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28 de Octubre del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
28 de Octubre del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Los riesgos de la democracia
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Una década en la que se trató de todas las formas posibles de impedir la expresión de las inconformidades políticas, económicas y sociales. Diez años de encadenar la ira y la palabra, el enojo y la demanda de justicia tanto social como personal.

Todavía quedan muchas preguntas por hacerse y otras tantas por responder en torno a lo que vivió Quito en el levantamiento indígena. Inclusive parecería que aun no se han dado respuestas válidas que satisfagan los requerimientos del país. No es posible que se pretenda echar tierra sobre uno de los más graves, si no el más grave, acontecimiento social en lo que va del siglo. Por ende, la conciencia social no puede ser propositivamente adormecida con las duras o fofas realidades de la cotidianidad social. 

El país necesita construir verdades. Cuando algo similar a lo nuestro acontece en Chile, en las pantallas aparece el maléfico vozarrón de Maduro a contarnos que el plan se está cumpliendo al pie de la letra. Si bien se trata de alguien políticamente indigno, no es dable pasar por alto sus comentarios. En efecto, nosotros mismos ya sospechamos que lo sucedido en Quito no se agota en el levantamiento indígena y menos aun en los destrozos urbanos. Es preciso ir más allá, mucho más allá, y seguir, por ejemplo, la ruta de los asilados en la embajada de México y de quienes frecuentemente visitan Venezuela. ¿No debería hacer lo mismo Chile?

En esas demandas sociales se da cuenta de una incontenible y exuberante violencia fermentada en más de una década. Cuando la beben, parecería como si de pronto se hubiesen roto los diques de unas generaciones que no han tenido en dónde colocar sus desencantos sociales y existenciales (generaciones pos Pinochet y pos Correa). Si a ello se añade la presencia de grupos subversivos que propositivamente buscan que el país caiga presa del caos, entonces la embriaguez de la violencia se vuelve incontenible. 

Entre nosotros, más de una década de silencio social y de opresión desde el poder. Una década en la que se trató de todas las formas posibles de impedir la expresión de las inconformidades políticas, económicas y sociales. Diez años de encadenar la ira y la palabra, el enojo y la demanda de justicia tanto social como personal.

El psicoanálisis, aunque nunca se preocupó seriamente de los fenómenos socio-políticos, nos ayuda a entenderlos de mejor manera. Una década de absoluta represión social tenía que terminar explotando el rato menos pensado como síntoma de los dolores y conflictos sociales. Pero también una violencia contra el poder en sí mismo y su representante. Lo que no se pudo hacer una década de insana represión habría que haberlo ahora. Moreno es Moreno, por supuesto. Pero en algo ¿no es también Correa? 

Una década en la que se trató de todas las formas posibles de impedir la expresión de las inconformidades políticas, económicas y sociales. Diez años de encadenar la ira y la palabra, el enojo y la demanda de justicia tanto social como personal.

La violencia extrema, en cualquiera de sus formas, da cuenta de graves insatisfacciones que persisten pese a las ofertas emanadas del poder. La desocupación, los salarios mínimos, la falta adecuada de atención en salud producen, no solo insatisfacción, sino también ira y deseos de venganza. En ciertos sujetos, los síntomas podrían llegar a ser claramente fatales, como el suicidio o el asesinato. 

Los ciudadanos rechazan la idea de un acostumbramiento casi perverso al hambre y a la desocupación. No soportan lo ominoso de una vida de perennes y casi universales precariedades. Porque donde reina la precariedad económica ordinariamente reinan también precariedades simbólicas. 

Hay quienes se proponen sacar provecho de esta situación. Ordinariamente recurren a estrategias que fomentan la violencia. Desde ahí, herir e incluso causar la muerte, constituirían las formas más claras y extremas de ese proceso. En las sociedades, no faltan quienes tratan de sacar provecho de esta situación. En río revuelto, ganancia de pescadores. 

La violencia, sobre todo cuando se une a la destrucción, se transforma es una suerte de sacramento reivindicativo y eminentemente purificador. Destruir calles y edificios. Burlarse de los monumentos cubriéndolos de pintura. Incendiar árboles y edificios emblemáticos. Esto y más constituyen actos que poseen cierto carácter sacramental y casi purificador. Porque al hacerlo, se colocan más allá del bien y del mal. Ese más allá en el que se juntan, de una vez por todas, los cielos y los infiernos. Es evidente el placer expresado por los delincuentes cuando destruyen bienes sociales paradigmáticos.

¿Y cómo no celebrar semejante hazaña? La destrucción de aquello que los otros aprecian constituiría en sí misma la celebración del sacramento de la venganza, del odio y la insensatez, el lugar de ese placer perverso que exalta a los oficiantes. Destruir el metro en Santiago y la Contraloría en Quito. 

No es raro que en este proceso haya quienes compren con dinero los ejercicios de la violencia. Entonces se produciría un plus de goce perverso tanto en el que paga como en el que ejecuta. También en Santiago, fue evidente que se producía una suerte de liturgia perversa mientras se destruía el metro.

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