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25 de Mayo del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
25 de Mayo del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Recordar y pasar la página
Ya no más la presencia de un inquisidor medieval, predicador infalible del bien y de la virtud. Ese inquisidor y torturador a la vez que no pudo disimularse en la última sabatina cuando, lleno de ira y de desprecio, rasgó una vez más, un periódico, símbolo de la libertad de expresión tan perseguida y ofendida a lo largo de su década robada al país.

En su discurso inaugural, el presidente Moreno varias veces dijo que pasar la página es lo que deberíamos hacer todos. Pero no especificó cuáles páginas. ¿La página (el libro) de la  corrupción? ¿La lista de Odebrech? Por supuesto, que se deben pasar las páginas de la intolerancia, del acaparamiento de la verdad, por ejemplo. Pero hay otras que, al revés, deberán abrirse de manera inmediata, en especial aquellas que tienen que ver con la corrupción para que nadie piense que se va a seguir protegiendo a los implicados (que no serían pocos) en el tema Odebrech, por, ejemplo. No más ese silencio cómplice sobre estos temas.

Pasar la página implicaría dar por terminada una historia marcada por el totalitarismo para que aparezcan las páginas de las libertades y de las honorabilidades. 

Es hora  de realizar una nueva y profunda lectura de varias políticas del anterior régimen. La distancia y la ausencia de amenazas y también de esos temores que nos han acompañado nos permitirán ver y analizar con mayor profundidad y serenidad acciones, políticas y leyes impuestas prácticamente a la fuerza. Ya no más la presencia de un inquisidor medieval, predicador infalible del bien y de la virtud. Ese inquisidor  y torturador a la vez que no pudo disimularse en la última sabatina  cuando, lleno de ira y de desprecio, rasgó una vez más, un periódico, símbolo de la libertad de expresión tan perseguida y ofendida a lo largo de su década robada al país.

Es necesario que se empiece a realizar otra lectura del país, de su historia. Es más que burdo afirmar, como si nada, que AP funda al nuevo país. Es indispensable analizar a profundidad  las realidades sociales, económicas, políticas. Esta lectura implicaría poner, en no pocas realidades, un punto final. Cerrar heridas. Sacar al poder de la nube del narcisismo para devolverlo al campo de lo social y lo cultural.

Aceptar, desde el primer día de gobierno que se trata de su período presidencial y no de otro.  Solo así podrá Moreno asumir en libertad su presidencia de tal manera que logre, desde el primer día, escribir su propio texto sobre la base de una lectura nueva, personal, de las realidades del país. Es decir, poner en marcha y ejecutar su propio gobierno sostenido en la justicia, en el respeto irrestricto a las libertades, en la ética. No la ética del poder sino la ética de las libertades sociales e individuales, la ética del bien común.

Al presidente Moreno le urge dejar de pensar en su antecesor, dejar de mirarlo extendido de manera invasiva a lo largo y ancho del país tal como lo presentó patéticamente el presidente de la Asamblea en su discurso de orden. Así podría empezar con pie firme (una metáfora compleja en él, pero indispensable) su mandato presidencial. Al país entero le conviene dejar a un lado la omnímoda presencia de Correa. Es probable que no pocos de sus colaboradores (en especial quienes ya trabajaron con Correa), consciente o inconscientemente, se aferren a esa imagen que  querrán mantener a toda costa como indicador de la fidelidad al gran líder cuya ausencia será así negada. Si lo hacen, serán infieles a la historia. 

Porque el país legítimamente necesita un importante y sostenido cambio de rumbo que abandone la mono direccionalidad marcada exclusivamente por AP. El presidente Moreno no puede olvidar que un cincuenta por ciento del país le dio el voto  y el otro cincuenta por ciento le dijo no. Al presidente Moreno no le convendría pasar por alto o desconocer esta realidad a la que no se refirió en su discurso político. 

Se entiende que estas dos realidades no se vean reflejadas en su primer equipo de colaboradores en los que los correístas ocupan un significativo espacio y en el que brillan por su ausencia los otros con quienes pudo (¿debió?) negociar, por lo menos, unas primeras alianzas como signo de una visión amplia de la república que no puede ser vista como un territorio de propiedad de un movimiento político. 

La reiterada invitación al diálogo tan solo será verdadera cuando se involucre en el diálogo a la ciudadanía, a propios y extraños, para analizar temas concretos y trascendentes. Cuando en esos diálogos nadie aparezca como sumo sacerdote de la verdad ni como su dueño o su administrador. 

Habló de la comunicación como lo que es: un bien personal y colectivo del que el poder no puede apoderarse para administrarlo a su antojo. Pero no fue explícito en señalar que pediría la inmediata revisión de esa ley que hace de la comunicación un bien privado del poder y no un derecho irrenunciable de todos. Esa ley que ha conducido al banquillo de los acusados a un sinnúmero de comunicadores sociales de periódicos, de revistas, de radioemisoras.

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