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21 de Noviembre del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
21 de Noviembre del 2018
Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Reflexiones sobre una historia barroca
Esta naturaleza barroca de la que hablaba Echeverría para describirnos, se relaciona con una conducta política recurrente en Latinoamérica: mirar lo político desde el impulso, la fascinación, las emociones y la vehemencia sin dejar que ninguna mediación analítica intervenga.

El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría, uno de los referentes más importantes del posmarxismo, refiriéndose a Latinoamérica dijo que nuestra modernidad giraba alrededor de un ethos barroco (la palabra barroco en griego significa extraño). Ése ethos nos permitía “hacer vivible lo invivible” y aceptar la permanente contradicción con el ethos realista que simbolizaba la lógica de la ganancia y el capital. El ethos barroco “representa una actitud paradójica: sabiendo que el valor de uso está plenamente sometido a la dinámica propia de la ley del valor, y sabiendo que esa relación social no se puede superar sin más ni más, intenta, no obstante, vivir lo verdadero en el seno de lo falso.” (Bolívar Echeverría)

Esta naturaleza barroca de la que hablaba Echeverría para describirnos, se relaciona con una conducta política recurrente en Latinoamérica: mirar lo político desde el impulso, la fascinación, las emociones y la vehemencia sin dejar que ninguna mediación analítica intervenga. Estamos hablando de un ethos populista que nos impediría entender lo político desde lo racional impulsándonos a conductas contradictorias, extrañas, paroxísticas y hasta cierto punto, autodestructivas.

Para el psicoanalista Slavoj Zizek el populismo como fenómeno político tiene que ver con las identificaciones imaginarias, “la imagen en la cual nos vemos agradables (likeable) a nosotros mismos, la imagen que representa lo que quisiéramos ser”. De una u otra forma ése ha sido el inicio de la relación entre el pueblo y sus caudillos, el pueblo como heterogeneidad y amalgama social, es fascinado o seducido por un político que de alguna manera se identifica con lo que ésa masa social quiere ser.

Velasco Ibarra, durante cuatro décadas fue el político que más influyó en nuestra historia. Dueño de una elocuencia natural estableció conexiones poderosas con masas sedientas de voz y redención. Hábilmente se apoyó en el subproletariado, segmento social constituido por marginales de un Ecuador atomizado y carente de un proyecto unificador. Esa mayoría silenciosa vio en el carisma de Velasco la señal para encontrar su “identificación imaginaria” de la que hablaba Zizek. Velasco fue el líder que pudo llenar el vacío a nivel de liderazgo político que tenía Ecuador, una nación constituida sobre la base de clases dominantes implosivas y sin ningún sentido de pertinencia nacional.  

Para Freud, las masas absorben a los individuos transformando su singularidad, dentro de la masa el caudillo opera como un hipnotizador que lleva a sus seguidores a un territorio subliminal e impredecible. Velasco Ibarra en el siglo XX y Rafael Correa en el siglo XXI han sido los políticos con mayor capacidad performativa para atraer multitudes y manipular voluntades.

Freud, respecto a los momentos de delirio de las muchedumbres señalaba: “ahora bien, observaciones muy cuidadosas parecen demostrar que el individuo inmerso durante cierto lapso en una masa activa muy pronto se encuentra—por efluvios que emanan de aquella o por alguna otra causa desconocida— en un estado singular, muy próximo a la fascinación en que cae el hipnotizado bajo la influencia del hipnotizador.” (Freud, Sigmund, Psicología de las masas)

Cuando conocí a Rafael Correa y conversé sobre lo que pensaba respecto al TLC, la economía y la manera de cambiar Ecuador me sentí de una u otra forma fascinado, fui parte de este proceso de enajenación que sufrieron millones de ecuatorianos. Fue una conversación de más de dos horas junto a Alberto Acosta en una oficina desolada cerca de CIESPAL, era enero del 2006 y Rafael Correa solo era un aspirante a la presidencia que no tenía más del 1% de las preferencias.

Rafael Correa logró avances en geopolítica y macroeconomía, Ecuador como Estado se fortaleció redistribuyendo en algo la riqueza. Sin embargo el modelo de Estado benefactor además de beneficios sociales afectó libertades individuales. La adicción de Correa al poder fue real, al igual que su Estado de propaganda. Y lo peor de todo, nunca cambió la matriz ética de nuestra nación dejando que la corrupción avance sincopadamente.  Creo que un grafiti que pinté hace algún tiempo, podría describir tanta eclosión barroca experimentada durante la última década: “vivimos la resaca de una orgía en la que nunca participamos”.

El eco delirante de tantos discursos de Correa pervive, aunque empieza a alejarse. No es un fenómeno político aislado, responde a una necesidad salvífica que estamos acostumbrados a construir. De nosotros depende la ruptura del arquetipo de mesías que constantemente levantamos para seleccionar a nuestros gobernantes, es tiempo de emanciparnos del delirio de la masa y encontrar, en medio de la sobriedad y la participación, nuevos espacios de poder que nos representen sin absorbernos ni hipnotizarnos.  

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