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24 de Agosto del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
24 de Agosto del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Reelección indefinida y democracia?
Quieren ser presidentes de por vida. Legisladores de por vida. Alcaldes de por vida. Y finalmente morir en olor de santidad, rodeados de honores por los inconmensurables servicios que prestaron a sus allegados ególatras. ¿No se tratará, acaso, de una posición política eminentemente perversa?

La historia  se halla atravesada  de norte a sur y de este a oeste por la palabra libertad. Todos la pronuncian. Libertad, Igualdad, Fraternidad. Todos libres, quienes caminan por las calles innúmeras y van a donde quieren ir, como aquellos que prefieren permanecer en sus propios espacios simples, sin moverse más allá de sí mismos. Tan libres los que están de acuerdo con ciertos enunciados  como aquellos que los rechazan.

No existe un único reino del bien o del mal. No hacen falta apóstoles que anuncien el advenimiento del reino del bien, de la abundancia, de la libertad. Sobran los iluminados que no cesan de hablar del advenimiento del nuevo paraíso para los sometidos e incondicionales al nuevo orden. Porque la verdad es que no existe el paraíso pero sí el infierno al que van a parar los disidentes, los cuestionadores, los que poseen la enorme virtud de la duda. 

La oferta de la bienaventuranza por parte de cualquier tipo de poder es siempre una falacia. Como los héroes de la revolución francesa que engordaron hasta no poder más su narcisismo y su hambre de poder asesinando a todos aquellos que habían sido calificados por ellos mismos como sus enemigos y, por ende, enemigos de Francia. Y en cada horca y en cada pared de fusilamiento se podía leer escrita con letras de oro la nueva consigna con la que se asesinaba: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Ellos eran Francia, el Estado, el presente y el futuro.

Y los de la revolución bolchevique que no cesaron de bañarse  en la sangre de niños, de jóvenes y ancianos. Esos millones de soldados que, al mando de un perverso, ignoraban que no hacían otra cosa que sostener la locura salvaje del poder de un hombre vestido con la piel disecada de todas las libertades y de todos los derechos humanos. Stalin era dios. Hitler era dios, Mao era dios. Y otros más.

Esta idea de lo único es la que se afanan en imponer en el país, justo aquellos que hace poco construían y dictaban la mejor Constitución del mundo. Una Constitución sostenida en las libertades, en la independencia de los poderes, en el respeto irrestricto a los derechos de los ciudadanos, entre ellos, el derecho a elegir y ser elegidos, el derecho a disentir y a estar de acuerdo, el derecho a la alternancia en el poder.

Para no pocos,  de pronto el poder ya no proviene de la voluntad de los otros sino de ellos mismos. Una de las expresiones de esta posición es la búsqueda de las reelecciones indefinidas, infinitas, de por vida. Cuando la Constitución, hecha en y desde la democracia, dice que habrá una sola reelección, los encaramados en el poder quieren más, buscan perpetuarse en el poder porque son iluminados. No quieren renunciar a sus prebendas, a las golosinas, a las fatuidades. Les causa terror volver a la vida común. Engolosinados en el  poder, sienten una fobia irresistible a la rutina pedestre de  la vida, volver a ser lo que fueron antes, ciudadanos comunes y corrientes. 

Quieren ser presidentes de por vida. Legisladores de por vida. Alcaldes de por vida. Y finalmente morir en olor de santidad, rodeados de honores por los inconmensurables servicios que prestaron a sus allegados ególatras. ¿No se tratará, acaso, de una posición política eminentemente perversa?

Contra toda lógica democrática la función electoral del país autorizó la recolección de firmas para legitimar una consulta sobre la reelección del presidente Correa. En sí misma esta decisión fue inmoral porque, en democracia, no puede darse, bajo ningún concepto, la reelección indefinida, sencillamente porque la contradice. De hecho, la reelección indefinida es la demostración más clara y patética del fracaso de la democracia hundida bajo el peso de la antidemocracia en sentido absoluto. La reelección indefinida no es más que la máscara de la más cruel de todas las tiranías. La reelección indefinida es egolatría. 

No se puede reformar sustancialmente la Constitución para beneficiar a un ciudadano que, bajo ningún concepto, es más ni posee otros privilegios que el más humilde de los ciudadanos del país. La presidencia es una función surgida, creada por la democracia. Por eso, algo que no hizo el presidente, al posesionarse como tal, el presidente jura respetar y hacer respetar la Constitución sobre todas las cosas.

Desde que nacimos como país, el poder ha pisoteado la Constitución cuantas veces ha querido. Esta ha sido y es una de las razones de nuestro subdesarrollo. Porque muchos gobernantes invirtieron sus preocupaciones y los erarios nacionales en las componendas políticas y no en el país. ¿Acontece hoy algo similar? Probablemente sí con la diferencia de que se pretende esconderlo tras la máscara de obras ciertamente importantes. Pero pensar que esas obras justifican la reelección indefinida implica, por parte de los proponentes, un desconocimiento absoluto del sentido mismo de la democracia y del servicio público.
La democracia es libertad, se alimenta y vive de ella. Hay buenos y malos gobernantes como hay los mediocres y los buenos para nada. A unos se los felicita y se los recuerda con honores, a los otros se los olvida. Sin embargo, unos y otros han sido y seguirán siendo creados por la democracia y para la democracia. Ningún país se desarrolla sobre la base de la egolatría.

La recolección de firmas corresponde a un acto democrático. Pero no es democrático que el poder electoral autorice una recaudación de firmas para un acto absolutamente no democrático como es la reelección indefinida del actual  presidente al margen de lo que dice explícitamente la Constitución del Estado. En democracia, las leyes no se acomodan a los intereses de un determinado ciudadano. Por ende, sostener que una consulta popular sobre esa reelección indefinida se enmarca en la constitución no es más que una vil falacia tanto jurídica como ética.

Si realmente en el país imperase el espíritu de la democracia, la Asamblea habría impedido esa consulta por atentatoria al orden social, político y ético de la democracia. Quizás no sea tarde para que, en un acto de lucidez, aunque sea casi póstuma, la detenga ahí en donde está ahora antes de que se pudra la conciencia democrática del país.

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