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1 de Diciembre del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
1 de Diciembre del 2015
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Los retos de la libertad negativa
No es casual, por tanto, que los gobiernos llamados “progresistas” y “revolucionarios” se sientan llamados a perennizarse en el poder, pues están convencidos que encarnan la verdad única que no puede someterse a debate. Por eso abogan por la reelección indefinida y abominan de la alternabilidad. O sea coinciden con el ayatola Khomeini.

Los cambios ocurridos en América Latina, en Argentina, y que posiblemente ocurran  en Venezuela y en Ecuador, marcan un giro en la orientación del rumbo político de estos países.

Para entender mejor este proceso me parece de mucha utilidad la distinción que Isaiah Berlín hace de los dos conceptos de libertad. La libertad de que él llama negativa y la libertad para, que él denomina positiva.

Creo entender que las ideologías monistas, aquellas que se fundan en premisas fundamentalistas, se hallan más conectadas con la idea de la libertad positiva. O sea quienes suponen que tienen “la respuesta única  a las preguntas verdaderas” se sienten autorizados a imponer esas ideas cuando captan el poder, sin cuidarse de los medios. Ello sólo puede lograrse anulando la libertad negativa, que consiste en la ausencia de obstáculos creados por el hombre a la acción de los individuos.

Quizá esta diferencia conceptual se ilustre mejor con el siguiente ejemplo. El ayatola Khomeini en un discurso a un grupo de reformistas seculares  dijo: “No somos reaccionarios y ustedes son intelectuales bien pensantes que no quieren que regresemos 1.400 años en la historia. Ustedes intelectuales quieren libertad para todo, libertad para crear partidos, libertad que va a corromper a nuestra juventud, y libertad que va a abrir el camino al opresor y a arrastrar a nuestra nación al fondo” (citado en Revista Vistazo, noviembre 19 del 2015)

Lo que, entonces, demandaban esos intelectuales era libertad negativa; o sea aquella que las instituciones liberales pueden otorgar.

En la guerra fría, justamente, se enfrentaron estos dos conceptos: la libertad liberal frente a la libertad más sustantiva que el bloque soviético pretendía encarnar. Isaiah Berlín asumió la defensa de la primera en 1958, cuando se posesionaba de su cátedra de teoría social en Oxford.

No es casual, por tanto, que los gobiernos llamados “progresistas” y “revolucionarios” se sientan llamados a perennizarse en el poder, pues están convencidos que encarnan la verdad única que no puede someterse a debate. Por eso abogan por la reelección indefinida y abominan de la alternabilidad. O sea coinciden con el ayatola Khomeini.

La oposición, en este caso, reivindica la libertad negativa, que se ve amparada por la división de funciones, la vigencia de los derechos individuales,  la libre expresión del pensamiento, la defensa del pluralismo.

En Argentina acaba de vencer la oposición, lo cual supone no regresar 1.400 años en la historia, sino dar a todos, incluso a los peronistas,  libertad para actuar sin restricciones en la arena política. Por eso es que en Venezuela, Maduro, cual júpiter tronante amenazó con la guerra de triunfar la oposición en los comicios del 6 de diciembre. Igual Correa lo hizo con la “muerte cruzada”.

¿Por qué los “revolucionarios” tienen tanto miedo a la libertad negativa?
Claro que Berlín también anota que la libertad negativa no sólo tiene esa “cara amable”. La “cruz”, esto es, su “perversión”, sería “el laissez faire económico” por el que los propietarios “están autorizados a destruir la vida de los niños en las minas” y los patrones de las fábricas a “quebrar la salud y el carácter de los trabajadores de la industria”.

Si recordamos el caso de Pinochet en Chile también vemos que la libertad positiva no es sólo patrimonio  de la izquierda sino de la derecha.  Por eso es que la concertación  en Chile rescató la libertad negativa y puso límites tanto a la derecha como a la izquierda en sus afanes hegemónicos y dictatoriales.

La democracia, en realidad, se basa en la construcción de un equilibrio entre estas dos libertades. La política implica un campo de fuerzas en el que distintos valores e ideas coexisten y en  el que ninguna de esas fuerzas pude fungir de poseedora de la verdad. Por eso bajo una dictadura, sea militar o civil, apoyada en las armas o en las urnas, la política queda abolida, y quienes la practican corren el riesgo de ser perseguidos o reprimidos.

El gran desafío de los gobiernos que restablezcan la libertad negativa es cabalmente demostrar que las ideas de quienes resultaron electos pueden coexistir con las de sus oponentes y que la gobernabilidad no se gana a través de una “autoridad absoluta no limitada por las leyes” ni por el abuso del poder y la fuerza, sino por la capacidad de gobierno que es una capacidad de conducción y dirección “en base a técnicas, método, destrezas y habilidades de un actor y su equipo de gobierno”.             

Las decisiones deben contemplar no sólo los criterios de quienes gobiernan, sino las necesidades y demandas de distintos sectores de la sociedad.

Una vez removidos los  obstáculos creados por los regímenes despóticos,  adviene la libertad positiva; o sea una vez ganada la libertad negativa en el ejercicio del poder cuenta el proyecto de gobierno; en un régimen democrático la aplicación o implementación de ese proyecto no está libre de obstáculos, pero su implementación no puede acarrear la pérdida de la libertad negativa.

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