claro, vino Barrera, y se pasó años borrando toda la institucionalidad y los planes no solo de Moncayo sino los que venían de un acumulado de años de buenas prácticas municipales. Por ejemplo, la cooperación público-privada, que en todas las ciudades exitosas del mundo ha funcionado, fue borrada por la filosofía estatista de Alianza País, que más que dar primacía a lo público daba exclusividad al Estado mientras se ahuyentaba a lo privado y se reprimía la participación. Eso incluyó también acabar con la cooperación con la academia, el otro vértice del triángulo que siempre impulsamos en la primera década del siglo. Pero lo que vino con esto fue peor: Barrera renunció a la personalidad de Quito y convirtió a la alcaldía en una dependencia más del Gobierno central, que es una de las razones por las que perdió tan ampliamente en su intento de reelección (reelección de la que por cierto no se ha olvidado, ya que quiere ser candidato para el 2019).

Y con Rodas, ¿qué tenemos hoy? Un Concejo fragmentado y feudalizado, en el que cada concejal es un señor feudal (estoy usando señor feudal sin marcación de género, para incluir a las concejalas), a cada uno de los cuales ha dado el manejo de una administración zonal y/o una empresa metropolitana que mangonean igual que un feudo.

El equipo municipal, por otra parte, tampoco está alineado. Responde a su concejal y no al alcalde. Es que, además, Rodas no hace nunca reuniones de equipo. Ni una sola de la que se tenga memoria en su alcaldía.

Así se configura su falta de liderazgo, producto de su ausencia de norte y de su escasa habilidad para conducir equipos. La prueba está en que, de tener al inicio de su gestión una situación relativamente manejable en el Concejo, con tres bloques de concejales (AP con 11, Suma-Vive con 9 y Creo con 1), hoy haya en el Concejo diez o más “bloques de uno” (los llamados independientes) más los bloques debilitados de AP (que tiene, según las últimas noticias, ocho miembros, pero que cada vez irá teniendo menos por la implosión que vive ese movimiento), el de Suma, reducido a tres, y el de Vive.

La feudalización nace, reitero, sobre todo de la falta de planes y ausencia de liderazgo, y de la debilidad producto de esta dispersión y falta de disciplina, por lo que Rodas ha tenido que repartir pitanzas para poder gobernar. También proviene, hay que reconocerlo, de la herencia que dejó Barrera. Y del resultado de la década de centralismo administrativo nacida de los dogmatismos del período correísta.

Como todos recuerdan, la municipalidad de Quito había avanzado mucho en el camino de convertirse en un verdadero gobierno de la ciudad, con una descentralización efectiva respecto del gobierno nacional y una desconcentración real (con administraciones zonales empoderadas). Todo se borró a partir del 2009. El origen está en la Constitución (2008), concretada en el Código Orgánico de Organización Territorial, Autonomía y Descentralización (Cootad, 2010) que, como todas las leyes del correísmo, es mendaz desde el título porque, como cuerpo legal, es el más contrario a la autonomía y descentralización que pueda concebirse, como se ha comprobado ampliamente desde su expedición. No solo que el Cootad cercenó al Distrito Metropolitano de Quito las competencias en salud y educación que tenía, sino que paró en seco su avance hacia un gobierno autónomo.

Si a esto se añade el recorte de funciones a las administraciones zonales que, por decisión de Barrera, pasaron a ser una suerte de comisarías, mientras creó una Agencia Metropolitana de Control centralizada (que sigue siendo feudo de barreristas), tenemos que descentralización y desconcentración desaparecieron.
Todo lo de “Gobierno” y “Autónomo” y “Descentralizado” se quedó en etiqueta huera y broma sarcástica. Y eso vale para todos los municipios y consejos provinciales, aunque ninguno estaba tan avanzado en construir un gobierno local como Quito. De paso: otra consecuencia de esto es lo sucedido con sus organismos gremiales, como la Asociación de Municipalidades (AME), el Consorcio de Consejos Provinciales (antes Concope hoy Congope) y el Consejo Nacional de Gobiernos Parroquiales Rurales del Ecuador (Conagopare), los cuales hoy no pasan de ser sendas dependencias del ejecutivo, ni más ni menos.

Rodas no pudo sustraerse a esta ola de estatismo y recentralización, pero aportó, claro que aportó, con su falta de visión, su carencia de decisión y su indigencia de liderazgo. Así, no existe coherencia ni en el concejo ni en el municipio, ninguna alineación estratégica porque no hay conducción, no hay planes, no hay ni siquiera sentido de ciudad, menos unos indicadores que permitan medir metas. Es un desbarajuste que no se merece Quito.

[PANAL DE IDEAS]

Patricio Moncayo
Fernando López Milán
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Carlos Rivera
Mariana Neira
Carlos Arcos Cabrera
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Natalia Sierra

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