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7 de Noviembre del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
7 de Noviembre del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Las reacciones de un demócrata y de un par de autoritarios
La comparación de las reacciones de Obama, por un lado, y Trump y Correa, por el otro, a la presencia de infiltrados en sus reuniones políticas, muestran el contraste de la tolerancia y la intolerancia; del humanismo y la megalomanía; de la empatía y el narcisismo.

A lo largo de los 10 años que le sufrimos, Rafael Correa ha dado repetidas muestras de su megalomanía y narcisismo. Bajo el pretexto de defender la dignidad del presidente de la República, nos deja, con ayuda de un sistema judicial obsecuente, toda una jurisprudencia de intolerancia a la crítica y de castigo a quien haya osado faltarle al respeto. Correa ha elevado a su persona y a su cargo a una altura sagrada, intocable e inmarcesible, digna de un sátrapa o un faraón, y no de un gobernante de un país democrático en el siglo XXI. Testimonio pueden dar, y muy reciente, el capitán de navío Edwin Ortega y, algo más antiguo, el coronel de policía César Carrión.

Esa misma actitud de “intocable” es la que Correa ha sacado a relucir, frente a los periodistas que hemos recibido insultos o amenazas por cuestionarle, y hemos visto su transformación en monstruo furioso en las pocas veces que ha aceptado entrevistas cara a cara. Correa cree que debemos tener fe ciega en su palabra y en su persona, profesarle vasallaje y sometimiento, y se enfurece cuando alguien duda de ella y, peor, si la refuta o disiente, como ha sucedido cuando, hace años, mandó sacando a Emilio Palacio o, hace poco, cuando perdió la cabeza ante las preguntas de Andrés Carrión.

Por contraste, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, acaba de dar este viernes una lección de cómo se aplica el principio básico de la democracia que es aguantar la crítica. A la vez dejó traslucir, de nuevo, su profundo humanismo, al aceptar al contradictor como persona. Fue durante un mitin de la campaña electoral en Carolina del Norte. Como se puede ver en los videos del acto, Obama no perdió la calma ni un segundo cuando un seguidor de Trump interrumpió un acto de campaña por la candidata presidencial de Hillary Clinton, se esforzó y logró calmar a la masa que estaba abucheando al opositor y les dijo: “Primero que todo, vivimos en un país que respeta la libertad de expresión. Segundo, parece que él puede haber servido en nuestras fuerzas armadas, y tenemos que respetarlo por eso. Tercero, es una persona mayor y tenemos que respetar a nuestros mayores. Y cuarto, no abucheen, ¡voten!. No abucheen, ¡voten!”.

Lo último es una frase muy repetida por Obama en estos últimos días (suena mejor en inglés: “Don’t boo. Vote”), en que se ha volcado a ayudar a Hillary Clinton, como tantas otras figuras políticas que la apoyan. Pide que se enfoquen en una cosa: en votar ellos y sacar a la gente a votar. Lo lograron, en parte, en las urnas de voto adelantado, abiertas desde hace semanas en algunos estados. En Florida se dice que salieron 150% más latinos a votar adelantado que en las elecciones de hace cuatro años, y solo el viernes 57.000 latinos votaron en Nevada. La gran organización de campo de Clinton espera que ello funcione mañana martes 8, el día de las elecciones, especialmente en los estados bisagra.

Respetar al contrario no quiere decir que no se lo critique. Obama mismo ha dicho que Trump va a hacer daño a la democracia estadounidense, y no deja de citar a la senadora republicana Susan Collins que dijo que sería terriblemente peligroso para el mundo dejar los controles de la guerra atómica en manos de una persona tan errática como Trump. Y, como dijo Obama poco después del incidente en Carolina del Norte, es deprimente que en EEUU se haya llegado al punto en que las atrocidades que dice Trump aparezcan como “normales” como si fuera un “reality show” en el que hay que exagerar y poner más drama para tener una mayor audiencia.

“No es normal, no es aceptable, no hay excusa, no se puede pretender que no está pasando”, exclama el presidente estadounidense.

Casi como un ejemplo de lo contrario, al día siguiente, es decir este sábado, un hombre interrumpió un mitin del candidato republicano en Reno, Nevada. El propio Trump, como otras veces, incitó a sus seguidores a detenerlo, pero esta vez, los agentes del Servicio Secreto, encargados de la protección de los candidatos, se apresuraron a sacar a Trump del escenario, creyendo que el hombre podía ser una amenaza, lo que resultó una falsa alarma.

Como luego declaró el individuo, Austyn Crites, lo único que alcanzó a hacer fue levantar un cartel que decía “Republicanos contra Trump” y fue de inmediato linchado por las personas que le rodeaban, golpeado, agarrado por los genitales, tirado al suelo y pateado, incluso antes de que alguien gritara que había una pistola, lo que provocó la acción de los agentes del Servicio Secreto. No se le encontró ningún arma ni se le imputó de falta alguna. Lo sucedido es un ejemplo ominoso de lo que podría ocurrir en caso de un triunfo de Trump, quien ha prometido permitir la tortura y, en especial, la técnica del ahogamiento; matar a las familias de los terroristas; prohibir religiones enteras en EEUU; encarcelar a su contrincante demócrata; perseguir a la prensa independiente; expulsar a millones de inmigrantes; construir el muro con México; repudiar el Nafta; poner aranceles de 35% a los productos de China; instaurar, en fin, un gobierno autoritario y pendenciero, y eso sin mencionar su misoginia.

A Obama ya le han interrumpido otras veces, y siempre lo maneja con una sonrisa y una alabanza a la libertad de expresión. Alguna vez bromea con los contramanifestantes, diciéndoles que deberían hacer un trato: organizar su propio mitin. Con Trump siempre sucede lo contrario, pues este azuza a sus seguidores a atacar a los infiltrados y no ha dejado de decir que él mismo les daría un trompón en la cara.

El contraste no puede ser más evidente, y nos recuerda lo que sucedió cuando el ecologista Luis Jacobo Corral interrumpió un mitin de Correa. Fue en mayo de 2011 y el ecologista fue agredido de forma brutal, con golpes y patadas por la guardia de seguridad y funcionarios públicos. Las redes sociales lo han recordado estos días, precisamente contrastando las reacciones de un verdadero estadista demócrata como Obama y de un megalómano autoritario como Correa.

Pero este va a tener que acostumbrarse a la disidencia y a la contradicción. Y tomarlas no como una afrenta a una sagrada majestad omnipotente sino como una crítica normal en democracia. Y más todavía ahora que su palabra tiene muy poca credibilidad. La mayoría de la población simplemente no cree en su palabra; incluso, un buen porcentaje (40%) dice no creerle nada. Sus sabatinas son cada vez más escuálidas, tanto en asistentes como en audiencia radial y televisiva. Y, por último, la próxima sea la sabatina número 500, lo que muestra el aguante de los ecuatorianos, la esperanza es que ya no quedan sino 22 más: cinco este año (supongo que no las hará los sábados 24 y 31 de diciembre) y 17 el próximo, siempre y cuando no se le ocurra tener sabatina en la víspera de las elecciones, aunque ya lo hizo en las municipales burlándose de la ley y de la democracia.

[PANAL DE IDEAS]

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