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23 de Mayo del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
23 de Mayo del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Los réditos de la catástrofe
Uno de los dos, pertenecientes ambos al partido gobernante, podrá llevar a buen término el largo, muy largo, proceso de la reconstrucción de esas ciudades devastadas por el terremoto. Solo uno de los dos podrá asegurar la pronta llegada de la resurrección de los pueblos. Solo para eso se usa la vitrina despedazada de los pueblos.

Los duelos se prolongarán mucho más allá de los llantos que ya se agotaron. Y las desesperanzas tardarán mucho en agostarse para dar lugar a los renuevos de la esperanza, la seguridad, la confianza. Porque  no hay nada que en verdad  justifique esas pérdidas y, sobre todo, esas muertes, ni siquiera los cielos prometidos, como decía Teresa de Ávila. En efecto, las desesperanzas de la muerte violenta carecen de frontera afectiva y lingüística. Esas pérdidas siempre serán absurdas pues no existe lógica alguna que las sostenga. Y nunca habrá suficientes lágrimas para llorarlas ni suficientes consuelos para olvidarlas. Sin embargo, un día terminarán los sufrimientos y los llantos como parte de la reconstrucción psíquica de los sujetos e incluso de los pueblos. 

No hay mal que dure cien años ni mal que por bien no venga,  decían los antiguos discursos populares hechos de sentencias salvadoras para crear seguridades básicas y consuelos necesarios. Incluso ese mal del que es preciso sacar provecho como si se tratase de una situación calva que no se la puede dejar pasar sin más ni más. Sin embargo, también hay que recordar que el dolor, la pérdida y la muerte no pueden convertirse en bienaventuranzas de ningún orden.

No hay ni inocencias ni inocentes, nos dijo muchas veces Camus, sobre todo cuando se habla del poder. Es preciso, pues, sacar el mayor y mejor provecho posible de la peste que castiga y  mata a todos por igual, sean malos o buenos, ancianos o recién nacidos. Hay que sacar alguna ventaja  de la muerte, del dolor y de las destrucciones materiales. Ideológicamente hablando, es preciso apoderase de la mayor parte posible de esas penas y desesperanzas para sembrar allí esperanzas no precisamente personales y éticas sino ideológicas y políticas. 

Y nadie lo puede hacer mejor que los políticos que se hallan siempre olfateando la más mínima oportunidad para apropiarse de la mejor tajada en el desconcierto. Entonces dicen poseer la clave de la resurrección de casas y hospitales, de carreteras y puentes. Si bien aceptan resignados la imposibilidad de resucitar a los muertos, aseguran a fe cierta que tragedias como estas nunca más acontecerán. No dicen que nunca más se repetirán los sismos sino que  todo lo que se construya de hoy en más tendrá el único y verdadero sello antisísmico, ese que ha sido producido por el gobierno y que será mantenido por sus sucesores ideológicos. 

En este instante se produce el punto de quiebre que no puede ser mencionado pero que se hace absolutamente evidente. Los rostros adustos de la catástrofe, de pronto, se iluminan. Uno de los dos que están ahí entre las ruinas, solo y tan solo uno de los dos será capaz de producir esta maravillosa metamorfosis. Uno de los dos, pertenecientes ambos al partido gobernante, podrá llevar a buen término el largo, muy largo, proceso de la reconstrucción de esas ciudades devastadas por el terremoto. Solo uno de los dos podrá asegurar la pronta llegada de la resurrección de los pueblos. Solo para eso se usa la vitrina despedazada de los pueblos.

Lo dicen con palabras que permanecen bien custodiadas en los escondites lingüísticos que poseen los  autodenominados políticos. Pero los mensajes llegan claramente inconfundibles. Y ellos lo saben bien porque, de pronto, aparecen en sus rostros las sonrisas de los gustos casi perversos que caracteriza esa clase de política que sabe construir muchas ganancias con los sufrimientos ajenos. Los posibles candidatos, en un acto de absoluta y angelical democracia, se pasean ya sin ingenuidad alguna por entre las sombras y escombros de lo que fueron esas ciudades. Y en coro se comprometen a la larga y costosa tarea de la reconstrucción.

¿Acaso no se le delega oficialmente al vicepresidente la tarea de la reconstrucción? ¿Y acaso el otro ex vicepresidente no se sabe ocupando algún lugar supuestamente importante en las  mentes y deseos de ciertos grupos de Alianza País? En el fondo, para los dos, tarea de gladiadores.

No hay nada nuevo bajo el sol. Estas actitudes sostenidas en la hipocresía de la política  no se han inventado ahora.  Do ut des (te doy para que me des) decían los romanos que nos enseñaron buena parte de las truculencias políticas  incluidas su maldad y perversión. Para que todo esté suficientemente claro, es preciso que la reconstrucción, cuando llegue el momento preciso, pase su factura que tan solo podrá ser cancelada con votos. Aunque se calle, es evidente que en esa reconstrucción va la vida de un partido ya en grave decadencia.

Habría que volver a leer a Cicerón para recordar esas oscuras intenciones que suelen habitar el corazón de  los que fungen de políticos convencidos de que en sus manos está el poder de la vida y de la muerte, del bien y del mal, de la alegría de unos y de la tristeza de otros. Si soy amigo del emperador, mi casa permanecerá rodeada de bendiciones y recibirá toda la atención que requiera. Por lo mismo,  que los dioses protejan al emperador y a sus servidores, como decían  los gladiadores antes de lanzarse al salvajismo de defender su vida matando a un enemigo construido como tal por el poder del amo.

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