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12 de Enero del 2020
Ideas
Lectura: 8 minutos
12 de Enero del 2020
Gonzalo Ordóñez

Es licenciado en Sociología y Ciencias Políticas por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito; Magíster en Comunicación, con mención en Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación por la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.

Regresa a casa
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Al momento de escribir esta nota, en la primera semana de enero de 2020, se registraron dos siniestros con autobuses que cayeron a barrancos con lamentables pérdidas humanas. En los dos casos, los choferes huyeron.

Jennifer, como tantas otras noches, reza: ojalá Jorge no provoque muertes hoy, Dios mío que no cargue en su conciencia la vida de niños o adultos. Y si algo ocurre, que no huya, que afronte su responsabilidad y que la justicia tenga piedad. 

Jorge llega a casa, Jennifer reconoce el ruido del portón de metal y se tranquiliza a pesar de que su esposo es chofer hace 10 años, gracias a Dios sin ningún accidente, nunca se sabe. Ya casi es medianoche así que, como siempre, comió en el paradero, sin embargo, ella prefiere que coma en casa. 

El lunes 23 de diciembre del 2019, salí aproximadamente a las 17h00, de Quito hacia Cuenca; a eso de las 20h00 me encontraba en la Panamericana Sur, vía Ambato – Riobamba, cuando en el sector de Mocha una columna de por lo menos un kilómetro se encontraba detenida, la causa era un camión de frutas  accidentado, afectando a otros seis vehículos. No hubo muertos, pero si un niño de siete años herido.

Luego de más de dos horas en la carretera pude continuar camino hasta Riobamba, donde decidí alojarme agotado por el viaje.  En el camino por lo menos tres accidentes más. 

Aunque Jorge es un personaje ficticio, lo cierto es que la forma irresponsable en que conducen los choferes “profesionales” es indiferente al tipo de transporte: camiones de carga acoplados con remolque, volquetas, de estacas o autobuses de pasajeros; todos repiten el  patrón: exceso de velocidad, invasión de carril y rebasar en curva. La velocidad en que los autobuses toman las curvas puede alcanzar los 90 o 100 km/h, incluso en automóvil es difícil darles alcance. 

Si la irresponsabilidad  está presente en todos, es porque existe un sistema en que la falta de institucionalidad y corrupción diluye la culpa y en consecuencia impide la conciencia; esto se verifica en que muchos choferes salen de los andenes con el conocimiento de que las llantas están lisas, de que debían revisar el sistema de frenos, o simplemente que no durmieron lo suficiente. Sin lugar a dudas, no es parte de la cultura, a pesar de las consecuencias económicas y personales de un siniestro.

El costo de llevar adelante un juicio es extremadamente caro, entre el abuso de abogados y la corrupción del sistema los choferes; las víctimas y sus familiares viven situaciones de espanto en el que los culpables pueden salir impunes, o incluso al revés, los inocentes terminar encarcelados.  

Los que vivieron un accidente recomiendan seguir las leyes de tránsito, pero como el sistema se mantiene, luego de unos meses volverán a la misma práctica suicida – asesina. 

Se habla mucho de capacitación para cambiar la cultura, pero también es parte del sistema; el curso actual de conducción para choferes profesionales tiene un valor de $1100 con una duración de seis meses, durante cuatro horas diarias al que asisten 11 mujeres y 13 hombres que van desde los 17 a los 60 años. Las asignaturas son: mecánica, atención al cliente, leyes, inglés, teoría de la conducción y primeros auxilios. La práctica acompañada de conducción abarca tres semanas, durante dos horas. Según una de las estudiantes del curso “por lo menos un 70% de los asistentes no tiene vehículo ni experiencia en conducción. Tenemos exagerado un 10% de prácticas que se pueden efectuar en un autobús, camión o una camioneta”.

¿Un joven de 17 años tiene la estabilidad emocional para manejar una maquina de gran calado que transporta a seres humanos?  ¿Se puede garantizar responsabilidad en la conducción con aspirantes que no tienen experiencia anterior en la conducción y con pocas prácticas de manejo supervisado? ¿Quién evalúa el impacto de los cursos, es decir, el comportamiento de los alumnos promovidos?

Al momento de escribir esta nota, en la primera semana de enero de 2020, se registraron dos siniestros con autobuses que cayeron a barrancos con lamentables pérdidas humanas. En los dos casos, los choferes huyeron. 

Al momento de escribir esta nota, en la primera semana de enero de 2020, se registraron dos siniestros con autobuses que cayeron a barrancos con lamentables pérdidas humanas. En los dos casos, los choferes huyeron.

En varias ocasiones escucho decir que las leyes constan, pero lo que falta es “voluntad política para hacerlas cumplir”. No estoy de acuerdo, existe la voluntad política pero está dirigida a proteger los intereses de los gremios de transportes, las cooperativas, los operadores de tránsito y las autoridades corruptas (que no utilizan los servicios públicos de transporte), pero no a los pasajeros y mucho peor a las víctimas. 

Es irrelevante que en el curso de conducción se hable sobre atención al cliente si “con buenos modales” se va a conducir sobre los 100 km/h. 

Si queremos regresar a casa vivos, debemos generar responsabilidad social y los medios para asumirla. Por ejemplo, patrullas de carreteras que, a través de las operadoras telefónicas, reciban denuncias a cualquier hora del modo de conducción y que puedan ser interceptados. Policías encubiertos que recorran las provincias verificando el cumplimiento de las normas de tránsito. La obligación de adquirir aplicaciones de rastreo satelital, que ya disponen los seguros privados, para registrar la velocidad de conducción, promedios de frenados bruscos, etc. En el mismo sentido, el registro de llegada y salida en horarios establecidos que supongan sanciones por adelantos o retrasos, de tal manera que los choferes obtengan la misma ganancia independientemente del número de pasajeros. 

De otra parte, necesitamos regresar a nuestra humanidad, Manuel Castells afirma que asistimos a una falta de representación generalizada de políticos y servidores públicos; básicamente quiere decir que no reconocen la humanidad del resto, encerrados en la ambición y arrogancia de los privilegios la miseria, el dolor y la muerte les pasa por encima de la piel como una brisa. 

Quizá no exista nada más difícil que aceptarse a uno mismo: ¿soy una persona machista, no respeto a mi esposa, a mis hijas, entonces tampoco a las pasajeras? ¿el miedo a perder mi trabajo justifica que no cumpla las leyes? ¿quiero denunciar a mi compañero que conduce ebrio, pero no quiero enemistarme con el resto de conductores, soy un cobarde? ¿Soy un corrupto por aceptar dinero para mirar a otro lado, aún cuando mi familia vive mejor? 

Humanizarse significa responsabilizarse de la vida propia y de sus efectos en las personas que nos rodean. Si nos comportamos con amabilidad, si en el transporte protegemos a los niños, a los ancianos y mujeres, si cuidamos a otros, también lo hacemos con nosotros mismos. 

Por el momento, todo queda en nuestras manos, el sistema está podrido hasta el tuétano; pero cambiarlo es posible, la psicología social muestra que cuando alguien da el primer paso, como reclamar al chofer por el exceso de velocidad, otros lo secundarán y, al contrario, si nadie habla todos callarán. 

Regresa a casa Jorge, tu familia te espera. 

 

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