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2 de Diciembre del 2014
Ideas
Lectura: 5 minutos
2 de Diciembre del 2014
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista.

Quito ciudad maravilla
Si Quito logra ser nominada como una ciudad de maravilla se nos presentará una nueva oportunidad a los quiteños y residentes para recuperar amabilidad y capacidad de servicio. Ser gentiles y serviciales en modo alguno es una invitación a ser afectados o serviles.

Quito está en posibilidades de ser declarada una ciudad maravilla junto con otras seis. La posibilidad surgió hace dos años cuando nuestra capital fue nominada para este galardón, entre 1.200 metrópolis. Durante este lapso Quito fue superando todos los pasos. Quedó entre las primeras 300 clasificadas, luego entre las 77, después entre las 28, luego entre las 21 y ahora se ubica entre las 14 urbes más bellas del mundo. Este 7 de diciembre sabremos si constamos entre las nuevas maravillas.

El certamen se desarrolla por medio de votaciones del público y las consideraciones de siete expertos: el profesor Federico Mayor, ex director de la UNESCO por 12 años; Zaha Hadid, ganadora del premio de arquitectura Pritzker en 2004; el profesor Winy Mass, investigador sobre el futuro de las ciudades; Simon Anholt, autor de un libro titulado La ciudad y su marca; Bernard Weber, vinculado con el campo de las nuevas tecnologías de comunicación y los medios sociales; Kennedy Odebe, presidente de Shining Hope for Communities y el profesor Amitabh Kundu, autor de artículos con reconocimiento global.

Estos especialistas en diversos campos definen su apoyo a partir de ciertos criterios: “fortalezas actuales y/o potencial para un crecimiento sostenible en términos culturales, medio-ambientales, económicos y turísticos; que tenga una herencia histórica o potencial para desarrollar y sostener un legado histórico para el futuro; que la estrategia como ciudad busque un equilibrio de espacios de infraestructura, vivienda, trabajo y recreación”. Inmensas expectativas que o deberán ser consolidadas o tendrán que ser potenciadas a partir de embrionarias experiencias …

Ser elegida entre las siete ciudades maravillosas no significará para Quito ostentar un membrete sino asumir responsabilidades con las actuales y futuras generaciones. No solo con los turistas que la visitan, sino especialmente con sus moradores, con quienes la vivimos, disfrutamos y también la sufrimos día a día. Un reto no solo para sus autoridades locales, sino para toda su población residente, estimada en algo más de 2.2 millones de habitantes. De modo que convertirse en ciudad maravilla representará para Quito muchísimo más que incrementar el turismo, y generar ingresos económicos.

Quito es una localidad con múltiples problemas. Desplazarnos por ella, en todas las modalidades imaginables, es riesgoso, complicado, incómodo y poco seguro. De convertirnos en ciudad maravillosa todos tendremos que aportar para optimizar la movilización en ella.

Habremos de transformar las condiciones de inseguridad y mejorar con ello las percepciones que nos apartan de caminar por múltiples lugares y nos acercan a la sospecha, a la desconfianza, al miedo.

Deberemos perfeccionar mucho el estado de limpieza e higiene en los espacios públicos y comunes, también en muchos sitios privados. Desterrar varias prácticas burocráticas, horarios poco amigables y los retrasos provocados por la llamada “hora ecuatoriana”. Todo esto despejará los rostros, los volverá menos fruncidos y el clima social podrá ser más amistoso, menos tenso, más cordial. Menos mecánico y repetitivo como aquel rutinario “que tenga un lindo día”, repasado sin convicción alguna, solo porque fue la recomendación del último seminario sobre estrategias de comunicación con el cliente. Ganaremos todos.

Si Quito logra ser nominada como una ciudad de maravilla se nos presentará una nueva oportunidad a los quiteños y residentes para recuperar amabilidad y capacidad de servicio. Ser gentiles y serviciales en modo alguno es una invitación a ser afectados o serviles. Al contrario significa vivir con alegría, con ese “sentimiento grato y vivo que suele manifestarse con signos exteriores”, por medio de “palabras, gestos o actos con que se expresa el júbilo”.

Alguien podrá argüir, y con cierta razón, que lo planteado es imposible, en un ambiente de polarización, de restricciones de libertades, de represión, de prohibiciones. Y yo podría replicar que sí es factible, y entonar el poema cantado por Joan Manuel Serrat, inspirado en el de Mario Benedetti:

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del caos y de las pesadillas
de la ajada miseria y de los miserables
de las ausencias breves y las definitivas.

Defender la alegría como un atributo
defenderla del pasmo y de las anestesias
de los pocos neutrales y los muchos neutrones
de los graves diagnósticos y de las escopetas.

Defender la alegría como un estandarte
defenderla del rayo y la melancolía
de los males endémicos y de los académicos
del rufián caballero y del oportunista.

Defender la alegría como una certidumbre
defenderla a pesar de dios y de la muerte
de los parcos suicidas y de los homicidas
y del dolor de estar absurdamente alegres.

Defender la alegría como algo inevitable
defenderla del mar y las lágrimas tibias
de las buenas costumbres y de los apellidos
del azar y también, también de la alegría.

[PANAL DE IDEAS]

Carlos Arcos Cabrera
Francisco Chamorro
Gonzalo Ordóñez
Gabriel Hidalgo Andrade
Adrian Bonilla
Carlos Rivera
Paolo Vega López
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Andrés Quishpe

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