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18 de Noviembre del 2018
Ideas
Lectura: 14 minutos
18 de Noviembre del 2018
Decio Machado

Sociólogo y periodista. Consultor y analista político. Coordinador de los seminarios de Geopolítica en América Latina organizados por la Fundación ALDHEA en distintas universidades latinoamericanas.

Riesgos en la disputa por la hegemonía global
Pese a que durante el mandato de Barack Obama el gobierno estadounidense se negara a tomar una posición en la disputa que involucra a China frente a otros países asiáticos, ya durante el año 2016 su entonces secretario de Estado, John Kerry, advirtió sobre “un aumento de la militarización, de un tipo o de otro” en la zona. Ya bajo la Administración Trump, la Flota del Pacífico de Estados Unidos ha desarrollado una serie de ejercicios militares que buscan advertir a China de que Washington tiene intención de intensificar la tensión en la región.

Pese a que la República Popular China reivindique a través de su diplomacia que su huella militar en el exterior está muy por debajo de su rol económico global, ya comienza a causar preocupación en diferentes partes del planeta como se va configurando su nueva hegemonía mundial.

Más allá de que el gigante asiático en la actualidad tenga una población de casi 1.400 millones de habitantes entre los cuales destacan 56 grupos étnicos reconocidos y 300 lenguas vivas diferentes, todo parece indicar que mientras se sustente la capacidad de compatibilizar un régimen político de partido único, sin libertades democráticas, con una economía de mercado, su estabilidad interna -se estima que en 2030 su clase media ascenderá a 500 millones de habitantes- no debería generar grandes convulsiones en el exterior. Todo ello pese a que Beijing siga sin rendir cuentas ante foros internacionales sobre sus violaciones de derechos humanos en conflictos internos tales como la ocupación del Tíbet, la represión sobre el activismo disidente uigur (quienes procesan la religión musulmana, tienen una lengua de origen turquino y utilizan el alfabeto árabe) en la provincia de Xinjiang o las reivindicaciones autonomistas en la Mongolia Interior.

En un hecho que, pese a todo, el establishment burocrático chino está actuando con mucha inteligencia en el ámbito de la política exterior. Esto permite atisbar que el actual gobierno chino no cometerá el mismo error que cometió la dinastía Ming en los albores del siglo XV, cuando renunciaron a la política de expansión económica y militar que había iniciado el general Chen Ho entre 1405 y 1433. Nacido en una familia presumiblemente de origen árabe-mongol, en la provincia central de Yünnan, Cheng Ho fue un eunuco al servicio del emperador Ming Yung-lo que convertido en general dirigió siete expediciones a los mares del Sur y visitó no menos de 37 países, desde el antiguo reino de Champa -actual región vietnamita de Annam- hasta la costa oeste africana. Las expediciones de Cheng Ho, emprendidas casi un siglo antes que las de Cristobal Colón y Vasco da Gama, fortalecieron fuertemente la influencia de China sobre sus vecinos, pero fueron criticados y luego suspendidos por el conservadurismo de la burocracia confuciana bajo el argumento de ser inútiles y significar un dispendio de recursos.

Hoy, 600 años después, China demuestra que sí tiene definida una política claramente expansionista basada en buscar alianzas de cooperación estratégica con el resto de los países del planeta, especialmente con sus vecinos más próximos. 

Gran parte de esta fuerte actividad diplomática y comercial se da en el llamado Mar de China Meridional, una extensión marítima con una superficie de 4.25 millones de kilómetros cuadrados que abarca desde la costa sur de China hasta Singapur, extendiendo sus aguas por todos los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). La zona comprende países como Taiwán -reivindicado históricamente por China y sólo reconocido por 22 Estados, ninguno de ellos asiático- y la presencia de   países como Indonesia, Malasia, Tailandia o Vietnam -potencias medias en ascenso que en la próxima década podrían convertirse en los “nuevos BRICs”-, además de otras naciones como Myanmar (antigua Birmania, donde tiene lugar una fuerte represión militar en contra del grupo étnico musulmán rohinyá), Brunei, Camboya, Filipinas o Laos.

En el Mar de China Meridional los problemas de soberanía sobre sus más de 400 islas, arrecifes y bancos de arena, han sido una constante histórica desde mediados del siglo XX tras la segunda guerra mundial. El más importante de estos conflictos se da en las islas Spratly, donde hasta seis de estos países se disputan su soberanía y muchas de estas islas ya están ocupadas estratégicamente por diversos Estados a la espera de poder reclamar su soberanía respecto a todo el archipiélago. Estas reivindicaciones derivan de la posible existencia de importantes depósitos de hidrocarburos -hace cinco años atrás China y la petrolera Shell sellaron una alianza para explotar estos supuestos yacimientos- y por encontrarse en una zona de capital importancia para el comercio marítimo regional. El otro conflicto insular es el de las islas Paracelso -también llamadas Paracel-, al norte de las Spratly, donde también se vislumbra la posible existencia de petróleo y gas natural. En 1974 ya hubo enfrentamientos entre las fuerzas chinas y las de Vietnam del Sur en las islas Paracelso, el conflicto se reanudó entre ambos países en 1988, y se volvió a recrudecer en 1995 ya con la participación también de Filipinas ante la construcción de infraestructura por parte del gobierno chino en el atolón de Mischief Reef. En todos los casos, China logró reivindicar su control sobre los territorios en disputa.

Sin embargo y pese a que Vietnam ocupe 30 de estas islas y arrecifes, Malasia posea control sobre otros tres de estos y en una de ellas haya construido un hotel, y Filipinas también ejerza el control sobre una decena más, las políticas de ocupación y control implementadas por China en los últimos tiempos destacan por su ritmo y magnitud. La República Popular China ha ignorado sistemáticamente cualquier recomendación o resolución de los organismos internacionales al respecto.

El Mar de China Meridional tiene un valor geoestratégico fundamental para las economías que lindan con él, tanto por su valor en recursos naturales como por su centralidad como vía de comunicación.

Más allá de las reservas pesqueras que proveen de alimento a las poblaciones de la región, se estima que en el Mar de China Meridional existen 7 mil millones de barriles de reservas de petróleo y un estimado de 900 billones de pies cúbicos de gas natural.

La zona goza de 14 de los 20 puertos con mayor afluencia de contenedores del planeta: nueve chinos y cinco distribuidos entre Singapur, Taiwán, Corea de Sur y Malasia. El caso de Singapur es especialmente relevante, dado que desde hace cinco años permanece inamovible en la parte superior del Índice de Centro de Desarrollo Marítimo Internacional (ISCD, sigla en inglés), un indicador económico que cubre 43 de los puertos y ciudades más grandes del mundo y que está diseñado para dar claridad a los inversores y gobiernos sobre el rendimiento relativo de los centros de transporte de carga marítima en todo el planeta. Esto releva el potencial de la zona y el dinamismo comercial existente en la región respecto a la afluencia de grandes buques de carga y petroleros, lo que se cruza con numerosas consideraciones estratégicas, energéticas y económicas que se relacionan entre si con la necesidad de asegurar el abastecimiento de recursos naturales y por lo tanto obtener el control militar de la zona.

A todo lo anterior hay que sumar la singularidad geográfica de este territorio, ya que en no pocos lugares hay estrechos muy angostos pasos como el de Malaca entre Malasia e Indonesia y por donde transitan 150 buques diarios, el de Singapur o el sembrado de islas a lo largo de gran parte de la zona. A través de las rutas del Mar de China Meridional, Corea del Sur obtiene el 65 por ciento del petróleo que importa para el abastecimiento de su economía nacional, Japón y Taiwán el 60 por ciento y la propia China el 80 por ciento del total de su abastecimiento. Esto último explica por que el politburo del Partido Comunista Chino extiende su reclamo territorial al 90 por ciento de estas aguas.

Pese a que durante el mandato de Barack Obama el gobierno estadounidense se negara a tomar una posición en la disputa que involucra a China frente a otros países asiáticos, ya durante el año 2016 su entonces secretario de Estado, John Kerry, advirtió sobre “un aumento de la militarización, de un tipo o de otro” en la zona.

En estos últimos dos meses, ya bajo la Administración Trump, la Flota del Pacífico de Estados Unidos ha desarrollado una serie de ejercicios militares que buscan advertir a China de que Washington tiene intención de intensificar la tensión en la región.

Esto se da en el contexto de la actual guerra comercial impulsada por Donald Trump contra Beijing, donde más allá de las excentricidades del magnate norteamericano y de su actitud sumamente beligerante con gran parte del sistema mundo, es un hecho que los subsidios de China a ciertos sectores, el dumping en el extranjero por su exceso de productos siderúrgicos y la imposición de restricciones a las exportaciones de ciertas materias primas benefician a determinadas empresas y productores chinos frente a la histórico control de los mercados internacionales de las corporaciones transnacionales norteamericanas y el propio gobierno estadounidense.

Pero más allá del control de los mercados internacionales, el actual conflicto en el Mar de China Meridional viene a demostrar que la rivalidad entre las dos potencias -una emergente y otra en declive- no es sólo económico, sino que también goza de un trasfondo militar. Si Estados Unidos escala la tensión buscando que la República Popular China paralice las construcciones unilaterales que están realizando en islas, arrecifes y bancos de arena en la zona o su acceso a estas, dicho bloqueo podría desembocar en un conflicto a gran escala.

En estas condiciones y pese a las rivalidades enmarcadas en las pretensiones soberanía entre los países de la zona, los países miembros de la ASEAN -cuyo principal socio comercial, por cierto, es la República Popular China- comienzan a lanzar mensajes dirigidos a la Casa Blanca. En unas recientes declaraciones el presidente filipino Rodrigo Duterte indicó ante diversos medios de comunicación internacionales: “China ya está en posesión del Mar de China Meridional. Ahora está en sus manos. Entonces, ¿por qué tienen que generar fricciones (…) que desembocarán en una respuesta China? Es una realidad, y Estados Unidos y todos deberían darse cuenta de que China está ahí”.

La ASEAN busca inteligentemente habilitar soluciones de perfil diplomático frente a la cada vez más poderosa China, marco en el cual negocia en la actualidad un código de conducta con Beijing para asegurar la paz y estabilidad en ese mar, por el que transita más del 30 por ciento del comercio marítimo mundial. El primer borrador del texto se espera en 2019 y se estima que entrará en funcionamiento en 2021.

Sin embargo y en paralelo, el actual vicepresidente estadounidense Mike Pence insiste que el Mar de China Meridional no pertenece “a una única nación” y que Estados Unidos seguirá navegando y sobrevolando militarmente la zona. Las declaraciones de Pence son recriminadas también por otros mandatarios de la región, como el primer ministro de Malasia -Mahathir Mohamad- quien ha manifestado que los grandes barcos de guerra y los aviones militares no son necesarios en el Mar de China Meridional, pues estos pueden provocar incidentes que eleven la tensión en la zona.

Pese a las presiones chinas sobre los territorios en disputa, los países de la ASEAN coinciden en su mayoría en el hecho de que cualquier estrategia diplomática será bienvenida para solucionar el conflicto “siempre y cuando no incluya enviar a la Séptima Flota a la zona”.

Pero hablemos claro, como dijo Napoleón Bonaparte hace ya más de 200 años, “la política de los Estados reside en su geografía y capacidad de influencia”. El conflicto por el Mar de China Meridional comienza ha determinarse como un enfrentamiento entre poderes mundiales y su devenir comienza a ser incierto y muy preocupante. Es de prever que China continuará avanzando de hecho sobre el territorio -con o sin fallos adversos de los organismos internacionales-, sobre las bases de su cada vez mayor supremacía económica y militar en la región.

Dependerá de que tipo de reacción devenga del Despacho Oval y del Pentágono para que se establezca un nuevo modelo de gobernanza global coherente con el nuevo patrón de globalización en curso. Una nueva torpeza más del presidente Trump respecto a las estrategias estadounidenses en la zona podría suponer el inicio de un conflicto de consideraciones globales que ninguna nación del sistema mundo desea en la actual coyuntura de crisis sistémica internacional.

[PANAL DE IDEAS]

Fernando López Milán
Hugo Cahueñas Muñoz
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Carlos Arcos Cabrera
Francisco Chamorro
Gabriel Hidalgo Andrade
Juan Carlos Calderón
Alexis Oviedo
Gonzalo Ordóñez

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