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20 de Diciembre del 2016
Ideas
Lectura: 5 minutos
20 de Diciembre del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Reelección indefinida: la lujuria del poder
Es absolutamente lógico: Morales no quiere abandonar el poder porque ha contado por centenares las ventajas inigualables e inconmensurables que conlleva lo que se podría denominar la condición poder. Se trata de un plus tan inmensamente grande que no podría renunciar a él, prácticamente, sin anonadarse.

Lo que acontece en Bolivia y Nicaragua es el ejemplo más paradigmático de lo que implica el apoderamiento del poder por el poder mismo por quienes se consideran los únicos ciudadanos formal, moral e intelectualmente capaces de gobernar su país. Ese el fundamental y único principio del socialismo del siglo XXI latinoamericano que, con la misma hipocresía que constituye el corazón de los totalitarismos, no pretende otra cosa que adueñarse del poder y sus beneficios. Este constituye el punto nodal. Para ello crean un partido político absolutamente dependiente del líder, arman una Constitución ad hoc, tienen un congreso con una abrumadora mayoría, como desconocen a los jueces legítimos, nombran jueces de su propio partido y se afanan en convertir a las fuerzas armadas en una sucursal más de su poderío.

Es absolutamente lógico: Morales no quiere abandonar el poder porque ha contado por centenares las ventajas inigualables e inconmensurables que conlleva lo que se podría denominar la condición poder. Se trata de un plus tan inmensamente grande que no podría renunciar a él, prácticamente, sin anonadarse.

La consulta popular ya le dijo no a la reelección indefinida. Evo aceptó los resultados. Ahora sabemos que se trató de una aceptación aparencial, taimada, apenas una broma. La aceptó tan solo de labios afuera como quien casi nada tiene que ver con la cosa. Una aceptación fundamentalmente destinada a la construcción de supuestas certezas en el pueblo boliviano. Es decir, la aceptación de la derrota en las urnas no era sino una forma de engañar sobre su sometimiento irrestricto a la Ley y también sobre su supuesto espíritu democrático. Al diablo con la democracia cuando de por medio están las vanaglorias y las ventajas del poder. Y también, por qué no, la facilidad de resolver otros problemas medio personales y familiares con un golpe de mallete.

Ahora se devela el verdadero paisaje en el que las ansias de poder y su adueñamiento constituyen el fondo y la forma del quehacer político de Evo Morales, como de otros políticos. La verdadera propuesta de ciertos regímenes es el poder en sí mismo convertido en una suerte de sustancia adictiva, mucho más grave y mortífera que la peor de todas las sustancias que se venden y se consumen en nuestros países. Porque el poder, cuando se convierte en objeto, es capaz de producir todas las calamidades posibles porque atenta en contra de la conciencia del sujeto, de su ética, de su lenguaje y también de su estética. De esta manera, ellos cosifican al poder y lo pervierten.

A lo largo de la historia se ha comprobado que la adicción al poder es infinitamente más grave y desastrosa que la sumatoria de todas las otras adicciones. ¿A dónde iríamos para confirmarlo: a Grecia, al Olimpo, a Persia, a Roma, al Vaticano, a Alemania, a Argentina, a Chile, a Brasil? Entonces este poder corroe los cimientos de la cultura, de la libertad, de la subjetividad y su autonomía.

Igual que otros, el presidente Morales ha decidido burlarse de la ley, primero porque está convencido de que él es la ley, y segundo, porque ya no sabe cómo podría vivir sin ser el señor presidente. La solución es sencilla: nunca dejar de ser el señor presidente. ¿Y las leyes? ¿Qué leyes?

Entonces, hay que reconocerlo de una vez por todas, la democracia termina convertida en un sucio juego en el que todos los dados han sido cargados. Abiertamente se pretende desconocer los derechos de los otros a ser elegidos. La elección indefinida, bien entendida, implica lanzar escupitajos al rostro de la democracia.

Evo Morales se ha convencido de que él es el único que podría conducir al país a la cima del desarrollo, algo que requiere un trabajo perenne de muchos más años de los inicialmente previstos en la Constitución. Como él dio inicio al proceso, el mismo lo debe concluir. ¿Hasta cuándo? Nadie lo sabe. Por lo mismo, la reelección indefinida es un principio lógico irrefutable.

¿No le caerán bien a Evo Morales unas buenas vacaciones como para que, por ejemplo, arregle con calma ciertos temas personales y familiares de carácter económico? ¿No será que pretende eludirlos con el poder? No es aconsejable, que él, como otros presidentes en iguales circunstancias, trabaje por su país sin descanso alguno y hasta el final de sus días. Señor Morales, señor Ortega, señor Maduro, señor Correa, la reelección indefinida es, por principio, la destrucción de la democracia, es prima hermana de las dictaduras y es también madre, hija, y amante de la corrupción.

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