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15 de Mayo del 2017
Ideas
Lectura: 14 minutos
15 de Mayo del 2017
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Recordando a Hernán Rodríguez Castelo
HRC es el más prolífico intelectual de toda la historia del Ecuador y, probablemente de América Latina, al haber publicado 128 libros en vida y dejar listos varios volúmenes más. Y todos ellos de gran calidad.

La Academia Ecuatoriana de la Lengua, AEL, tuvo el acierto de dedicar la sesión solemne por su aniversario el pasado jueves 4 a rendir homenaje a la memoria de quien fuera su subdirector, el gigante del intelecto Hernán Rodríguez Castelo, fallecido hace dos meses y medio.

En lo que no anduvo tan acertada la academia es en pedir a quien esto escribe que sea parte de este homenaje, porque no me siento a la altura de la tarea. La obra de HRC es tan grande ––grande en extensión pues HRC es el más prolífico intelectual de toda la historia del Ecuador y, probablemente de América Latina, al haber publicado 128 libros en vida y dejar listos varios volúmenes más, y grande en altura, por la calidad de esta ingente obra–– que ni el más persuasivo de los oradores podría hacerle justicia.

Al ser tan extraordinario el personaje me concentré en unos pocos aspectos, dado que el académico Marco Antonio Rodríguez trazó, con su reconocida solvencia y elegancia, un retrato general del personaje.  Por mi parte, eché ––como una linterna que con su haz descubre, dentro de una catedral a oscuras, arcos, bóvedas, coros, altares, volutas––, alguna luz sobre tres facetas de la catedralicia personalidad de HRC: el maestro, el andinista y el comunicador

Esos tres arcos cubrieron la vida entera de Hernán y, como las nervaduras del gótico, se entrelazaron en la altura con los otros arcos de su monumental labor intelectual y humana: los de historiador de la política, historiador de la literatura, historiador del arte, crítico de la literatura, crítico del arte, crítico musical, crítico cinematográfico, lingüista, autor de literatura infantil, editor, polemista, asesor, consultor de organismos nacionales e internacionales, académico de la Lengua y de la Historia, que son otros tantos e impresionantes arcos que conforman la colosal catedral que construyó con su incesante, insólito y francamente inexplicable quehacer intelectual.

Escogí esos tres arcos porque son aquellos en los que más compartí con Hernán. Lo que dije estuvo más cerca de la descripción de una experiencia vital que de un análisis crítico o académico. Este es un resumen de ese discurso.

Primer arco: Rodriguez Castelo como maestro

HRC fue mi profesor en el colegio San Gabriel. Sus tres años de maestrillo, de 1959 a 1962, coincidieron con mis tres últimos años de secundaria. Allí, además de profesor de redacción, literatura y filosofía, lo tuve como “inspector” de mi curso en quinto año, como director de la Academia Literaria del colegio, que él la volvió a fundar, y como compañero y guía en decenas de ascensiones a las montañas del Ecuador.

Hernán logró inspirar a todos los que pasamos por el San Gabriel en esos años. Fue él quien descubrió a los que todavía no lo habían hecho, el placer de la lectura. Fue el que nos inspiró a cuidar la corrección de nuestros escritos y a apuntar más alto, hacia la belleza de la escritura. Fue quien nos llevó al teatro, al cine, a los conciertos, y nos hizo degustar y entender y apreciar y entusiasmarnos por las obras del espíritu humano. Fue quien armó funciones de teatro, con obras suyas propias, con adaptaciones y traducciones y, luego de que se inaugurara el cine comercial del colegio, el que organizó cineforos, cursillos sobre cine y funciones especiales. Fue quien nos metió a publicar revistas, o nos preparó para los concursos escritos y orales del libro leído, que comenzaron en esa época por iniciativa del profesor Carlos Romo Dávila y no hubieran tenido el arranque resonante y triunfal que tuvieron si no hubiera sido por el apoyo de HRC.

Más tarde, Hernán sería maestro de periodistas, secretarias, militares, funcionarios públicos y ejecutivos privados, a través de sus numerosísimos cursos de redacción, que dictó en Quito y en muchas otras ciudades del Ecuador. Lo fue a través de sus libros para enseñar y ayudar a escribir como el Tratado práctico de puntuación (1969); el tratado Redacción Periodística, publicado por Ciespal, que tuvo difusión continental, y el tesoro de libro que es Cómo escribir bien, publicado por la Corporación Editora Nacional en 1994, todos con varias ediciones.

Me perdería si me pongo a hablar de los libros de HRC, pero no quiero dejar de mencionar su labor pedagógica masiva con los la colección Clásicos Ariel, “la aventura editorial más grande de nuestra historia” como la llamó Benjamín Carrión, en la que cien libros circularon semana tras semana entre 1971 y 1973, con tirajes de 16.000 ejemplares, trayendo al gran público a precios asequibles las grandes obras de narrativa, poesía, teatro, historia y ensayo de autores ecuatorianos, todos seleccionados, anotados y prologados por Hernán.

Para los comunicadores sociales fue un maestro muy especial: colaboró con la UNP, el Colegio de Periodistas, las facultades de Comunicación, Ciespal y otras instituciones dictando cursos de redacción para comunicadores, a la vez que estudiaba, con ojo crítico y voluntad de mejora, el empleo del español en diarios y revistas. Fue famosa su Cárcel de Papel donde analizaba usos incorrectos de la lengua y castigaba a los políticos o personajes de la vida pública que cometían “crímenes” contra ella, y que luego continuó en su página web con una sección llamada Tarjeta amarilla.

Incluso en el 2012 volvió a la cátedra con un curso en la maestría de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador. Y ese año recibió, muy merecidamente, el doctorado Honoris Causa de esa universidad, acto que honra en especial a esa casa de estudios, y el premio de la fundación FIDAL a la Excelencia Educativa, nunca mejor concedido.

Su labor de maestro no terminaría sino con su vida: en las academias que se honraron en tenerle como miembro le escuchábamos siempre con el alma abierta a aprender de su sabiduría. Lo mismo lo hacían los jóvenes que acudían a su biblioteca a entrevistarlo y a pedirle guía y aliento.

Segundo arco: Rodríguez Castelo como andinista

Hablar de HRC como andinista es especialmente emotivo. Es conocido que el día de su muerte ascendió al Ilaló como lo hacía semanalmente cada lunes, y que regresó a su casa en paz y en paz murió.
Eso me relevaría de decir unas palabras sobre HRC andinista, pues está claro que fue un hombre que subió a las montañas por placer literalmente hasta el último día de su vida.

Cuando en 1977 se fue a vivir al valle de Los Chillos, primero a Angamarca me parece y, luego, a Alangasí, adoptó al Ilaló como su desafío semanal. Antes había sido el Rucu Pichincha. Recuerdo que al inicio de los sesenta escribió un artículo que se titulaba 122 Rucus acerca de la cantidad de veces que había coronado esa cumbre. Para todos nosotros, casi me atrevería decir que para casi todos los guambras del Quito de esa época, el Rucu también era el desafío más frecuentado. Y con el propio Hernán, en esos años en que fue nuestro maestro, subimos numerosas veces.

Algo asombroso de este amor al Rucu es la rivalidad que Hernán tenía con Fabián Zurita, otro maestro jesuita (y él mismo figura histórica del andinismo, al que se dedicó toda su vida) acerca de cuál de los dos subía en menos tiempo desde el San Gabriel a la cumbre del Rucu y bajaba al colegio. Hoy esto de subir montañas y bajar de ellas en el menor tiempo es uno de los deportes extremos, en el que el Ecuador tiene algunos montañistas que han ganado competencias internacionales, el mayor de los cuales es Karl Egloff, —poseedor de los récords mundiales de ascenso y descenso en velocidad de las cumbres más altas de África, América y Europa, el Kilimanjaro (6h42m), Aconcagua (11h52min) y Elbrus (4h20m), este último alcanzado este 7 de mayo—. Pero en esa época los únicos locos que hacían esto eran Hernán Rodríguez y Fabián Zurita. No recuerdo con exactitud el tiempo que alcanzaron, pero ciertamente era de alrededor de tres horas.

Con Hernán tuve ascensiones memorables, hermosas muchas de ellas y algunas trágicas también, como cuando tuvimos que ir al Antisana para intentar el rescate, totalmente frustrado, de nuestro compañero de curso Fabián Manzano, que cayó en una grieta en ese nevado y que permanece sepultado en los glaciares de ese coloso sin que se haya podido rescatar su cadáver hasta el día de hoy. O cuando le acompañamos al Chimborazo tras la tragedia que se cobró la vida de Enrique García Benalcázar, y en que me tocó hacer tareas en el campo base, mientras Hernán hizo entonces una demostración suprema de su capacidad física y anímica subiendo dos veces el mayor nevado del Ecuador para bajar con el cuerpo de aquel andinista de la Escuela Politécnica Nacional.

Tercer arco: Rodríguez Castelo como comunicador

HRC instituyó en el diario El Tiempo de Quito en los sesenta del siglo pasado una de las mayores novedades del periodismo ecuatoriano: una página diaria de cultura. Los periódicos de la época estaban acostumbrados a tener una sección cultural solo en el suplemento dominical. La de Hernán era una sección diaria, en que en una página o, a veces, dos, informaba de la vida cultural de la ciudad, reseñaba libros, hacía crítica de arte, entrevistaba a los personajes de la literatura, las artes plásticas, la música.

Mi inicio en el periodismo, justamente hace 50 años, se debió a él. En el discurso en la AEL relaté los pormenores. Y en esa redacción pude compartir con Hernán dudas y certezas sobre lo que pasaba en el ámbito cultural, en el de la educación y, en general, en la vida política del país. Allí empezamos a tener diferencias, pero de matiz, jamás de fondo.

Además de su página cultural diaria, HRC escribía un editorial semanal sobre educación y mantenía la columna semanal Microensayo, y la bisemanal, luego trisemanal, Idioma y estilo, una de las columnas más leídas de El Tiempo. Con Idioma y estilo prolongó su fecundo magisterio en cosas de la lengua, pues la siguió publicando a lo largo de toda su vida, con numeración corrida, que sumó varios miles, en los diarios con los que colaboró (Hoy, Meridiano, Expreso) e, incluso, en estos últimos años en su página web. ¡Una tenacidad como la de su ascensión semanal al Ilaló!

También hizo periodismo cultural por televisión con un espacio semanal en el noticiero "24 horas", de Teleamazonas, dirigido por Diego Oquendo, y en 1983 y 1984 en el de Juanita Vallejo, “La palabra correcta”. Y lo hizo en la revista Diners para la que escribió cientos de recensiones sobre artistas plásticos del Ecuador.
Nunca dejó de ser periodista, y cuando se retiró de la crónica diaria, para concentrarse en su monumental Historia general y crítica de la literatura ecuatoriana, continuó en su página web con la práctica periodística, que él mismo confesaba le era “esencial”.

Maestro, andinista y comunicador hasta el último día de su vida. Todo este trabajo, impulsando lo bueno y criticando lo malo, lo hizo con lo que fue su marca de fábrica a lo largo de toda su vida, sin temor ni favor, sin doblegarse ante el poder, las influencias, los halagos, siendo severo e implacable contra lo que atentaba a la cultura, a la educación, al bien común, echando dardos contra la mediocridad, pero a la vez impulsando todo lo positivo, alabando lo que surgía o ya estaba consagrado que fuera en beneficio del país, del auténtico humanismo o del cultivo de las artes.

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