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30 de Junio del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
30 de Junio del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Recuperación de la palabra
Más allá de las posibles e incluso reales razones de orden político, el pueblo ha salido a la calle en pos de reconquistar su palabra, su voz, su gesto, su mímica. En última instancia, ha salido para recuperarse a sí mismo. Una tarea indispensable pero también azas compleja y, aparentemente, casi imposible en las actuales circunstancias

Las últimas han sido semanas de tensión política. En varias ciudades se han producido manifestaciones sociales espontaneas unas, quizás la mayoría, y otras convocadas por autoridades locales.

¿Habrá llegado aquel momento tan cuidado y evitado por el poder en el que la voz de la inconformidad termine expresándose masivamente a lo largo y ancho del país? La peor respuesta sería aquella que surja de los mismos extremos criticados en el otro, como aquella que hable de que finalmente se ha producido el rechazo absoluto al régimen o, más aun, de un llamamiento a que se anticipe el término del período presidencial. No hay que olvidar que en aguas revueltas, ganancia de pescadores.

Es bueno tomar los acontecimientos sociales con serenidad y justeza. Es cierto que el régimen del presidente Correa se caracteriza por una posición de mando radical e intransigente. Constantemente aparece, no solo como el presidente de la República, sino también como quien posee el poder sobre todas las otras instancias y funciones del Estado.

Por ello, su decir debe ser escuchado y asumido de manera irrestricta porque siempre enuncia la verdad y toda la verdad. Su presencia omnímoda se ha encargado de fortalecer este carácter de exclusividad y universalidad. En efecto, el presidente se ha convertido en la única persona del poder que puede hablar, decir, enunciar, comunicar, avisar, criticar, perseguir, juzgar y castigar. A quienes forman parte del gobierno o hacen la mayoría en la Asamblea o hacen el sistema judicial o el sistema de control, a todos tan solo les queda, como un resto quizás inevitable, la función de repetidores, la tarea de un parlante con su volumen muy controlado.

Aparentemente, es lógico que esto acontezca en la medida en que la casi totalidad de lo que corresponde al sistema administrativo, legislativo, judicial y de control se halla constituida por miembros del partido del gobierno y que han sido directa o indirectamente designados por el presidente, incluidos aquellos que fueron elegidos por votación popular. Esto último parecería una suerte de contrasentido. Pero no hay tal. Todo lo contrario, se trata de un sistema lógico que funciona de manera maquiavélicamente casi perfecta. De hecho, todos quienes forman ese resto carecen de opinión, aunque no dejen de hablar.

Posiblemente, el silencio guardado por parte de la población no se deba a que su mayoría votó por el presidente en sus dos elecciones y que lo ha apoyado en prácticamente todas sus consultas que incluyeron cosas importantísimas, como el tema de la justicia, y otras absolutamente baladíes. Pese a ello, no se puede olvidar que el acto electoral es eminentemente circunstancial.

Sin embargo, es absurdo o ingenuo pensar que el pueblo pueda mantenerse en silencio perenne, incluso cuando está de acuerdo con sus autoridades. Los silencios siempre son circunstanciales y desaparecen cuando aparecen o se acrecientan algunas actitudes del poder que real o aparentemente van en contra de ciertos principios e intereses colectivos. De hecho, lograr el perenne silencio de las mayorías constituye una tarea azas compleja, dura y casi imposible. Vale la pena recordar aquello de que tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe. O también: no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.

Desde siempre, hacer que los otros se mantengan en silencio ha sido una de las tareas primordiales de todo tipo de poder social, incluido el familiar. Desde el papá prepotente que ante el reclamo del hijo responde ordenándolo que se calle. O el profesor que se autoriza a realizar todas las afirmaciones posibles y que no acepta refutación alguna porque se protege tras el escudo de la omnipotencia de su saber frente a la supuesta ignorancia de sus estudiantes. Infinito el número de familias y de escuelas en las que el silencio impuesto permite el dominio del más fuerte. El poder sostiene la presencia de la ignorancia, de la ignominia y de la crueldad.

Durante estos ya largos años de gobierno, el presidente Correa no ha cesado de hablar. Los medios de comunicación públicos y privados han debido convertirse en la caja de resonancia de un discurso que jamás ha dado lugar a la réplica ni a las necesarias aclaraciones del interlocutor. ¿Hasta qué punto podría ser cierto que una de las tareas de este proceso haya sido la eliminación del interlocutor? Incluso la Ley de Comunicación, parapetada en el tema de la verdad, se habría propuesto borrar, de una vez por todas, al interlocutor crítico y discordante.

Más allá de las posibles e incluso reales razones de orden político, el pueblo ha salido a la calle en pos de reconquistar su palabra, su voz, su gesto, su mímica. En última instancia, ha salido para recuperarse a sí mismo. Una tarea indispensable pero también azas compleja y, aparentemente, casi imposible en las actuales circunstancias. En efecto, el poder sabe que la recuperación de la palabra implica la recuperación de la libertad en todas sus expresiones. Es preciso recordar que la esclavitud no consiste sino en la anulación en el otro de su capacidad de decir y de opinar, de aceptar y de rechazar, de afirmar y de negar. La esclavitud, en cualquiera de sus formas, tiene como objetivo primordial la tarea de castrar el deseo y la voz del otro.

El objetivo de los regímenes totalitaristas ha sido siempre la construcción de una sociedad de eunucos. Muchos de entre quienes medran del poder, aunque lo nieguen o no se hayan enterado de ello, también serían eunucos.

La libertad se expresa en la capacidad de poder construir verdades a media, en la capacidad de disentir y de equivocarse sin temor a ser perseguido por ello. En estas manifestaciones los sujetos y también los grupos tan solo buscarían la recuperación de su palabra.

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