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28 de Junio del 2021
Ideas
Lectura: 5 minutos
28 de Junio del 2021
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Réquiem por los hospitales
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Antiguamente se decía que una ciudad debía contar con cuatro elementos fundamentales: una escuela, una iglesia, una cárcel y un hospital. En la actualidad, las iglesias casi sobran. Pero faltan cárceles para los corruptos y más hospitales en las ciudades.

El hospital más grande del IESS y seguramente uno de los más importantes del país, el Andrade Marín, ha entrado en agonía. Una agonía larga, muy larga. Se ha contagiado de todas las enfermedades que producen la corrupción, las mediocres administraciones y el quemeimportismo gubernamental. Pero nadie lo ha llevado a terapia intensiva.

“Estos, Favio, ay dolor, que ves ahora/campos de soledad, mustios collados/ fueron un tiempo Itálica famosa”. El Andrade Marín fue, por mucho tiempo, un ejemplo de hospital. Y no solo por su construcción física, sino por la calidad de su atención. Ahora se halla gravemente enfermo, contagiado por los virus de la corrupción y de esa actitud casi satánica que se llama quemeimportismo de los poderes.

Antiguamente se decía que una ciudad debía contar con cuatro elementos fundamentales: una escuela, una iglesia, una cárcel y un hospital. En la actualidad, las iglesias casi sobran. Pero faltan cárceles para los corruptos y más hospitales en las ciudades. 

Ha crecido exponencialmente el número de malhechores comunes y los de terno y corbata que cuentan con grandes títulos académicos y pomposos nombramientos, algo así como: presidente de la República, vicepresidente de la república, contralor general del Estado, director general del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, gerente general de Petroecuador. Defensor del pueblo. Asambleísta nacional, ministro de Estado. Presidente de la Asamblea Nacional. 

¡Pobre de aquel pobre que robe un pollo! Se le cuelga una muela de molino al cuello y se lo arroja al fango oscuro de una cárcel a que se pudra por una eternidad y media para que sirva de escarmiento de tal manera que ningún otro hambriento lo haga en el barrio, en el pueblo, en el país.

Antiguamente se decía que una ciudad debía contar con cuatro elementos fundamentales: una escuela, una iglesia, una cárcel y un hospital. En la actualidad, las iglesias casi sobran. Pero faltan cárceles para los corruptos y más hospitales en las ciudades.

Mientras tanto la población urbana se ha incrementado exponencialmente. Por ende, aumenta la demanda de atención oportuna y eficaz para todas sus innumerables dolencias. Sin embargo, esa atención no llega porque no pocos hospitales de las principales ciudades están en bancarrota moral y económica. Desde luego, los responsables no son los profesionales de la salud que hasta exponen su propia salud y su vida en su diari0 trabajo. Son ciertos administradores. El mayor responsable es el Estado representado en las principales dignidades, comenzando por su cabeza, el gobierno central. 

La atención de salud del país se encuentra gravemente enferma. El virus de la corrupción lo ha invadido. Atónitos vemos cómo ciertas bodegas se hallan atiborradas de medicamentos caducados porque no fueron oportunamente entregados ni a los respectivos responsables, ni a los pacientes que, sin embargo, debieron adquirirlos fuera. Cientos de medicamentos con los sellos del IESS o del Ministerio, se venden libremente en las llamadas bahías y en todos esos lugares públicamente secretos en los que consigues todo lo que tú deseas, no importa qué.

No se trata de ningún malsano anacronismo. Pero hay un antes y un después de Correa. El país de antes probablemente era menos corrupto o quizás no tan abismal, ostentosa y sarcásticamente corrupto como ahora. En ese antes, quizás incluso mítico, la corrupción no había adquirido el título de nobleza que posee ahora ni el membrete de quemeimportismo que es fácil encontrar en casi todo lo público. Parecería que este el membrete que se ha adherido a los servicios de 

Correa quiso grabar su sello personal en todo. Nunca pensó en realizar obras faraónicas que sirvan por mucho tiempo al país. No. El las hizo, primero y fundamentalmente, para que los corruptos pudiesen sacar el mayor beneficio posible. ¿Acaso algunas de ellas no son inservibles y otras han quedado inconclusas pese a la millonaria inversión?

La marca política correísta no ha desaparecido. Por ende, es política y éticamente indispensable que el presidente Lasso sea radical. Aquí no caben medias tintas. Dos tareas: denunciar todos los actos corruptos de estos quince años y patrocinar el castigo político y jurídico a sus actores, cómplices y encubridores. El gran enfermo es el país que debería ingresar urgentemente en intensiva terapia ética.

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Réquiem por los hospitales
 
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